Un rey que no la habitó, un confiado Aristóteles Onassis y la apuesta que le hizo perder una casa “castillo” en Argentina
La familia Gehart se convirtió en dueña de un castillo en el conurbano bonaerense; historia, secretos y más de dos años de negociaciones para lograr la escritura definitiva
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A comienzos del siglo XIX, Europa dejó de ser un lugar seguro para los reyes. Las revoluciones avanzaban y el orden conocido ya no era el mismo. Algunos monarcas comenzaron a mirar lejos. América aparecía como una posibilidad.
La historia la cuenta Christian Gehart, dueño del viejo castillo de Chilavert. Es quien abre la casa, recibe a los visitantes y decide qué se muestra y qué no. Viste de negro, lleva una capa oscura y se apoya con fuerza en un bastón. Se presenta como el conde de una residencia que nunca terminó de ser habitada. “Europa estaba en crisis”, dice Gehart. “Los reyes sabían que nada era para siempre”.
Gehart explica que Leopoldo I, rey de Bélgica, gobernaba con sensibilidad social, aunque percibía que algo empezaba a resquebrajarse. Viudo durante años, volvió a enamorarse de una joven princesa francesa, Luisa María de Orleans, cuya salud delicada lo llevó a pensar en otro destino. “Ella necesitaba aire, tranquilidad. Un lugar distinto”, cuenta.
Según versiones históricas, fue en ese contexto que reapareció una figura clave. José de San Martín. Ambos se habían conocido en Europa durante el exilio del Libertador. “San Martín le hablaba de estas tierras como de un refugio”, dice Gehart. “No como una conquista, sino como una posibilidad”.
El castillo que no se habitó
El castillo de Chilavert fue pensado para alguien que nunca llegó a habitarlo. La construcción comenzó a fines del siglo XIX, cuando un noble europeo proyectó levantar en el conurbano bonaerense una residencia que funcionara como refugio frente a la inestabilidad del Viejo Continente. Las crisis políticas, las revoluciones y el desgaste de las monarquías llevaban a muchos a mirar hacia América como una salida posible, lejos de las disputas que atravesaban Europa.
El proyecto, sin embargo, nunca se concretó como había sido imaginado. Leopoldo I no llegó a viajar y la residencia quedó reducida a una promesa inconclusa. La construcción avanzó a medias y el castillo permaneció vacío durante años, atravesando cambios de época y de dueños sin cumplir el destino para el que había sido pensado. La casa quedó en pie, pero sin rey.
Con el paso del tiempo, la casa empezó a tener otros usos. El castillo fue sede de un orfanato y quedó bajo la órbita de la Iglesia, que lo administró durante décadas. No hubo reyes ni herederos, pero sí habitaciones ocupadas, pasillos transitados y una vida cotidiana muy distinta a la que había sido pensada en origen. El proyecto aristocrático se diluyó, aunque la estructura permaneció.
Una construcción dentro de otra
Bajo la madera por la que caminamos, se descubre otra construcción, más antigua y oculta. A través de un piso vidriado, colocado durante la restauración, se pueden ver bóvedas, pasadizos y túneles que se internan en la tierra como si la casa quisiera prolongarse bajo nuestros pies. “Así como la casa se construyó hacia arriba, también se construyó hacia abajo”, dice Gehart mientras señala uno de esos pasajes secretos.
Entre los objetos hallados aparecen frascos de vidrio etiquetados con nombres que parecen sacados de un libro de alquimia, armas antiguas cubiertas de polvo, joyas cuya procedencia aún se investiga, crucifijos y símbolos que algunos expertos vinculan con la masonería. Cada descubrimiento abre preguntas sobre la función de estos espacios subterráneos: ¿laboratorios monásticos, depósitos secretos o centros de rituales que nunca debieron salir a la luz? Nadie tiene la respuesta completa, y el castillo parece susurrar historias que aún esperan ser contadas.
El castillo quedó en pie, atravesando épocas y usos, como una promesa que nunca terminó de explicarse.
Recuperar el valor original
La restauración comenzó hace varios años, cuando Gehart decidió devolverle al castillo algo de su esplendor original. Cada mueble, cada ventana y cada piso fueron estudiados con paciencia. Durante los trabajos aparecieron sorpresas que desafiaban la lógica: pequeñas bóvedas ocultas tras paredes falsas, pasadizos que cruzaban de un ala a otra, y túneles que se hundían en la tierra como si la casa quisiera prolongarse bajo nuestros pies.
Los arqueólogos e historiadores que colaboran en la restauración trabajan con cautela, documentando cada hallazgo, fotografiando cada rincón y comparando los objetos con registros europeos y latinoamericanos. Para Gehart, cada detalle es un pedazo de la historia que había quedado atrapado bajo capas de tierra y olvido, una historia que en el presente comienza a respirar de nuevo bajo la luz artificial de las lámparas de restauración.
