Una tempestad repleta de augurios Gloria y truenos en el Uruguay de atrás

Francis Mallmann
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27 de octubre de 2019  

Dos días sin teléfono. Olvidado en un taxi en Washington, camino al aeropuerto. Aquel descuido solo había multiplicado mi libertad y paz rural, en días de trabajo y descanso.

Me desperté a la madrugada con una mansa caricia de lluvia sobre el techo de lata. Empezó como una suave insinuación. La llovizna era tan dócil que apenas sonaban goteos distantes, finos, cuidadosos. Un hermoso pacto de nubes y techo para anunciar mi día de pueblo en Garzón, en el Uruguay de atrás, donde un respetuoso silencio cobija las calles y las añosas palmeras de la plaza, frente a la casa, hacen florecer a la sombra de sus hojas, en las alturas, sobre rugosos troncos, helechos, culantrillos y enredaderas con gracia de verdor y gala palaciega.

Mi primer café fue en la cama, entre almohadones, leyendo a Bertrand Russell y sus críticas apreciaciones sobre la historia de la filosofía. Allí, rodeado por la música de la lluvia, parecía fácil discurrir entre Hegel, Rousseau, Kant o Platón y sus concepciones sobre vida e intelecto. Pensadores académicos o románticos, como Lord Byron, hacen nacer la filosofía en el espacio vacío que existe entre la ciencia y la teología. Mis gotas en el techo parecían abrazar perfectamente los misterios de la vida, enunciado, página tras página, por el topeteo métrico del agua.

Poco a poco la lluvia fue creciendo hasta convertirse en un torrente ensordecedor. Un torbellino, latigazos de aguaceros y las rugientes explosiones eléctricas llenas de augurios e indiscretos presagios colmaron mi corazón, porque sabía que la tempestad, al terminar, siempre se extiende a una calma fresca, casi crujiente con un renacer de certezas.

Viento, truenos, relámpagos y rayos parecían tenerme recostado sobre la misma cama donde Poe describió su drama de amor con el cuervo del nunca más. La verdadera tempestad abrazaba mi esperanza, maravillado y preso de asombros, introspección e inclemencia.

Horas después, con mis botas de goma, caminé por la casa donde vivo, que se extiende sobre un jardín de palmeras que tiene como símbolo repetitivo una sucesión de ventanas redondas muy grandes con espejos de la misma forma y tamaño, intercaladas debajo de las galerías que la protegen de sol y lluvia.

Estos círculos orgánicamente magníficos, que se alternan una y otra vez entre los reflejos de cristales, duplicando las imágenes del jardín. Los elegí como una reverencia al tiempo, a la suma de décadas que me legó esta cama de almohadones en un pueblo casi olvidado por el tren, el molino de trigo y los yugos de arados de bueyes que al surcar tierra y piedras levantaban barro, cascotes y esperanza. Yo fui buey corneta resabiado y mañoso, perdí una guampa en una estocada de furia que buscaba amansarme y quedé marcado por inclinaciones desdorosas, por haber alterado lo regular, tradicional y normal. Fue un romance.

En este pueblo hice mi señalada, asentándome entre los recuerdos del pasado y las páginas de mis libros del presente. Las calles son de tierra, tierra que llega hasta los viejos muros de la fachada, con tonos de rosas gastados de cemento pintados en los años cincuenta. Hablan de una belleza que no brilla. Parches y rajaduras simbolizan mi pasión por la historia y las heridas, como si fuera un amor reciente, aunque los años se inclinan por las decenas.

Porque las heridas y el olvido son casi lo mismo, las unas rigen en la cicatriz y el otro permanece como enunciado en lo mas recóndito de la memoria.

Y en esta mañana de gloria y truenos vuelvo a elegir mi historia. Solo fueron reniegos y libertad hasta aquí, en el Uruguay de atrás.

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