
Una historia de sal
Un equipo de documentalistas recorre el continente registrando historias que dan testimonio de nuestras culturas. El destino del material es múltiple: será mostrado en universidades, en un sitio de Internet y en televisión. La Revista adelantará, mensualmente, algunas de las primeras notas producidas por Viaje infinito
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La idea era llegar al salar de Uyuni en los dos autos antes de las 8 de la noche. Era el primer punto por documentar en nuestro viaje. A las 8 se iría sin remedio la persona que debía llevarnos al hotel Playa Blanca, en medio del salar. Nadie que no lo conociera podía internarse en ese desierto sin perderse. Entonces no teníamos que correr contra el reloj, sino contra la noche, que en Bolivia parecía llegar de golpe. Pero lanzarse a más de cien kilómetros por hora en el lecho resbaladizo de un río, a punto de desbandarnos, no había sido el pacto. Haber equivocado el rumbo y retornar por el mismo río con los vehículos bañados en lodo no era el pacto. Que nos cayera la noche como un ave de presa en medio de un desierto, que ya no se vieran los carteles indicadores o que, sospechosamente, ya no hubiese carteles indicadores, no había sido el pacto para llegar a Uyuni.
Las horas volaban y el auto guía buscaba siempre la débil huella arenosa, eludía los pozos y aumentaba la velocidad. A la zaga, oíamos la voz metálica por la radio que nos indicaba los accidentes del camino, como un geógrafo atacado por una nerviosa manía cartográfica.
-Atención, vado pequeño a la izquierda... zona muy deslizante... hay chapas en el medio que voy a eludir... ¿Me copia?
De pronto oímos esa voz como yéndose en un grito por el último giro de una montaña rusa y creímos que era un chiste para calmar la angustia o la rabia. Pero después no hubo risas. Hubo silencio.
Ni siquiera veíamos las lucecitas rojas del auto, que en la bruma de la arena que volaba aparecían y volvían a esconderse. Era como si a nuestros compañeros se los hubiera tragado la tierra.
Hasta que escuchamos la voz desde el auto guía: -Estuvimos a punto de volcar, che. Caímos a pique en un pozo terrible, por un momento perdí la dirección y casi no contamos el cuento. Estén atentos en el próximo tramo. ¿Qué hora es?
Hubo un momento corto antes de contestar en que dejamos de hacer bromas y sólo vimos adelante la bruma arenosa iluminada por la luz cruda de los faroles, mientras corríamos. Algo había allí, en esa tierra, que nos hizo callar: algo muy antiguo que hablaba así, cuando los demás callaban.
Faltaban 20 minutos para las 8 y ni rastros de Uyuni. Sólo nos quedaba seguir adelante y confirmar que la brújula no mentía.
Increíblemente llegamos al pueblo cinco minutos pasadas las 8. Por suerte, aún nos esperaban. Dejamos atrás las luces de Uyuni y sólo nos alumbró la luna. Poco después entramos al salar. Sólo el rumbo de las estrellas y el vertiginoso suelo plateado que se deslizaba bajo las ruedas eran los únicos lazos con el mundo conocido.
El hotel apareció como un navío encallado en medio del hielo. La luz amarillenta que se difundía en el interior aumentaba esa sensación y le daba aires de barco fantasma. Nos recibió Teodoro Colque, el dueño y constructor del hotel Playa Blanca. Al entrar comprobamos lo que nos parecía imposible: todo el edificio y su mobiliario eran de sal. Las paredes, las mesas, las camas, las sillas, y hasta los objetos que decoran una casa: de sal la mesa redonda para jugar a las damas y sus fichas, o las diminutas vicuñas talladas que presiden la sala de estar. Todo provenía de la Madre Tierra, la Pachamama: la sal de la morada, la paja brava de los techos y los listones de cactos, los wankarani, que decoraban los marcos de las puertas. Un aroma de asado invadía el aire, mientras se cocían las chuletas de carne de llama.