El castillo llegó a manos de la familia de Gehart a mediados del siglo XX, tras décadas de abandono y cambios de propietario. La estructura estaba intacta, pero cargada de polvo, humedad y silencios que parecían hablar de siglos de historias no contadas. Para Gehart, fue un hallazgo más que una adquisición: un testigo de épocas, de secretos y de promesas incumplidas, que pedía ser entendido antes que transformado.
Con paciencia y respeto por la historia, la familia comenzó a recuperar la casa. Cada mueble, ventana y detalle arquitectónico fue analizado antes de restaurarlo. Las lámparas devolvieron luz a rincones olvidados, y los pasillos, ahora limpios y ordenados, dejaron sentir la escala y la intención original de la residencia. La restauración no solo devolvió esplendor al castillo, sino que permitió que su misterio y su presencia única siguieran latiendo entre las paredes.
Cómo Aristóteles Onassis perdió un castillo en una sola noche
A mediados del siglo XX la propiedad fue adquirida por el magnate griego Aristóteles Sócrates Onassis. Cuenta Gehart que la historia del castillo en su familia comenzó con su abuelo, un hombre audaz que nunca temió al riesgo. Era una noche cargada de humo y luces tenues, en un salón con mesas de madera, vasos con mucho hielo y alcohol. Sobre la mesa, las cartas esperaban silenciosas mientras los ojos de los jugadores se estudiaban con intensidad.

Según la tradición familiar, todo comenzó como cualquier otra partida: Onassis, confiado y alegre por el alcohol que tomaba, fue dejado ganar varias manos, parte de la estrategia de su rival. La tensión subía con cada apuesta, y el ambiente estaba cargado de miradas calculadas y de un alcohol que nublaba sentidos. Hasta que llegó la mano final: el castillo estaba en juego. Esa vez, el destino no estuvo de su lado, y su abuelo, con audacia y precisión, se llevó la victoria. Fue así como, en una sola noche, Aristóteles Onassis perdió un castillo que aún hoy es testigo de aquella apuesta legendaria.
Hoy sigue repitiendo la historia de cómo su abuelo ganó la partida de póker. Con un último farol impecable y un golpe de cartas sobre la mesa que resonó como un tambor, se aseguró la victoria… aunque Aristóteles Onassis no quiso ceder el castillo ni la escritura de inmediato. Durante más de dos años se extendieron los trámites, disputas y negociaciones, hasta que finalmente aquel viejo testigo de décadas de historia pasó a manos de la familia Gehart. Fue un triunfo que combinaba audacia, estrategia y paciencia, y que convirtió para siempre aquel edificio vacío y silencioso en un testigo de la audacia familiar. Décadas después, el castillo llegó a Christian Gehart, quien decidió devolverle su esplendor y explorar los secretos que aún guardaba entre muros y túneles.
Un mundo debajo de los túneles
Bajo los pisos restaurados, los túneles revelan un mundo casi intacto, como si el tiempo se hubiera detenido. Pasadizos de siete metros de profundidad se entrelazan con bóvedas y cámaras, conectando espacios olvidados que combinan utilidad y misterio. Allí se encontraron desde herramientas rudimentarias hasta cascos de antiguos luchadores templarios, frascos de vidrio con inscripciones que evocan alquimia y antiguos laboratorios que podrían haber pertenecido a monjes o alquimistas de épocas remotas.
Las llaves oxidadas encontradas en los túneles sugieren que muchas puertas permanecen cerradas, guardando secretos que aún esperan ser descubiertos. Candelabros antiguos, instrumentos de laboratorio y pequeños objetos decorativos muestran una vida pasada que mezcla lo religioso, lo aristocrático y lo simbólico. Christian camina entre estos vestigios con reverencia, consciente de que cada pieza es un fragmento de historia que conecta a Europa con América y a su familia con el pasado del castillo.
Desde 1953, el castillo pertenece a la familia Gehart, de origen alemán. Durante décadas, la casa permaneció habitada, pero en estado de deterioro. Tras el fallecimiento de los padres de Christian Gehart, la familia decidió encarar su recuperación, devolviendo luz y orden a cada habitación, restaurando ventanas, muebles y detalles arquitectónicos, y devolviendo al castillo parte de su esplendor original.
Ubicado en Sargento Cabral 2752, localidad de Chilavert, partido de San Martín, provincia de Buenos Aires, el castillo no es solo un edificio: es un testigo vivo de audacias, apuestas legendarias y secretos que atravesaron generaciones. Sus túneles, bóvedas y pasadizos guardan ecos de reyes que nunca llegaron, magnates que perdieron tierras en una sola noche y familias que con paciencia y estrategia convirtieron el azar en legado.
El castillo de Chilavert no pertenece a quienes lo habitan, ni a quienes lo construyeron, ni siquiera a los magnates que lo perdieron: pertenece a la memoria, y a quien tenga el valor de caminarlo.
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