
Un vuelo en aeroplano biplaza sobre la playa de los recuerdos
Después del aladelta y el parapente, una cronista se anima, en Miramar, a un bautismo aéreo sin motor para completar la tríada
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Mis eneros de chica están todos ahí. Y algunos de los mejores veranos de la adolescencia también. Para el fanático y el evangelizador de estas playas, sólo basta con pronunciar algunos nombres: el bar Mickey, la heladería Caballo Loco, la peatonal 9 de Julio o Pibelandia, donde algunos iban a jugar y otros (como mis amigas y yo) a pararse en la puerta y esperar que pasara ese chico que te había gustado. Sin semáforos en toda la ciudad, (igual que hace 40 años), pero con una población estable de 40.000 habitantes. Más bicicletas y menos autos, una creciente actividad cultural, un nuevo circuito gastronómico y ese espíritu familiar del que todos hablan. Miramar era el destino de mi experiencia. Tenía para elegir: podía ser una primera clase de surf en el Parador Peche, sandboard en la pista del médano Grande, golf en los 18 hoyos frente al mar y los acantilados. Un paseo por el Vivero Dunícola y, por qué no, una travesía en el bosque energético, un sector más oscuro de pinos donde muchos dicen sentir una energía especial. No es raro ver personas abrazadas a los árboles o ensayando experimentos con palitos. Recuerdo haberlo hecho de chica, cuando uno puede salir a explorar y sentirse como James Cook.
Pero nada de eso. Ahora, un día antes de mi cumpleaños número 40, intentaría con algo de vértigo. Volando en planeador. En el Aero Club de Miramar se realizan vuelos de bautismo en avioneta y planeador. Hace algunos años, ya había despuntado el vicio con otras modalidades de vuelo libre, como aladelta y parapente. Siempre en la playa. "¿Y ahora qué vas a hacer, Virginia Elizalde?", bromeó con tono irónico una amiga cuando le conté el motivo de mi visita a Miramar. Me río. Pero no hay safaris en camello ni buceo con tiburones en mi currículum de aventura extrema. Me gusta el vuelo libre, y en mi lista falta el planeador.
Últimos días de diciembre. Agradezco estar a 450 kilómetros del barullo porteño de fin de año, y agradezco también que la marea de turistas no haya llegado a Miramar. La playa está casi vacía, y me di el gusto de un chapuzón en el mar helado antes de llegar al aeroclub. Allí está Federico Meaca (32), piloto e instructor. Un apasionado de los vuelos sin motor que hace diez años, y mientras estudiaba ingeniería en Mar del Plata, se escapaba en sus tiempos libres para hacer el curso de piloto. "El clima está ideal. Hay corrientes ascendentes y me parece que podemos quedarnos a vivir ahí arriba", augura. Luego llega una breve explicación que, a pesar de haber escuchado en más de una oportunidad, nunca logro retener. Es que, a pesar de mi aparente tranquilidad, mientras Federico habla mi mente se transporta y ya puedo imaginar el momento: la soga de la "avioneta remolque" suelta al planeador y, como si el hilo del barrilete se cortara en lo más alto, la nave queda suspendida al arbitrio del viento. Y yo estoy ahí.
Pero falta para eso. Antes, un breve repaso: para volar sin motor hay que utilizar las mismas técnicas que los pájaros, es decir, el vuelo en círculo en las corrientes de aire ascendentes, columnas de aire caliente denominadas "térmicas" en las que la tasa de ascenso del aire supera la de descenso del aeroplano.
Ya en la pista, la nave luce su silueta delgada, sus alas dadivosas, su cabina como una cápsula de acrílico. Es un diseño de 1945 que se utilizaba para entrenar pilotos en la Segunda Guerra Mundial. "Pero la nave fue hecha a nuevo en 2007. De esa época quedan los papeles", cuenta Federico.
Sin motores que se rompan
Finalmente, el equipo está completo. Llegó el piloto del remolque y estamos listos para volar. "Arriba." Federico invita a subir. En un vuelo de bautismo, el novato va en la parte delantera de la cabina. Hay doble comando para los alumnos de la escuela, pero aquí mi tarea será disfrutar del paseo. Tengo una vista de 180 grados y me acompaña esa sensación de miedo controlado, la trillada hormona que arremete en ciertas situaciones límite y en la práctica de deportes extremos. La adrenalina está presente. Lo confieso y mi piloto responde: "Tranquila, acá no hay motores que se rompan". Su intento por sosegarme causa el efecto contrario. "Arriba." Clac, se cierra la cabina. Aeroplano y avioneta se comunican por radio. Se encienden los motores, se estira la soga, el aeroplano carretea y levanta vuelo. Vamos dando algunos saltos en el aire, como en turbulencia. Federico no puede ver mi cara de susto, pero mis músculos tensionados me traicionan. Tengo los hombros casi a la altura de las orejas. "No pasa nada. Ahora vamos con ese ruido del motor que molesta. Pero todo cambia cuando empiece de verdad nuestro vuelo." La playa está detrás, pero aún seguimos remolcados. Tengo tres relojes en el panel de control: altímetro, barómetro, velocímetro. Todo en orden, y falta cada vez menos para que el cordón umbilical se corte. Federico dice por radio: "Redondo". Fue sólo un pequeño sacudón. Y el silencio absoluto. El planeador queda suspendido y, por un instante, me pregunto cómo vamos a seguir avanzando. Sucede con total naturalidad, como los pájaros. Volamos en silencio, no hay ruidos. Intento descubrir algunas de las obras de las que me había hablado Carlos Pagliardini, director de Turismo de Miramar, como los murales de la Bienal Internacional de Arte en el Parque de los Patricios. Pero hay demasiado verde ante mis ojos, un manto fulgurante de naturaleza que se despliega como un descomunal tablero. Veo la playa, el centro con sus edificios, el mar. Cuesta encontrar una térmica. "Están rotas", me explica Federico, por eso damos pequeños saltos de tanto en tanto en busca de esa corriente de aire ascendente. Entramos en una, volamos en círculo para ganar altura y rápidamente nos despide. Vuelve a suceder, y otra vez afuera. No quiero pensar mucho en el asunto, pero estoy mareada, un tanto revuelta sería una clara expresión. Entonces el piloto me anuncia que el vuelo no podrá durar mucho más. El viento frío del mar "lavó" las térmicas y, en breve, estaremos en el suelo. Aliviada por la noticia, lo confieso. Sobre todo por mi sensación de mareo, no quiero que la experiencia termine de la peor manera.
No pido acrobacias, casi una obviedad. Un loop (o rulo) podría ser catastrófico. Pero para inyectarle un poco más de adrenalina al viaje, Federico desciende en picada. Lo siento como una maniobra temeraria, aunque para él sea un paso de rutina. Sobrevolamos al ras del pasto y aterrizamos en la pista. Aplausos. Federico saca una bolsita de plástico de su bolsillo. "Siempre llevo una por si acaso."
Fue un bautismo con sobresaltos, pero sin disgustos. La tríada de vuelo libre está completa. Ahora puedo presumir.
En el Aero Club de Miramar
Durante la temporada y a escasos 5,5 km del centro de la ciudad y de la playa, por la ruta provincial 77, se pueden realizar vuelos de bautismo en planeador y avioneta. El viaje dura unos 20 minutos y cuesta 350 pesos.






