
URUGUAYANA LA CARA OCULTA DEL MERCOSUR
Por esta ciudad brasileña, vecina de una Paso de los Libres que conoció tiempos mejores en los días del déme dos, pasa el grueso del comercio entre la Argentina y Brasil. Sin embargo, la gente vive como siempre. O peor
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Apenas quince pasos, los necesarios para cruzar de una vereda a otra, separan la imagen blanquiceleste de Nuestra Señora de Lourdes -en la gruta del Centro de Pastoral del barrio San Jorge, en los pesados suburbios de Uruguayana- de los rostros fríos y las miradas vacías de las doce prostitutas que trabajan a las órdenes de José Mauricio Bracchini, un abogado de 55 años que por las mañanas recorre juzgados y por las noches regentea Kokeiros, conocido también como El Convento, uno de los peringundines más frecuentados de esta ciudad del sur de Brasil, donde late, ficticiamente para sus habitantes, el Mercosur.
El contraste es cruel, pero no inexplicable. En rigor, todo en Uruguayana -lo que se ve y lo que se siente- parece estar montado sobre un inmenso escenario donde conviven el bien, el mal, la grandeza, la miseria, lo oculto, lo incierto, la pureza, la degradación, lo indescifrable y lo obvio. Uruguayana no es más que otro icono preciso del doloroso mapa latinoamericano.
La macroeconomía, siempre abstracta para el común de las gentes, indica que Uruguayana, con 140.000 habitantes, en la frontera con Paso de los Libres, es el ombligo del Mercosur.
Gestado por los ex presidentes José Sarney y Raúl Alfonsín en noviembre de 1985, consolidado más tarde por Fernando Collor y por Carlos Menem, y abrochado definitivamente con la integración de Uruguay, Paraguay y Chile, dos tercios del transporte terrestre y del comercio de este mercado común del Sur pasa por el Puente Internacional Presidente Justo-Presidente Vargas (hoy llamado De la Amistad), de casi un kilómetro y medio de largo, sobre el río Uruguay. La parte del puente que le corresponde a Brasil está prolijamente pintada, iluminada con luces amarillas y con el pavimento intacto. La parte del puente que le corresponde a la Argentina no ve una brocha desde hace años, la carpeta asfáltica viene perdiendo la batalla y las luces blancas titilan, digamos, de a ratos.
Algo más de 700 camiones lo recorren pesadamente, transportando carga por un monto que ronda los 12 millones de dólares diarios; el parque camionero brasileño es tres veces mayor que el argentino; el 15 por ciento de estos vehículos lleva como destino final Chile.
En 1985, cuando se inició el proceso de integración binacional entre la Argentina y Brasil, el intercambio comercial se acercaba a los mil millones de dólares; hoy, supera los 10.000 millones.
Puestos así, los números del Mercosur impactan. Pero, paradójicamente, el rebote que tienen en Uruguayana y en Paso de los Libres es apenas tangencial.
De la primera observación de Uruguayana, fundada el 29 de mayo de 1846, 19 años antes de la Guerra de la Triple Alianza, se encargará Juan Carlos Vázquez, cónsul argentino y hermano del ex embajador en Chile, Jorge Vázquez. Dice: "En los años de esplendor de la agricultura y la ganadería, a Uruguayana se la llamaba la ciudad de la alegría. Se veía prosperidad; hoy, en cambio, es como una calcomanía vieja. Y la decadencia empezó, justamente, con la caída del campo. Se ve mucha tristeza, y también mucho miedo en la gente.
"La época de la llamada plata dulce -sigue el cónsul, que habla sin respiro como es su costumbre, sentado sobre uno de los escalones del consulado mientras el calor húmedo va dejando huellas- motorizó a la ciudad, pero después trajo aparejadas muchas miserias. Llegaron cientos de comerciantes de San Pablo, de Porto Alegre y, con ellos, muchos trabajadores golondrina. Cuando el espejismo se rompió, los dueños de los comercios se fueron y quedó una cantidad importante de migración interna, echada a su suerte.
"Esa gente es la que hoy habita la periferia marginal de la ciudad. Cuando se acabó el déme dos, cuando aquella burbuja de fantasía se pinchó, la ciudad quedó aplastada en las tinieblas."
La Revista llegó a Uruguayana un día después del aplastante triunfo electoral de Olívio Dutra, ex intendente de Porto Alegre y ahora gobernador electo del Estado de Rio Grande do Sul -al que pertenece Uruguayana- por el Partido de los Trabajadores, y tres días antes de o pacote, el temido paquete fiscal o programa de ajuste anunciado por el presidente Fernando Henrique Cardoso.
