
Una calle con sonido perfecto
Karin Lechner y su hija Natasha Binder, de 14 años, son pianistas argentinas prodigiosas, viven en Bruselas junto al departamento de Martha Argerich y reflexionan en un documental sobre la pesada herencia de ser genios en lo suyo
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Son dos despedidas: la primera, cuando uno saluda al otro con un beso; la segunda, cuando el otro se mete en un auto y uno saluda al auto que se va. ¿Cuál de las despedidas es, en verdad, la última? ¿La del beso o la imagen del coche alejándose? Eso quiere saber Natasha Binder, sentada al piano, cuando se pregunta cuál es la intención del final –la figura de cierre o su repetición– en las Escenas infantiles, de Robert Shumann. La escucha su abuela, Lyl Tiempo, a quien llama Babasha, que parece asombrada por la profundidad de su alumna. "La segunda despedida es más lejana, no puede ser más enfática", contesta. Pero Natasha duda. Y Lyl también. La lección transcurre en un de apartamento de la calle Bosquet, en Bruselas, lindero al que ocupa la célebre pianista argentina Martha Argerich.
Natasha tiene 14 años, es hija de la pianista Karin Lechner, sobrina de Sergio Tiempo, nieta de Lyl, bisnieta de Antonio de Raco y Elizabeth Westerkamp. Es decir, lleva encima una dinastía de pianistas que mete miedo. Y aun con semejante linaje sobre sus espaldas, tiene la lucidez de preguntarse qué quiere ser cuando sea grande.
En una familia en la que todos fueron, a su turno, niños prodigio –Lyl, Karen, Sergio y, ahora, Natasha–, en donde la normalidad es ser un genio, lo que se pone en cuestión es la línea difuminada entre el legado, la vocación genuina y un querible mandato familiar de teclas negras y blancas.
Ésta es la historia que cuenta el director Mariano Nante en su ópera prima, La calle de los pianistas, con guión de Sandra de la Fuente y producción de Daniel Rosenfeld. El film cerró, en el Teatro Colón, la última edición del Buenos Aires Festival de Cine Independiente (Bafici) y se estrena este jueves en salas porteñas.
Más que el racconto de la notable casta pianística que habita el número 22 de la calle Bosquet, en donde hay tantos pianos como habitantes, el documental habla de la relación entre una adolescente y su mamá, de vivir siendo "la última promesa de la calle Bosquet", de ser un genio en el piano o, en el peor de los casos, un distinto a los ojos de los demás.
La Nación revista reunió a Karin Lechner, Natasha Binder y al director Mariano Nante para conversar sobre estos temas, mientras la abuela Babasha convidaba chocolatitos belgas. La noche anterior a la entrevista, luego de la proyección del documental en un Teatro Colón repleto, Karin y Natasha habían hecho una aparición mágica sobre el escenario. Enfundadas en sendos vestidos rojos, como salidas de la pantalla, dieron un concierto a cuatro manos; tocaron piezas de Ravel, Bach, Brahms y emocionaron con la interpretación de La muerte del ángel, de Astor Piazzolla.

¿Cómo surgió el proyecto de contar la historia de una tribu de pianistas argentinos en una calle de Bruselas?
Mariano: La idea fue de la periodista Sandra de la Fuente. Me interesaba muchísimo lo que sucedía en esa calle, o al menos lo que imaginaba que pasaba ahí. Fue una apuesta sacar el pasaje a Bruselas. Me encontré con dos personas muy luminosas que se presentaron de manera muy honesta ante la cámara.
Y para las pianistas, ¿cómo fue abrir su casa a alguien que quería filmarlas? ¿Se entusiasmaron de entrada?
Karin: Yo llegaba de Venezuela, de dirigir a Natasha, y había estado muy estresada. Justo apareció Mariano y lo primero que le dije fue: "Caés en un mal momento". Pero al día siguiente ya se me habían ocurrido mil ideas para aportar.
Natasha: Para mí la película fue un estímulo para tocar y estudiar más. Cuando te ponen una cámara te dan más ganas de mostrar tu parte positiva. Aprendés cosas sobre vos mismo que no sabías.
Para los que hicieron terapia, la idea de repetir un mandato familiar suele tener una connotación negativa. En cambio, para ustedes, al menos en la película, aparece como una transmisión feliz…
Karin (interrumpe): Como una dulce maldición, ¿querés decir?… ¿Quién fue que escribió eso? Lo leí en algún lado (risas).
Natasha: Para mí es una transmisión que enriquece las relaciones. Cuando estoy sentada con Mila al piano (su sobrina, de 4 años), siento que podemos tener algo que va más allá de nuestro vínculo. Algo difícil de explicar.
Karin: Soy muy clara respecto de mi posición con Natasha. Ella va a hacer lo que la haga feliz y la voy a respetar en su elección. Lo que sí pienso es que tiene muchísimo talento y que sería una pena no estimularla. Cada vez que le han propuesto una invitación para un concierto, le pregunté si le daban ganas, si lo quería hacer. Trato de entenderla, de lograr un equilibrio.
Lyl (mientras sigue trayendo chocolates, lanza una frase que todos celebran, casi un amuleto familiar): La vida es un constante fluir. Ninguna historia se repite.
Ordená tu cuarto
En las dos casonas, la de los Tiempo y la de Argerich, el piano suena casi sin pausa. Cuando uno estudia de un lado de la pared, los demás intuyen quién es y qué pieza está tocando. Hay códigos: se sabe que Martha sólo toca de noche y, por eso, los vecinos se sorprenden cuando la escuchan a plena luz del día. "Se debe estar volviendo loca", bromean. La propia Argerich aparece en la película, junto al pianista Alan Kwiek, un poco melancólicos, invocando aquella frase de Tom Jobim: Tristeza não tem fim, felicidade sim. De fondo suena Natasha, que estudia en la otra casa. "Es la niña la que toca", reconoce Argerich. Su presencia fantasmagórica sobrevuela esa gran caja acústica con teclas que es la calle Bosquet.
