
Una zarina en Madrid
El primer viaje al exterior de la primera dama rusa, Liudmila Putina, develó contrastes con sus antecesoras y mostró a una ex azafata y filóloga sumamente simpática e interesada en la cultura
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Madrid.- Las primeras damas rusas suelen ser un misterio. Es poco lo que puede saberse de ellas en el escaso espacio que deja la seguridad del Kremlin. Ahora le toca el turno a Liudmila Alexandrova Putina, que acaba de debutar en su nuevo papel social en la gira que su marido, el presidente Vladimir Putin, hizo por España y Alemania.
Y no hizo falta mucho para que quedara en claro que a Liudmila la alta política le aburre, que prefiere hablar de otros temas y que, en lo personal, no le gusta pasar inadvertida. Con su vestuario cargado de colorado furioso y sus altísimos tacos aguja -que no abandonó ni para recorrer el empedrado insistente de las calles de Toledo-, ella tuvo su propio espacio al margen de la agenda de esta primera gira oficial de la nueva presidencia rusa.
El punto de partida fue España. Y el presidente Putin lo quiso aprovechar para lanzarse a la difícil tarea de alentar a los inversores para que coloquen dinero en la conflictiva economía de su país. En ese papel, al ex KGB se lo vio algo tenso, quizá preocupado por la cantidad de notas críticas que publicó la prensa española sobre su persona antes de que el avión Iyushin en que viajó tocara al aeropuerto de Barajas. Pero mientras su marido se veía con el rey Juan Carlos y hablaba con políticos, empresarios y economistas que denunciaban violaciones a los derechos humanos en territorio ruso, Putina no dejó de sonreír. Quizá su pasado de azafata ayudó a que esta corpulenta rubia de 43 años, licenciada en filología hispánica, soportara con temple la turbulencia. La imagen que proyectó la mujer del presidente ruso parece distar mucho de la que rodeó a sus predecesoras. Liudmila no mostró una pizca del carácter y la ambición política que signaron a Raisa Gorbachov. Pero también puso distancia de la actitud maternal y protectora de Naína Yeltsin.
La nueva primera dama, que -como una versión femenina del rey Midas- devolvió con sonrisas las asperezas que llegaban a oídos de su marido, se empeñó, sin embargo, en mostrar que se movía con aires de independencia. Se salió cada vez que pudo del protocolo y no dejó pasar una sola oportunidad de hablar en español, sin la ayuda de intérprete, aun cuando verbos, sustantivos y pronombres le hicieron algunas jugadas espantosas. Como, por ejemplo, cuando en Alcalá de Henares ponderó las virtudes de Miguel de Cervantes como escritorio. Mala suerte para una estudiosa mujer que -dicen- obtuvo su doctorado con una tesis sobre la utilización del participio en el castellano antiguo.
Pero tanto se esforzó Putina en dar cuenta de su interés por la cultura que llegó a sugerir que Vladimir podría irse solo a Alemania, segunda escala de la gira, mientras ella se quedaba unos días más en España, tan luminosa y llena de pasado cultural. Pero no pudo ser. Parece que algo la hizo recapacitar y siguió viaje con la comitiva. Entre el equipaje iba también el auto blindado que utiliza el presidente para trasladarse. Y otro igual, por si el primero sufre alguna avería.
Los españoles quedaron encantados con Putina. Les gustó que dedicara mucho más tiempo a visitar y a conocer que a las compras. La primera dama rusa se hizo una escapada a Toledo y otra al Museo del Prado, donde recorrió lentamente las salas de Velázquez y de Goya. Como un turista en su primera visita, no se detuvo ni un segundo. Sólo le faltó sacar fotos. O prometer que volvería.
Pero sí se comprometió a trabajar para que el año próximo abra sus puertas en Moscú una delegación del Instituto Cervantes, cuya sede española también visitó esta infatigable caminadora de tacos altos. Que en su gira debut no tropezó ni una sola vez.