Al ritmo de la música gaúcha, vistiendo las calles con banderas rojas, los seguidores de Olívio apuestan ciegamente a las promesas de este político de gruesos bigotazos negros ("Olívio es un sin tierra y tiene la fuerza del martillo", se regocija Ulises, futuro pai y esposo de la mai María), y aguardan con resignación o pacote porque, dicen, "¿cuánto más abajo vamos a caer si ya estamos en el fondo?" Motivos no les falta para ignorar el ajuste: la desocupación en Uruguayana ahorca al 70 por ciento de la población; el salario promedio de bolsillo apenas araña los 200 reales (180 pesos de los nuestros); el del empleado público no supera los 500; la canasta familiar, muy acotada a los alimentos secos, es de 375 y el empleado común destina el 75 por ciento de su sueldo a la alimentación.
Sin industrias, con el campo devaluado y el Mercosur que le pasa por encima, el 60 por ciento de la actividad en Uruguayana está absorbido por la administración pública.
"Aquí producimos 7000 kilogramos de arroz por hectárea, que es un rendimiento igual o mayor al de Estados Unidos. Sin embargo, por una cuestión de precios, seguimos importando de la Argentina un millón y medio de toneladas por año", explica con indisimulada furia Favio Machado, un estanciero de la zona.
Miguel Barbará Rodríguez, otro hacendado del lugar, remata como para que no queden dudas acerca del estancamiento: "Hace cinco años, su país no producía arroz en la cantidad que lo hace Uruguayana. Ahora nos sobrepasó. Antes, teníamos en la región 45 industrias dedicadas al arroz, hoy apenas sobreviven cuatro o cinco".
La queja de los estancieros se materializa en los bolsillos de los peones rurales, que en ningún caso superan los 160 pesos de sueldo mensual.
El Estado de Rio Grande do Sul, para variar, muestra, igual que Uruguayana, sus duros contrastes. A pesar de que se trata de uno de los Estados más ricos del país, con 9.600.000 habitantes y un alto nivel de vida, la región norte saca amplia ventaja sobre la del Sur, que presenta casi los mismos índices de desempleo que Uruguayana.
Contrastes. Uruguayana baila porque la sangre empuja, y sufre en silencio porque el futuro no dibuja contornos claros.
Una ciudad triste, como dice el cónsul. Un pueblo que vive de recuerdos; que saca pecho como puede; que esquiva la violencia cotidiana (un asesinato por semana, asaltos a mano armada, robos a toda hora, arrebatos en las calles e innumerables casos de estupro son parte de la rutina diaria) y que no termina de acomodarse a su situación de ciudad hipertrofiada de los años 80: la población se triplicó por culpa de aquella fantasía económica, modificando abruptamente los patrones normales de crecimiento que se venían cumpliendo hasta fines de los años 70.
El Mercosur no es una fantasía. Pero Uruguayana, igual que Paso de los Libres, no lo vive como imaginó que sería. Lo vive como lo que es: un corredor, un pasillo, una puerta abierta. Ni los herederos de Garrincha -aquel famoso manosanta que supo endulzar sus bolsillos aprovechando la amargura ajena en esos días de mentiroso esplendor- saben qué hacer.
"Para lo único que nos sirve el puente es para que los argentinos vengan a Kokeiros a sacarse las ganas", se babosea el abogado Bracchini mientras estalla en una risotada que deja al descubierto sus brillosos dientes de vampiro. "A mí me va muy bien, pero a Uruguayana no. Igual, no me quejo: el ochenta por ciento de la clientela viene de Paso de los Libres. Le quiero decir que en la Argentina hay más plata para gastar, ja, ja."
Tres veces a la semana, los lunes, miércoles y viernes, antes de que la boîte abra sus puertas, a eso de las once de la noche, una mujer escuálida, encorvada, diminuta, nariz aplastada y piel renegrida como el petróleo cumple con uno de los tantos ritos umbanda de recorrer descalza con un plato humeante de hierbas y cenizas para limpiar cada uno de los rincones del prostíbulo (la pista, el bar, los baños y las tres piezas del fondo), y a todos los que se le atraviesen en el camino. Un rato después, el negocio. Cinco pesos la consumisión, y 40 para adentrarse en ese laberinto oscuro y decadente impregnado de humo en compañías a veces indescifrables: Carol, Kelly, Angel, Giselle, Fabiane, Mariel, Luciani, Juliana, Lilian, René, Fernanda y Graciela -todas aseguran tener más de 18- no interrumpirán ese otro rito sino hasta pasadas las seis de la mañana, cuando cuenten lo recaudado, entreguen la comisión y se echen a dormir, algunas en el mismo prostíbulo, otras en pensiones, la mayoría en sus casas de chapa, entre basurales y chanchos hocicando en el estiércol, de los barrios San Jorge y San Miguel.
