
UROS, LA TRIBU FLOTANTE
Sus hombres habitan el Altiplano desde antes de la dominación inca; viven en el Titicaca, sobre islas que ellos mismos construyen, al igual que sus formidables naves, con la totora del gran lago, testigo del acelerado crepúsculo de esta cultura
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PUNO, Perú.- En plan de comparar críticamente las dos vastas y casi idénticas mitades en que se han repartido el enorme Titicaca, Bolivia y Perú pueden desatar una tormenta en un vaso de agua.
Para orgullo de los bolivianos -y para envidia de sus vecinos-, en el lado que les corresponde está la isla del Sol y de la Luna, lares de Manco Cápac y Mama Ocllo, fundadores del imperio inca a mediados del siglo XII. Del lado opuesto, para satisfacción de los peruanos y celos de sus vecinos, se hallan las islas flotantes, construidas por los indios uros con totora, una especie de espadaña, gruesa como la muñeca y de dos picas de alto, según la exagerada visión del totoral del Titicaca que ofreció Fray Antonio de la Calancha en su obra Crónica moralizadora, publicada en 1653.
A la hora de comparar las bellezas naturales de ambos lados, cada dueño afirma que la suya es la parte Titi, y la del vecino, la que resta. Nunca se cansan del chiste remanido.
La belleza de ambas mitades atrae a numerosos turistas, en su mayoría jóvenes europeos, expertos en andar mucho y gastar poco. También inspira místicas meditaciones a una excéntrica legión internacional de sectarios y avistadores profesionales de ovni, que acude cada verano para vivir trascendentales experiencias con el agua al cuello.
Emane o no algún esoterismo, de un lado o del otro el panorama del lago corta el aliento. Y también lo corta la altitud a la que está emplazado el espejo de agua: 3810,82 m. Allí, la atmósfera enrarecida por la escasez de oxígeno obliga a los turistas desprevenidos a boquear por efecto de esfuerzos físicos que resultarían nimios en el nivel raso del mar.
La situación de relativa proximidad al sol, determinada por la altitud, convierte al Titicaca en una gran caldera de 903 millones de m3, 8562 km2 y una profundidad máxima de 240 m, que evapora 602 m3 de agua por segundo, cantidad equivalente al 99 por ciento del líquido aportado por las lluvias y los ríos tributarios. A su turno y a través del río Desaguadero, el Titicaca mezcla sus aguas con las del lago Poopó. En ocasiones como ésta, la toponimia suena un tanto reiterativa.
La enorme superficie del Titicaca siempre varía del mismo modo y de acuerdo con los monótonos antojos del clima. En años de escasez de lluvias, la diferencia del nivel de las aguas es de unos 75 cm entre invierno y verano. Pero si llueve mucho en lo que va de enero a marzo -unos 700 mm como máximo- y si además hay abundante afluencia de agua de deshielo, el nivel del lago puede subir unos 150 centímetros.
Llama la atención que el significado del nombre quechua Titicaca -Chucuito es otra denominación, arcaica y enigmática- no haga referencia a la característica más llamativa del lago: su enorme tamaño. Debido, en efecto, a su gran superficie y según la pintoresca expresión oída en el lado del Perú, los ojos quedan con la lengua afuera de andar viendo tantísima agua.
Si se pone de cabeza el mapa del lago, es posible adivinar, no sin bastante trabajo de la imaginación, el contorno de un puma que sostiene entre las garras a una nutritiva vizcacha. Esta rebuscada figuración pretende establecer una arcana coincidencia con el significado del nombre quechua Titicaca (Titi=puma, y caca =monte), recordatorio de que, supuestamente, antaño menudearon dichos felinos en las numerosas y escarpadas islas lacustres.
El puma es emblemático en el Titicaca. Los uros que habitan las extraordinarias islas flotantes suelen adornar la proa de sus no menos extraordinarias embarcaciones, también construidas de totora, con artísticos mascarones que representan la cabeza de aquella fiera y que se hacen de la misma materia vegetal que las islas y las barcas.
Quizás aún más sorprendente que su vinculación cultural con la totora es el hecho de que los uros ya no son uros, sino el resultado de una total asimilación a las etnias colla y, principalmente, aimará, las cuales, en la época precolombina, los sojuzgaron y los ahogaron en sus dos sangres al imponerles el mestizaje.
Desde Puno se llega a la más próxima de las islas artificiales de los uros en toscas lanchas de pasajeros, cargadas de rubicundos turistas alemanes hasta en el techo e impulsadas por un par de poderosos motores japoneses fuera de borda. El viajecito, que parece al tranco, dura unos 45 minutos.
