Un repaso y una despedida

Hernán Iglesias Illa
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29 de agosto de 2015  

Esta es mi 76° columna en este suplemento. También es la última. Cuando pensé en cómo despedirme, me acordé de los temas de los que fui hablando en estos tres años.

Los smartphones tienen peor prensa de la que merecen, dije el primer sábado. Si pudieras elegir dos de estas tres cualidades -belleza física, familia rica o gran coeficiente intelectual-, ¿cuáles elegirías? A medida que el Estado y la Iglesia se retiraron de la ordenación de la vida privada, las cosas mejoraron. En contra de los besos entre hombres. A favor del consumismo. Es mejor no esforzarse demasiado: tenemos que acostumbrarnos, dice Adam Phillips, a convivir con el fracaso y la punzada de las vidas que se nos escapan y que nunca vamos a alcanzar. ¿Es así? ¿Seguimos viviendo en 1993? A favor de los tatuajes. Es mentira que estemos intoxicados de información. El Citroën DS y Barthes: el iPhone y yo. En Internet somos todos de clase media.

Esta es la gente que pide "sentido común", como diría Orwell: que los trenes lleguen a destino, que no se corte la luz, que no haya inflación. Contra Le Corbusier: a favor de las ciudades. En Stories We Tell hay registros en Super 8, emails viejos leídos en cámara, fotos, mapas, análisis de ADN: la vida deja un registro. Contra el aburrimiento. La historia social de las últimas décadas es una historia de mayor autonomía personal. Me entusiasma y me intriga la posibilidad de vivir 150 o 200 o infinitos años. Es imposible criticar a los jóvenes sin sentirse un poco viejo. La progresiva desregulación del matrimonio le ha quitado potencia narrativa al adulterio. El mejor jugador de ajedrez no es un hombre ni una máquina: es un hombre subido a una máquina. Bea ha muerto. Rossolino, mi peluquero de Brooklyn: "Si yo hubiera tenido educación, habría llegado lejos. Pero mi padre no quiso".

Cuando supo que nunca iba a ser pobre, Darwin se liberó y se convirtió en uno de los científicos más importantes de la historia. La otra noche, en un bar cerca de casa, había un tipo canoso y con colita que, me pareció, tenía puestos unos Google Glass. A favor de los shoppings. A favor de las selfies. A favor de los videojuegos. Hace 20 años que no hago mi cama. Gaudio y Vilas, errantes y vagabundos, paseando en auto por París. A favor de los ascensores. Contra la yeta. ¿Sigue siendo más barato, como dice Orwell, leer libros que fumar y tomar alcohol? En mayo del año pasado me preguntaron cuál era la mejor manera de empezar un texto. "En mayo del año pasado", contesté. El regreso triunfante de las barbas. Mi rival sacaba 15-30 y mi mente se desafiaba: "Dos puntos más, sólo dos puntos más". El mensaje principal del libro es: hay que hacer más listas. Me había olvidado del placer de manejar. David Carr, investigador de su propia vida. En Güemes y Uriarte, un taxista me dio una piña en el ojo: agradecí la anécdota. A favor de Twitter. El yo es la única cárcel narrativa que nos queda. ¿Cómo puede ser que justo yo, que se supone soy un experto en hacer grandes teorías sobre los temas más insignificantes, no pueda decidir si al mudarme a Buenos Aires gané o perdí algo? A favor de los emoji. Whiplash: no quiero que mi hijo sea un genio, quiero que sea feliz. Broyard: "Su politización de la experiencia los abstraía de lo cotidiano, de la textura de las cosas". Me consuela Cicerón, a quien le preguntaron si se ponía nervioso antes de dar un discurso: "Me pongo pálido, me tiemblan las piernas". Esta es mi 76° columna en este suplemento. También es la última.

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