En el otro extremo de la ciudad, al Sur, sobre la ruta que conduce a la frontera con Uruguay y pasando por Black Tie, una boîte frecuentada por hombres que manejan autos importados y donde se gasta bastante más que en Kokeiros, se encuentra el grueso de la dotación militar de Uruguayana. En ese lugar están la Cuarta Brigada de Caballería Mecanizada, el Regimiento de Artillería y el Regimiento de Caballería Mecanizada. Y el Círculo Militar.
Allí, en la cancha de polo, un grupo de militares -retirados algunos, y en actividad otros-, acompañados por algunos civiles, preparan sus caballos para un partido que se viene en medio de un calor que mete miedo. En ropa de fajina y con botas de montar, capitanes y coroneles espigados revolean el taco, mientras otros, de cintura a lo Botero, van y vienen detrás de la bocha que es golpeada con más amor propio que destreza. Después de todo, el más antiguo de los deportes ecuestres se asocia tanto con civiles adinerados como con militares. Y para los militares de Uruguayana, el polo no es sólo un deporte, sino una parte importante de sus vidas.
Tras el primer chukker, mientras un conscripto con cara de aburrido cambia monturas, el coronel Ari Castillo masculla: "El puente es una mierda. Antes cruzábamos la frontera sin mayores trámites para ir a jugar con nuestros amigos argentinos. El Mercosur nos quitó esa posibilidad, ahora es todo más difícil, hay más papelería y mucha traba para ingresar nuestros caballos. Trabas que pone el Senasa. Pero, en fin, aquí estamos para obedecer".
A su lado, el teniente Moreira asiente con la cabeza, que la tiene protegida con un casco de béisbol. "No van a aprender nada viéndonos jugar polo a nosotros, porque el de ustedes sí es polo", agrega. Sobre la marcha, José Fernando Carbalho Silva, un abogado habitué del Círculo Militar, balbucea resignado: "Está triste Uruguayana, ¿verdad? El Mercosur nos ha traído más problemas que alegrías, porque hasta la camaradería cuesta alimentarla más ahora que antes".
La relación de fuerzas entre Brasil y la Argentina en esta zona de frontera es de cuatro a uno, porque para los estrategos militares sigue siendo una región caliente. Aunque, quizá, no sea sólo por esa causa. La convivencia entre civiles y militares parace ser más que óptima. En Uruguayana, la inserción militar en la vida civil es llamativamente importante. Prestan buenos servicios a la comunidad y el ingreso al mundo de las armas es una de las metas manifiestas de los más jovenes, en particular de aquellos que provienen de las zonas marginales. La demanda, según se nos dice, es brutal.
La selección para ingresar en las filas es dura, y pocos, entre miles, son los que lo logran. Se exige, entre otros requisitos, escolaridad avanzada. Y eso no abunda.
Los pobres de Uruguayana respetan a los militares y desprecian a la policía. Los que cargan con dignidad su indigencia deben convivir necesariamente con lo peor de la población marginal, muchas veces enfrentarlos y tratar de salir airosos sin perder su decencia, que es lo que más atesoran porque es lo único que les sobra.
A pesar de la pobreza extrema que se observa, es inusual la mendicidad en las calles. Se las arreglan como pueden: pescan bogas y dorados en las tranquilas aguas del río Uruguay, van y vienen con sus carros destartalados y vencidos de cartones y botellas que luego venderán, caminan las calles con pesados canastos repletos de frutas y verduras. Y le rezan a Olívio.
Los barrios pobres de Uruguayana no difieren en nada de los que inundan al Gran Buenos Aires. El barrio San Miguel, por caso, bien podría ser un suburbio de González Catán.