La isla en cuestión, aproximadamente circular como todas las de su tipo, tiene un tamaño algo menor que media cancha de fútbol y es el desprendimiento de otra que hace tiempo se partió durante una tormenta. La porción que se visita había derivado, durante la noche tempestuosa, empujada por un ventarrón. Cuando sus moradores despertaron, la anclaron en ese mismo sitio donde actualmente la abordan los turistas. La historia un tanto rara de esta isla fue referida por un guía profesional peruano, cuyos conocimientos específicos adolecían de varias lagunas, defecto seguramente virtuoso en un medio laboral como el Titicaca.
Una isla de totora se ancla en el lago mediante tres o cuatro pértigas que la atraviesan y se clavan en el lodoso lecho lacustre. Para el emplazamiento de las islas se prefieren sitios donde la profundidad no pasa de entre cuatro y cinco metros. Las islas sobresalen del agua casi un metro.
Al caminar sobre una de esas plataformas de totora, los pies se hunden unos cuantos centímetros a cada paso. Actualmente, existen en la región del totoral unas 200 islas habitadas por casi 300 familias. En el siglo XVI, estas últimas superaban la cantidad de 4000.
Los uros son considerados por el gobierno del Perú dueños legítimos de la totora. Como propietarios alertas e irascibles, han sabido llevar adelante severas acciones punitivas contra extraños que intentaron aprovecharse del totoral.
Las islas han estado regidas por el varón de mayor edad, que investía la condición de máxima autoridad moral y religiosa. Ultimamente, un consejo de notables estaría tomando las decisiones más graves.
Los matrimonios eran tradicionalmente concertados por los padres de familia, desde la infancia misma de los contrayentes; pero ahora, al filo del nuevo milenio, parece agudizarse la progresiva astenia de las tradiciones. Casi todo el mundo en el Titicaca se casa sin más venia que la espontánea bendición de Cupido.
Las viviendas familiares, carentes de ven-tanas, miden cuatro metros por dos, y sus paredes y techo serán de estera de totora (kesana) si los constructores se atienen a las reglas de la ortodoxia uro. Hoy, los techos suelen ser de zinc, así como son de plástico los cordeles que sujetan las gavillas de totora con que los uros construyen sus naves. Hasta no hace mucho, ellos mismos trenzaban cordeles extraordinariamente fuertes.
Los uros son animistas y no han dejado de serlo a pesar de que, en cierta medida, la religión evangelista los ha ganado para su causa con auxilios espirituales y también materiales. Viven de la caza y de la pesca, de los permisos que conceden para cortar totora, del trueque de sus piezas de caza por diversos artículos en tierra firme, de la venta de embarcaciones y también del turismo que les compra pequeños tejidos y otras artesanías más o menos típicas.
Los guías turísticos aseguran que los uros dejaron de contaminar el Titicaca desde que acordaron con el gobierno peruano evitar la polución del agua. En cada isla hay uno o más retretes primitivos: un balde oculto por un biombo cilíndrico de totora. Periódicamente, esos baldes son llevados a tierra firme para disponer allí de su contenido.
Algo hay que hace dudosa la explicación del sistema, quizá la visión mental de una engorrosa batería de baldes que van y vuelven, compitiendo con la tentación cultural de esa pampa de agua, apartada e íntima en su enormidad, que por generaciones ha subvenido a las necesidades de los uros.
Javier Núñez de Arco, un boliviano anticuario y restaurador por tradición, así como ceramista y fotógrafo por vocación, ha reeditado fotografías de uros tomadas a principios de siglo por un famoso antropólogo austríaco, Athur Posnansky.
Aquellos hombres, que hoy son aimarás entre los aimarás, tenían entonces la pinta de los ranqueles.
A los conquistadores españoles les gustaba repetir la historia de un canuto de pluma lleno de piojos que cada uro, en atención a su extrema pobreza, debía entregar anualmente al inca Huayna Cápac como tributo.
Las primeras noticias acerca de los uros se tuvieron en el siglo pasado, cuando ellos no habían perdido aún todas sus características étnicas. En 1965, cuando ya sólo conservaban de sus ancestros la condición de navegantes, se convirtieron en atracción turística.
La lengua uro, actualmente en desuso, sería de estirpe aruwak. Los aruwakes habrían estado en la región andina ya antes de la última época glacial.
Quizás en sociedad con las tribus collas, esos aruwakes hayan sido los constructores de la misteriosa Tiahuanaco, joya arqueológica de Bolivia, celosa de numerosos secretos y mucho más antigua que Machu Picchu. Los uros podrían haber sido testigos y hasta actores del enigmático drama tiahuanacota. Pero también lo han olvidado.
Estos que estamos viendo -dice Juan Ernesto Quispe, guía peruano- pueden ser los últimos uros que vivan en las islas de totora. Sus hijos se van a Puno a estudiar, a trabajar, a casarse. Y de Puno también se irán, más adentro, a confundirse con el mundo .
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