Un refugio entre la montaña y el mar

En el norte español, alguna vez dura comarca minera y hoy privilegiada zona de reservas naturales, termina esta serie de viajes de verano con un recorrido geográfico y sentimental
Aniko Villalba
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27 de enero de 2013  

Durante los primeros 26 años de mi vida jamás pisé Europa. Nadie podía entender que hubiese viajado por América ¡y por Asia! sin haber conocido ese continente que, en nuestro país, siempre fue un destino obligado antes de salir al resto del mundo. Como gran parte de los argentinos, mis raíces provienen de allá: mi mamá es húngara y mi papá de familia española asturiana. Así que crecí rodeada de palabras como hórreo, fabada, Covadonga, fartura y sidra, lo cual me hizo estar muy familiarizada con una región del mundo que no conocía más que por historias y postales. Recién a los 26 años sentí el llamado de Europa y decidí viajar a España para conocer a mi familia asturiana.

Uno de mis primeros contactos directos con Asturias había sido en Asia. No sé qué probabilidades hay de que una argentina conozca a un asturiano (en este caso, a dos) en el otro lado del mundo, pero en Laos conocí a Jaume y en Vietnam a Juan. Creo que además de la simpatía inicial que causa (entre viajeros) hablar el mismo idioma y compartir ciertos códigos culturales, lo que me hizo sentir una conexión especial con ellos fue saber que vivían en la misma tierra que una gran parte de mi familia que aún no conocía personalmente. Cada vez que me hablaban de Asturias, yo notaba los mismos sentimientos que mi papá dejaba entrever en sus relatos: orgullo y nostalgia.

Hoy esta región del norte de España es una de las más verdes del país; en ella abundan parques nacionales, paisajes protegidos y reservas donde la naturaleza se desarrolla sin ataduras.

Llegué a Oviedo (capital de Asturias) una mañana, después de un viaje de tres horas en bus desde Santander (Cantabria). Me recibió Olga, una de las primas de mi papá, y nos fuimos a desayunar. En mi plato apareció el croissant más grande de mi vida y, cuando le saqué una foto, Olga se rió: "¡Pero si eso no es nada!", Asturias tiene fama de ser una de las regiones españolas donde más se come, pero yo no estaba ni cerca de imaginar lo que significaría conocer la fartura (término que en bable, la lengua asturiana, define a la sensación de haber comido hasta el hartazgo).

Caminando por la ciudad me encontré con Woody Allen (en versión estatua): así me enteré de que el director filmó gran parte de Vicky Cristina Barcelona en esa ciudad y que, tras sus visitas, eligió a Asturias como uno de sus lugares en el mundo.

Pero fue durante mi estadía en la Venta de Soto, un pueblo de poco más de 30 casas, donde fui encontrándome, sin planearlo, con todo "lo típico" de la región. Pasé varios días en la casa de mis familiares, rodeada de hijas de, nietos de, maridos de, hermanas de primas de mi papá. Mi almuerzo inaugural fue una olla repleta de fabada, el cocido (guiso) tradicional de la cocina asturiana, elaborado con fabes (porotos blancos), embutidos (como chorizo y morcilla), y cerdo. Las fabes, además, no eran fabes cualquiera, sino que provenían de la huerta de mi familia.

Tras la sobremesa me preguntaron si quería salir al jardín a conocer el hórreo. ¿Al jardín? El único hórreo que conocía era el disco duro de la computadora de mi papá, que lo había bautizado así alegando que en un hórreo se puede guardar de todo. Afuera, sobre el pasto, sostenido por cuatro pilares, se alzaba un hórreo real. Hecho de madera, cuadrado, como una pequeña casita, el hórreo es una construcción destinada a guardar y conservar los alimentos lejos de la humedad y de los animales. Y ahí mismo pensé que si algún día decidía recluirme del mundo, lo haría dentro de un hórreo.

La fartura también llegó sin que la llamara. Cuando, días antes de viajar a Asturias, los madrileños me aseguraron que en Asturias se comía mucho, no sabía qué esperar: para mí en Madrid también se comía mucho (¡muchísimo!), ¿era posible comer más? Pasé Navidad en Asturias y creo (no, afirmo) que nunca comí tanto y tan variado en tan pocas horas. Lo que para mí era una cena completa, para mi familia no era más que una entrada. Por la mesa desfilaron platos de camarones, picadas con todo tipo de quesos y jamones, papas cocinadas de distintas maneras, filetes de pescado y, cuando creí que ya no quedaba más por venir, el plato principal: ¡un cordero entero! Y luego, claro, los postres, a los que no me pude negar (siempre hay espacio para el postre y es de mala educación rechazar la comida). Durante los días siguientes, para bajar la comida, nos fuimos a recorrer la provincia en auto. Y así, de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, fui descubriendo más detalles típicos de aquella tierra tan ligada a mi vida. Me enteré de la existencia de los "puertos de montaña" cuando llegamos a Tarna, un pueblito ubicado a 1492 msnm, muy cerca de la provincia de León. Al no ver agua por ninguna parte caí en la cuenta de que ese intrigante "puerto" era, en realidad, lo que en la Argentina se conoce como "paso". Días después, en el concejo de Llanes vi una escollera formada por enormes cubos de hormigón pintados de colores y sentí admiración ante esa expresión tan novedosa de arte callejero. En el pueblo de Luarca caminé, por primera vez, por un cementerio con vista al mar; y en Cudillero presencié, por la ventana de una sidrería, cómo se servía la sidra por detrás de la espalda y con un brazo en alto.

En aquel road trip hubo una parada especial: Covadonga. La Virgen de Covadonga estuvo presente en mi vida desde chica: en forma de estampita en la biblioteca de mi papá y en forma de mosaico en una pared de la casa. Así que conocer a La Santina en su santuario, ubicado en los Picos de Europa, fue un hito. Todavía recuerdo cuando mi familia asturiana me dijo, mientras mirábamos el paisaje que se extendía frente a la basílica, ese lema que todos los asturianos repiten con orgullo: "Ésta es la verdadera España, el resto es tierra conquistada". Por su geografía, Asturias fue una de las pocas regiones de España que no quedaron bajo dominio árabe entre los siglos VIII y XV.

Pasé mi última tarde en Asturias con Juan, el viajero que había conocido en Vietnam. Mientras mirábamos el mar desde el Cabo de Peñas, el punto más septentrional de la provincia, me di cuenta de dos cosas. Una: que la lluvia, otro de los elementos típicos de Asturias, no se había hecho presente durante mi semana de visita (algo, según me dijeron, insólito para esta región tan verde). Y dos: que todavía no me había ido y ya estaba pensando en cuándo regresaría.

¿querés ir?

  • Las ciudades están muy bien conectadas. Lo más cómodo es moverse en tren, aunque a ciertos pueblitos solamente se accede en automóvil.
  • Asturias es una de las zonas más verdes de España y por ende una de las más lluviosas. Cada estación genera un ambiente distinto: en verano se puede disfrutar del mar, en otoño los colores son únicos y en invierno los paisajes nevados son más solitarios.
  • Imperdibles : la basílica de Covadonga, las esculturas de Oviedo, el Centro Cultural Niemeyer de Avilés, los Cubos de la Memoria de Llanes, el Festival de la Sidra en Nava y el puente románico en Cangas de Onís.
  • Aniko villalba

    Tiene 27 años, es fotógrafa y escritora, y desde 2008 se dedica a recorrer las más diversas geografías y escribir. Una viajera profesional, empeñada en descubrir la belleza que encierra cada rincón del globo. Más sobre ella en su blog, viajandoporahi.com

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