En los almuerzos y las cenas que registra la cámara de Nante, las conversaciones son respecto del piano. Kwiek le pregunta a Natasha si se pone nerviosa antes de los conciertos y ella contesta que "cada vez más", y cuenta que siempre tiene las manos heladas antes de subir al escenario. "¿Sabés lo que hay que hacer? Lavátelas con agua bien fría… A los dos, tres minutos, empezás a tener las manos más calientes", aconseja Kwiek, y confiesa que no le gusta que lo escuchen estudiar. "Siento que hay cosas de mí, muy íntimas, que se filtran. Estoy tan presente en eso que no me puedo disimular nada."

No sólo Alan tiene esa sensación. También Sergio contaba que él mismo, a los 15 años, preparaba las obras en un piano alejado para que no lo escuchara Martha. Recién cuando tenía las piezas bien estudiadas, se acercaba a la pared para tocar en un piano más cercano a su vecina.
La atmósfera que generan las teclas es pacífica, constante, a veces monótona, y su cadencia ocupa todos los espacios, vuela por toda la cuadra. Cuesta pensar que en esos dos departamentos haya gente haciendo cosas que no sean tocar el piano (vestirse, tomar café, contar chistes malos). En ese ecosistema de partituras hay una madre que tiene que supervisar que su hija haga la tarea –la del colegio–, que se siente a cenar y vaya a la cama temprano.
¿Cuando se pelean es por cuestiones técnicas del piano o por cotidianeidades del estilo "ordená tu cuarto, andá a lavarte los dientes"?
Karin: Más bien del estilo "ordená tu cuarto, andá a lavarte los dientes…"(Risas)
¿Por qué en la película no querés contestar cuando tus amigos te preguntan qué querés ser cuando seas grande?
Natasha: No sé, no quiero decir algo que todavía no sé. En este momento siento que lo quiero dejar abierto.
¿Tanto vos, Karin, como Natasha, fueron tildadas de niñas prodigio en su momento? ¿Cómo se lleva que todos te digan que sos un genio?
Karin: A mí no me gustaba, me parecía que me diferenciaba demasiado de las otras chicas de mi edad. No me sentía un prodigio. Me acuerdo de que en todas las entrevistas respondía vehemente: "¡No soy una niña prodigio! ¡Mozart era un niño prodigio!".
Natasha: Es una suerte, pero puede ser un peso, una presión. No hay prodigio. Es una mezcla de trabajo y talento. Si no es como que te den una masa sin cocinar.
Mariano: A mí lo que me impresionó cuando conocí a Natasha es que me la imaginaba sentada al piano practicando ocho horas por día. Eso es lo que se piensa de un niño prodigio. Y no es así. Natasha es una persona que tiene vida social, va al colegio, sale con amigos. Me interesó mostrar esa faceta.
En la música hay fenómenos de todos los colores. Natasha es, claramente, un prodigio de la música clásica. Pero también existe otra clase de fenómenos, esculpidos por el marketing a gusto del consumidor: ídolos teen de una sola temporada, que pegan su one-hit-wonder y ganan dinero para vivir tres vidas enteras. Los hay para todos los gustos, desde Justin Bieber hasta Violetta. Y otra vez el prejuicio: ¿Cómo imaginarse a una chica como Natasha haciendo pogo alguna vez con un tema de los Redonditos o bailando una cumbia santafecina? ¿Esos dos mundos –el clásico y el otro– pueden cruzarse alguna vez? ¿Hay una intersección o las paralelas no se rozan jamás?
¿Escuchan otra música que no sea clásica?
Natasha: Sí, yo mucho. Mi tío Sergio tiene un compilado con Supertramp, los Beatles…
Karin: A mí me gustaba Madonna, hace un tiempo, ahora no sé lo que está haciendo.
Natasha, ¿cómo ves a los ídolos pop de tu edad?
Natasha: Me generan mucho respeto. Pero no me gusta ninguno de mi generación. Me quedé en la de antes, en la de los Beatles, Pink Floyd…
¿Cómo sigue la agenda de ustedes de vuelta a Bruselas?
Karin: Ahora preparo obras nuevas para el festival de Lugano y en julio participo de un festival en Francia junto a mi hermano Sergio. En agosto vuelvo al Colón en un recital con Paula Almerares.
Natasha: Yo me tengo que concentrar en el colegio y los exámenes.
Cuando la entrevista termina, madre e hija se acomodan frente al piano para hacer las fotos, ante la mirada atenta de Lyl, que les pide a los presentes no grabar la música con los celulares. "No quiero que suban cualquier cosa a Internet", justifica. Ellas empiezan a tocar fragmentos. Juntas, tocando codo a codo, reflejan esa simbiosis espesa, maravillosa, inquietante, que se deshoja en uno de los diálogos centrales de la película.
– Karin: Según mis diarios, me decidí que era el piano a los 18 o 19 años. Tenía dudas por momentos, pequeñas dudas… Pero vos no sé. No tenés por qué ser como yo.
– Natasha: Ya sé.
– Karin: Sos otra persona y ya verás después. El otro día hablaba con mamá de que vos y yo no nos parecemos nada.
– Natasha: ¿Y en nuestra manera de tocar?
– Karin: No, no se parecen. Tus Escenas infantiles, por ejemplo, no tienen nada que ver con las mías a tu edad.
– Natasha: Quizá porque la manera de tocar de una tiene que ver con la manera de ser.
Karin: Exactamente, están íntimamente ligadas. Bueno, menos mal, menos mal.