Comimos una carne bien condimentada, que se endurecía al enfriarse. Pero antes, la sopa confirmó que los potajes son un manjar, espeso y caliente, en cualquier rincón del Altiplano. El generador de luz se apagó y con linternas nos dirigimos a las habitaciones, extenuados. Ocupamos tres de los ocho cuartos, pequeños y confortables, con las camas cubiertas con cuero de llama. En la vaga penumbra, a la luz de una vela, la habitación parecía un refugio solitario o un iglú. Tras la ventana nos rodeaba el salar, plateado y reverberante. Bastó verlo para que antes de dormir saliéramos del hotel al claro de luna. El frío nos cortaba la cara. Allí la noche era más grande, antediluviana. Hablábamos en voz baja y, al caminar, el suelo crujía bajo los pies. A esa hora, el salar parecía un planeta a la deriva en el cosmos negro.
Cuando nos levantamos, la mañana tenía, en el interior del hotel, una luminosidad clara de colmena, como si toda la sal de la morada cautivase el resplandor diurno y lo dulcificara. Pero afuera el sol quemaba y todo refulgía, hiriente. Cuando el cielo es azul, como ese día, el salar se transforma en su encandilado espejo. Cuesta mirarlo sin protegerse con lentes de sol, pero más cuesta creer que existe.
Esa planicie bien puede colmar el sueño de la velocidad pura, del puro movimiento: lanzar el auto al horizonte y correr sin pausa. O tomar lecciones de manejo sin volverse un homicida al volante. O caminar sin rumbo y perderse, como un ermitaño. Pero esa blancura absoluta también puede ser un espacio vacío donde proyectar los delirios de los hombres. O el voluntario ensueño de uno, de uno solo, como hizo Teodoro Colque.
Me trataron de loco -dice Colque. Quisieron hacer una vaquita de cien, doscientos bolivianos cada uno para encerrarme en el panóptico de Sucre, donde están concentrados todos los locos. Yo llamé a una reunión de vecinos de Colchani, que es el pueblo donde estaba mi casa, cerca del salar, y les dije que teníamos que hacer un trabajo comunal para atraer al turismo. Muchos aceptaron, pero otros dijeron que estaban ya cansados de escuchar la cantaleta de Teodoro. Porque yo hice muchas obras en Colchani, fui dirigente del sindicato de trabajadores salineros, trabajé en la captación de agua potable, en la electrificación, en el mejoramiento de caminos, en la formación de cooperativas y por todo eso algunos tenían rencor conmigo. Esos dijeron no; de tanto trabajar y tanto pensar este tipo está mal de la cabeza. Entonces hice algo drástico: me fui solo, con mi hijo Rubén, a construir un hotel de sal para recibir a los turistas.
Llevaba el sombrero de fieltro marrón, un pantalón de sarga oscuro, un chaleco de lana tejido a mano, una camisa blanca y un echarpe gris. El atuendo, después de unos días, dejó de parecernos casual. Formaba parte de un personaje único, certero y afable.
-Y ellos decían: pobre tonto, pobre loco, con la primera época de lluvia el agua dulce va a diluir su edificio de sal. Me negaron. Y yo le dije a mi familia que la comunidad me había desechado. Que teníamos un camino estrecho y difícil, donde al final estaba la riqueza, y que el otro era un camino ancho que no llevaba a nada.
El salar de Uyuni tiene un antiguo nombre indígena: Tunupa, el dios celeste y purificador de los pueblos del Altiplano. Así lo sigue llamando Colque: Gran Salar de Tunupa. Tiene 12.000 kilómetros cuadrados y es el más grande del mundo. Es decir, tan grande como el Líbano o Jamaica. La primera capa de sal, endurecida, llega hasta 10 metros de profundidad. Luego hay, alternándose con agua y detritus, otras capas superpuestas de sal que alcanzan una profundidad de unos 120 metros. En el pleistoceno tardío, es decir, después de lo que se conoce como la Edad de Hielo, el salar y las zonas circundantes formaban un gran lago. Entonces el agua comenzó a evaporarse y dejó como residuos los lagos Poopo y Coipasa y los salares circundantes, entre los cuales el de Uyuni es el más extenso. De su formación dan cuenta los magmas de rocas volcánicas, los depósitos aluviales y glaciales. Estos depósitos hacen rico el salar, porque en él se halla litio, potasio, sulfatos, boro, magnesio, oro, plomo, rubidio, aunque sus yacimientos apenas son explotados. En esa riqueza potencial sueña Colque para imaginar su utopía.
