
Una argentina en la fábrica de fantasías de Louis Vuitton
Margarita Zimmermann, una ex cantante nacida en un pueblo cerca de Pilar, está a cargo de la casa-museo de la maison francesa
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PARÍS.- Es una de esas noches en las que la maison Louis Vuitton, en Asnières-sur-Seine, recibe invitados. A veinte minutos del centro de París, esta casa familiar que Louis Vuitton (el hombre) hizo construir y en la que se instaló en 1859 pertenece hoy al holding de lujo francés LVMH (Moët Hennessy Louis Vuitton), dueño de unas 60 marcas, y sirve como lugar de encuentro, aunque muy privado, de invitados y clientes especiales. Afuera, el jardín de árboles y de flores muy cuidadas está discretamente iluminado. Adentro, en los salones de esta casa art nouveau de 300 m2, los mozos vestidos con sacos claros sirven el buffet y recargan las copas con champagne Veuve Clicquot.
La organizadora de este banquete, Margarita Zimmermann, a cargo de esta casa-museo, se pasea con ritmo entre los invitados. Disfruta y también verifica con sus ojos bien verdes y bien abiertos que todo esté bien. Habla con unos y con otros. No deja nunca de sonreír. Se ríe casi todo el tiempo. Su risa es contagiosa. Parecería que siempre hubiera estado aquí. Difícil imaginarla en Villa Rosa, "un campo perdido al lado de Pilar", como ella misma describe el lugar donde nació. Aún más difícil es imaginar que ello sucedió hace 70 años.
Margarita es argentina. Hasta los diez años se crió "en el pasto". La escuela primaria la hizo con profesores que llegaban a caballo desde Pilar. Uno de piano, otro de literatura rusa y otro de derecho, que les daban clases a ella y a su hermano más chico. Su formación se completó con un año en el colegio Mallinckrodt y el resto en el Santa Ethnea, un establecimiento de monjas irlandesas en Bella Vista, luego de que su familia se mudara a Hurlingham.
Cuando terminó el colegio, Margarita se quedó en su casa. "Leyendo, estudiando, dibujando." El mandato familiar era casarse y tener hijos. Estuvo comprometida tres veces. En cada ocasión, dos meses antes del casamiento, se echó atrás. Pensaba: "Soy demasiado joven para casarme". Lo sigue diciendo hoy, a los 70 años, y lanza una nueva risotada. Confiesa que era una consentida, pero que no tenía libertad. Y que no tenía problemas de dinero, hasta que decidió irse a Europa. Margarita quería cantar. Estaba segura de tener talento para ello. De hecho, descubriría ser una mezzosoprano. Pero su padre no quiso ayudarla. "Si tenés talento, conseguirás todo sola", le dijo. Esa frase se convertiría en una gran enseñanza.
La calle donde está la casa fue rebautizada rue Louis Vuitton. Cruzando el jardín, algo escondidos por los árboles, están los ateliers. Unos 200 artesanos trabajan sobre los "productos exóticos" (carteras de cocodrilo y de pitón, por ejemplo), los más de 300 pedidos especiales que reciben por año (como el del director artístico de Chanel, Karl Lagerfeld, fanático confeso de la música y poseedor de más de 40 iPod, que encargó una maleta especial para poder transportar su música) y los productos rígidos. Una cartera de pitón puede costar 6300 euros. Louis Vuitton, el fundador, eligió este lugar porque estaba cerca del Sena, a donde llegaba la madera de álamo necesaria para la fabricación de los valijones, y cerca del tren que lo llevaba al centro de París. Entonces, los artesanos no eran más de veinte.
Hoy, en sus delantales están cocidos el nombre y el tiempo que llevan trabajando para esta casa. Algunos suman más de 30 años. Todos parecen contentos. Cuando Margarita los visita, empiezan las carcajadas. Ella los abraza y les cuenta historias. Muestra y admira lo que ellos hacen con el entusiasmo de quien lo está descubriendo por primera vez, aunque en la maison musée trabaja desde 2004. "Me emociona el trabajo de nuestros artesanos. La convivencia diaria con ellos ha transformado mi forma de pensar y de vivir. Me han enriquecido. Los admiro. Son los artífices del lujo", confiesa Margarita. El artesano y la vendedora son dos polos esenciales en esta marca.
Margarita llegó a París en 1976 con una valija y 500 dólares en el bolsillo. No tenía una "carrera pensada" y nunca había estudiado técnica vocal. "Siempre les di mucha importancia a los textos, los trabajé muchísimo, hacía búsquedas idiomáticas y de estilo, pero sola." Durante un año, su comida diaria era una manzana y un pedazo de pan con pasta de anchoas. De a poco, los contratos comenzaron a llegar. Cada vez que se presentaba en una audición, la contrataban. El éxito llegó rapidísimo. Después de dos años en París y otros tres en Lyon, se instaló en Venecia. Para mediados de los años 80, tenía una segunda casa en Monte Carlo. Viajaba mucho y organizaba fiestas. En el 91 volvió por última vez a Buenos Aires. Y en el 93 dejó de cantar. Tenía mucho trabajo, pero empezó a decir no. "No creo que hay que seguir haciendo algo cuando uno no puede mejorar. Para mí lo importante no es la carrera, ni la que hice antes ni la de ahora. Lo importante es dar a cada minuto lo mejor de mí misma", confiesa. Y así empezó de cero, de nuevo. Dos años más tarde, comenzó a trabajar como vendedora en Louis Vuitton. Hablar cinco idiomas la ayudó. Fue el inicio de otro viaje. "Estaba chocha de entrar en esa fabulosa empresa."
Margarita está llena de proyectos. El que ya está en curso es la creación de una "biblioteca de viaje", que reunirá 15.000 libros sobre antropología, historia, filosofía y arte, entre otros. "Libros que toda familia francesa culta tendría que leer. Una biblioteca de casa quinta", sintetiza. A Margarita le gusta mirar y comprar libros en las librerías de Saint-Germain-des-Près, abiertas hasta medianoche, y comer en el Café de Flore.
Son pasadas las once, tarde para París en días de semana, pero los invitados no parecen tener muchas ganas de irse. Están todos rodeando a Margarita, una mujer libre y feliz que cuenta historias. Su energía es desbordante. No podría ser mejor. Ojalá que ella no se dé cuenta, así lo sigue haciendo.






