
Tomar la decisión de seguir los pasos del famoso asesino puede disparar las peores pesadillas del viajero.
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Por Nicolás Artusi
"Fizzzzzzzzzzz". El flaco de ojos saltones me mira fijo mientras estira el dedo índice y, con gesto teatral, se cruza el cuello de lado a lado. A mí se me hiela el corazón y no solo porque esté parado al aire libre en una oscura callecita de Londres una noche fría de febrero: de ánimo impresionable, me pongo en el papel de la víctima y él en el de victimario. Aunque esté lejos en aspecto y psicología de una prostituta victoriana, me identifico con la desgraciada cuando el flaco se ensaña conmigo y vuelve a cruzarse el cuello: para mí, esta noche él es Jack el Destripador. En el grupito de turistas, una yanqui culona dispara fotos en la oscuridad y dos japoneses chequean en sus teléfonos lo que dice el flaco. Pero yo hago un pacto silencioso con él: suspendo mi incredulidad y, si acepto pagar mi ticket para recorrer el tour de Jack, quiero agotar la experiencia: por lo menos, asustarme. Este paseo es una prueba de lo salvaje o cruel que puede ser el asesino serial (y, por qué no, el turismo capitalista): 40 libras esterlinas por cabeza para ver de cerca los lugares donde Jack perdió la suya.
La llovizna y el frío parecen esfuerzos escenográficos para el paseo que recorre el distrito de Whitechapel, en el East End londinense. Partimos desde la puerta del teatro Drury Lane, el más antiguo de los escenarios ingleses que sigue abierto, y si el palacio de Buckingham o los mil souvenirs que reproducen la cara de una reina nonagenaria sugieren tradición y abolengo, estos barrios bajos ambientan la ciudad como un pantanal ribereño. La puesta en escena natural es tenebrosa porque la vida real siempre es más terrorífica que el drama. Al cruzar Old Bailey, el sitio de incontables ejecuciones públicas, ya percibo la humedad que me cala los huesos y al llegar hasta Fleet Street estoy aprensivo: se dice que acá nomás el demoníaco barbero Sweeney Todd tajeaba a sus clientes mientras la señora Lovett horneaba tartas con sus restos. De repente, sugestionado por la oscuridad persistente, estoy en 1888: si es cierto que una ciudad puede conocerse a través de sus criminales más notorios, imagino las calles mal iluminadas con lámparas de gas, las mujeres destripadas o el trauma de aquel vigilante que recibió una carta de Jack con medio riñón seccionado (un recuerdo de una de sus víctimas). Aun en la penumbra hasta puedo adivinar manchas de sangre imborrables, mientras el flaco que oficia como guía no solo no condena moralmente al sujeto de su estudio: transmite una fascinación por él. En definitiva, George Bernard Shaw lo definió como "un genio independiente".
Cuentapropista del crimen, Jack sacudió el rígido esquema de morals and manners, morales y modales, impuestos por Victoria para nobles y plebeyos. ¿Es posible que el asesino serial más célebre de la historia haya sido el nieto de la mismísima reina? No se sabe. Aunque entre mis compañeros de tour haya más desgano que morbo, el flaco vuelve a mirarme, yo llevo instintivamente mis manos al cuello y me quedo sin aire: esta noche, elijo creer.