-Algún día, el salar va a cobijar a todos sus hijos desamparados.
Si el universo sólo fuera de sal, un hombre así podría sobrevivir. Bajo la mirada severa de los tres seres milenarios, Mama Tunupa, Tata Cusco y Mama Cosuña, los volcanes que rodean el salar de Uyuni, él elevaría, en medio de la nada, una casa de sal. Y quizá no sabría que su acto repite el de los pioneros, los descubridores, los monomaníacos que persiguen un sueño. De esa madera está hecho Colque.
Antes de contarnos la historia del hotel de sal para nuestro trabajo documental, el hombre quiso llevarnos a conocer el agua. En el salar caen unos 300 mm. de lluvia anuales y en algunas zonas el agua se conserva, como una napa de veinte centímetros que se vuelve una superficie refractaria. Sin Colque era inútil adivinar la dirección correcta. Conoce el salar como la palma de su mano porque, de hecho, nació en el salar. Descendiente de familias asentadas en las laderas del gran volcán Mama Tunupa, sus padres se dirigían en un transporte hasta Uyuni cuando Teodoro nació en pleno viaje. Suele decir que es un hijo del salar y que allí morirá, como un juramento a los seres tutelares.
Mientras llegábamos a la zona del agua, la superficie del salar se iba agrietando y en algún punto del trayecto comenzaron a verse las figuras hexagonales. Era como un campo geométrico de luz concentrada. Llegamos a una enorme extensión de agua del color del cielo, que reflejaba las nubes y se enrarecía con fragmentos de sal compacta. Provocaba una impresión polar. Nuestro camarógrafo, Adrián Guiducci, nos tomaba girando y girando, mientras el agua golpeaba en los vidrios. Al poco tiempo los autos estaban blancuzcos, cubiertos por una costra salina, que sólo despejaría un baño de agua dulce. -Hay géiseres en otra parte de este salar -anunció Colque-. Y flamencos. Flamencos rojizos que no encontrarán en ninguna otra parte. Y están las islas también: por la tarde iremos a la isla Inkawasi y cuando lleguemos a la cumbre voy a contarles las cosas de mi vida.
En el viaje de regreso, Adrián se colgó con un cinto en la parte posterior de la camioneta para filmar, haciendo equilibrio. Esa escena, en la soledad del salar, no parecía de este mundo. En el auto, Colque se reía de esa sublime obsesión por registrarlo todo. Para un hombre acostumbrado a la memoria y a los relatos orales, la cámara de video, como una ortopedia del ojo con un complicado sistema de recuerdos, debía parecerle una exageración.
Por la tarde, todo el equipo partió a filmar a la isla Inkawasi. Su nombre significa casa del Inca y es un cerro con cactos gigantescos, que desde lejos parecen hombres y de cerca monumentos. La isla forma una bahía con el salar y lo transforma en lo que es: el espectro de un lago inmemorial. Entre tanto, un grupo de alemanes esperaba a su guía al pie del cerro. Su insaciada sed de exotismo se aliviaba con cierta vicuñita cubierta con mantitas de colores vivos. Una señora de impecable acento del Rin le hizo notar a otra lo hermosamente ataviada que estaba esa vinchuca. Una voz piadosa la corrigió: "¡Vicuña!" Colque comenzó a subir, airoso, como todos sus antepasados, al grito de: ¡La casa del Inca! A poco de andar se oía nuestro resuello. Estábamos a más de tres mil metros en el salar y sentíamos los efectos de la altura: era evidente que nuestro habitual horizonte estaba a nivel del mar. Agitados, vimos el salar desde la cumbre. La visión era extraordinaria. Desde allí se veían vagos visajes rosados y azules que le daban un aire de hielo quebradizo.
Colque se dispuso a hablar. Lo rodeamos como a un hechicero. El silencio era perfecto, el viento suave, la luz adecuada, el aire cristalino. Preparamos los equipos para la toma perfecta. De pronto, un rumor se levantó, como una nube de lluvia, en una de las laderas. El rumor crecía y crecía, hasta que se distinguieron las risas y las exclamaciones. Y luego los vimos. Como en las viejas películas de la Segunda Guerra Mundial, alguien exclamó por lo bajo: "¡Los alemanes!" Durante todo nuestro diálogo escucharían arrobados las estentóreas explicaciones de su guía, que irrumpían en nuestro registro. Sin duda, eran los enviados del Walhalla.
La abierta sonrisa de Colque no llama a engaño: cuando se quita los lentes negros que lo protegen de la incandescencia del salar, puede adivinarse en los ojos la concentración de una cierta voluntad solitaria, empecinada y filosa.
A los 6 años quedó en la orfandad. Lavó platos y barrió las casas, y a veces llevó a pastar los cerdos, hasta que decidió trabajar para sí mismo. Logró juntar un pequeño capital. Hizo la milicia y al salir se casó con su actual mujer, doña Felipa, con la que tuvo varios hijos. Participó en la comunidad, formó una pequeña manufactura de sal para el consumo que aún subsiste y un día tuvo la idea del hotel.
Para comenzar la construcción, Colque y su hijo Rubén cortaron los miles de bloques, traídos de una zona donde la formación de sal es más compacta. Ellos mismos hicieron el primer trazado de la planta. Pero luego tenían que encontrar un material capaz de pegar los bloques. Ni el cemento, ni el estuco, ni el barro unían sal con sal. Colque no hallaba la fórmula y asegura que varios ingenieros químicos e industriales no pudieron darle la solución. El mismo se puso a experimentar. Secó la sal, la molió y comenzó a mezclarla con otros materiales. Durante tres meses probó con todo -con argamasa, con cal, con pegamentos, hasta con orines. Un día mezcló en justas proporciones la sal molida con agua del salar y halló la fórmula. Pero en Colchani o en Uyuni ni siquiera entonces le creyeron. La salud mental de Teodoro se ponía en duda en todas las habladurías del pueblo. Los albañiles le rehuían. Contrató a dos peoncitos jóvenes a los que les cancelaba el jornal cada día por la tarde para que no se fueran. Así levantaron las paredes. Hasta que llegó el día de la gran nevada.
-Cuando nieva aquí en el salar, la nieve lo diluye todo. Aquella nevada duró tres días y tres noches. Y esperé a que terminara. Pero no había valor para salir de mi casa en Colchani, porque todo el mundo comentaba que el hotel estaría ya diluido, que no había nada. Y en la primera mañana de sol, mi hijo mayor Rubén dijo que iría en bicicleta a ver lo que pasaba. "Usted solo no puede ir -le contesté-, yo lo voy a acompañar. Vamos los dos." Partimos a las 6 de la mañana y llegamos a las 10. Vimos una masa blanca, congelada, donde todavía no podía saberse si la construcción estaba bien o estaba mal. Esperamos el trabajo del sol y, cuando se derritió la nieve, supimos por fin que estaban intactos los muros y más aún, se habían fortificado. Porque la nieve había humedecido el contorno y había compactado mejor. Entonces para mí fue un momento de tanta emoción que grité gracias a la Pachamama. Y terminamos la construcción.
En fechas sagradas, Colque realiza las ofrendas a la Pachamama en esta cumbre de la isla Inkawasi. Así como los seres tutelares entregan sus dones, favorecen el trabajo y la salud, es decir, dan de comer, también ellos tienen hambre. La Pachamama es voraz sobre todo en agosto, cuando se abre como una boca cósmica después de un sueño de invierno. Cada ofrenda está compuesta como un banquete, con varios elementos: hojas de coca, la khoa (una especie de orégano del lugar), los misterios (unas galletas rectangulares hechas de cal y azúcar, teñidas de colores), vino, dulces, resinas, sebo de llama, etcétera. Al fin, es preciso quemar la ofrenda, porque así llega a los comensales sagrados. Podemos imaginar el humo del banquete que se disipa sobre el cielo azul allí en lo alto, mientras el salar se traga los dones, elemental y mudo.
El blanco, decía Melville, es signo de la espiritualidad, pero también de lo terrible. Es el misterio tremendo de las religiones, la plenitud del vacío, el velo incoloro de la naturaleza sagrada. En el salar, esa antigua sensación se percibe en el cuerpo, sobre todo cuando cae la no che, después de que el cielo se incendia en un horizonte quebrado como un cristal rojo y lila y de pronto todo se oscurece. En esa hora lunática, el salar entrega su albino corazón helado.
-Esto es como una playa blanca, por eso llamé así al hotel. Para otros es un mar blanco -dice Colque-. Y por las noches es como estar en otra parte, en otro planeta. Puedes contar las estrellas y puedes tocarlas casi. Y habrá, por donde mires, blanco, blanco, blanco.
Un proyecto, muchos medios
Viaje infinito: camino de las culturas es un original proyecto multimediático y educativo que se propone trazar un mapa cultural de América latina. Los múltiples contenidos de ese itinerario serán difundidos mediante diversos formatos, entre los cuales se cuentan una serie televisiva, un ciclo de documentales, un conjunto de crónicas de viaje, una videohistorieta, un foro educativo de intercambio académico y hasta un sitio en Internet ( http://www.viajeinfinito.com ). Las zonas de relevamiento con las que se abre el proyecto son dos: Altiplano y Patagonia. Entre septiembre y octubre de 1999 el equipo fundacional de Viaje infinito -que cuenta con numerosos colaboradores- realizó el primer viaje exploratorio para relevar la zona del Altiplano: lo hicieron su creador y director general, Aníbal Guiser, la directora cultural Khédija Gadhoum; el camarógrafo Adrián Guiducci y el escritor Jorge Monteleone, junto con dos guías que los acompañaron en la primera parte del trayecto. La travesía completa, desde Buenos Aires hasta Machu Picchu, con un regreso por el norte de Chile, se hizo por tierra: fueron 10.000 kilómetros en un vehículo Land Rover, cuatro por cuatro. Recorrieron la geografía andina, pueblos y ciudades de Bolivia, Perú y Chile, donde obtuvieron valiosos testimonios culturales y antropológicos, cientos de imágenes inéditas, varias horas de registros de audio y de material fílmico. Y a ello se sumó un aire de aventura, de sorpresa y de asombro que las ocultas regiones andinas de nuestro continente les tenían reservado.
Los castigos de Tunupa
En su particular cosmovisión, los pueblos aymara (antiguos habitantes del Altiplano peruano-boliviano) concibieron el pasado en épocas o edades con una duración específica, donde cada división temporal estaba asociada con un espacio particular. La primera edad transcurre en la cuenca del Titicaca. La figura dominante es Tunupa, dios celeste y purificador, que no sólo podía predicar y enseñar a los hombres, sino también hacerlos objeto de sus implacables castigos, ejercidos a partir de sus atributos ígneos y celestes. Tunupa es el trueno, el rayo y el relámpago, es el fuego de los volcanes y también el dios de la lluvia que fecunda la tierra y sus frutos. Es también el dios de las fuentes, las vertientes y los ríos, por donde navegó antes de sumergirse bajo la tierra. Tunupa es fuente de relatos míticos en un área de influencia que incluye además del eje acuático, el Altiplano circundante, la costa sur peruana y el norte de Chile. Los atributos y el hábitat de Tunupa están asociados con los cerros, las altas montañas, los volcanes y las salinas, accidentes que muchas veces se identifican con su nombre, como el salar de Uyuni y el volcán en la presente crónica. La expansión incaica sumió a Tunupa en la propia deidad celeste de los cuzqueños: Viracocha.
Asesoramiento: Dra. Ana María Presta, especialista en historia de América, de la Universidad de Buenos Aires.
Agradecimientos: A los productores asociados: Conductil SA y Garbo Producciones, y a los diversos apoyos de: La Nacion SA; Land Rover; Fast Multimedia US, Inc.; Digital Center; Universidad de Buenos Aires; David Lagmanovich; Universidad Nacional de Tucumán; Hotel Villar del Ala (Tilcara, Jujuy); Hotel de Sal Playa Blanca (Uyuni, Bolivia); Federico B. Kirbus y Marilú Kirbus; Pepe Mariani; Afifa Gadhoum; Anupama Mande; Alejandro Frascara, y Jorge Rocca.
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