Quizá por haber conocido épocas mejores, los nuevos pobres del Mercosur no demuestran ningún tipo de solidaridad con el Movimiento de los Sin Tierra. No hay, siquiera, una mínima sintonía con ellos; esa sintonía de pobre a pobre, de pobre urbano a pobre rural. Un hecho que no deja de ser curioso, habida cuenta de que el hacendado medio del Estado de Rio Grande do Sul sí la tiene, a pesar del escaso consenso social que existe en el sur de Brasil.
Si los pocos casos de corrupción que se denuncian en Uruguayana sorprenden, el talón de Aquiles, sin embargo, es el contrabando y el tráfico de drogas, aunque, claro, no llega a equipararse con el infierno de Foz do Iguazú, en frontera con Ciudad del Este, en Paraguay.
En Uruguayana conviven tres instituciones policiales: la brigada militar, que es estadual; la brigada policial, que es la que patrulla la ciudad y combate el crimen, y la policía civil, encargada de recibir las denuncias por robo o arrebato.
La violencia, sin embargo, no escapa al signo de los tiempos. Hasta la bandera del consulado argentino fue robada hace tres meses.
Como en cualquier otra parte, los anticuerpos se ponen en funcionamiento. A las seis de la tarde, la ciudad es una gran desolación, con los negocios que cierran al mismo tiempo, como obedeciendo un toque de queda y vigilancia privada por donde uno mire. A la caída del sol, sólo los perros, los borrachos y los travestis (todos abundan) se animan a cruzar la plaza principal, o a caminar por el parcón -un espacio verde similar al parque Sarmiento en miniatura, sobre la avenida Vargas, la calle principal-, próximo a la terminal rodoviaria, en el corazón de la ciudad.
"Como el gobierno no da seguridad, la gente no tiene más remedio que ir armada", cuenta Luis Degrandi, propietario de una armería del centro. Los datos que aporta son el mejor termómetro para entender cómo es la vida en Uruguayana. "El 50 por ciento de los habitantes -dice- tiene un arma de fuego en su casa. La portación está prohibida para los civiles; sin embargo, el uno por ciento de la población, alrededor de mil quinientas personas, anda con un revólver calibre 38, que en su país está considerada arma de guerra. A mí me va bien en el negocio, pero, claro, esto no es bueno para Uruguayana. Y lo que se ve acá se ve en todo Brasil."
Degrandi está al frente de su negocio desde hace quince años. Como los demás, supo ver también épocas mejores. "Esta era una ciudad muy próspera. Hoy es una sombra de lo que fue en los años 80: acá se perdió el 70 por ciento de aquel mercado que convirtió a Uruguayana en una ciudad admirable."
De aquel mercado que nunca más volvió a disfrutar Uruguayana, Victor Pedeliez y su esposa recuerdan los días cuando "los argentinos venían y compraban hasta la arena del río. Hoy, mire, tengo que vender pescado que pesco yo mismo; tengo que vender chanchos que crío en el fondo de mi casa; tengo que vender desde leche hasta zapatillas para mantener esto que ya no sé si es un almacén o un corralón, pero tengo que vender lo que sea para sobrevivir. En Uruguayana todo está muy caro. Yo tengo una jubilación de 500 reales -unos 410 pesos-, y después de pagar los impuestos, la luz y el gas, lo que me queda son monedas".
En las afueras de la ciudad, sobre las calles de tierra del barrio San Miguel, el Presidio Estadual de Uruguayana está viviendo sus últimos días. La superpoblación carcelaria obligó a una mudanza inevitable, a una cárcel de mayores dimensiones -para 400 reclusos- y más segura.
Inaugurada en 1941, la vieja cárcel, que vista desde afuera se parece más a un club que a un presidio y en donde los agentes penitenciarios -con un salario promedio de 750 reales, equivalente a 620 pesos- toman mate bajo la cerrada sombra de dos enormes gomeros, alberga a 235 reclusos (hay seis mujeres) aunque su capacidad es para 180 presos. Los calabozos, de cuatro por cuatro, los ocupan grupos de seis detenidos. Del total de reclusos, con un promedio de edad de 25 años, 36 están por asesinato, y uno de ellos no ve la calle desde 1960. Hay dos argentinos procesados por tráfico de drogas y ahora dependen de la astucia de aquel abogado que en una mano lleva el Código Penal y en la otra las llaves de Kokeiros.
Vanderlei Righi de Menezes, el administrador del penal, explica: "El presidio cuenta con 21 agentes penitenciarios y seis de la policía militar, y hace dos años y medio que no tenemos fuga de presos. La vida en este lugar es como en cualquier cárcel. A la mañana se les da una taza de café con leche y pan; al mediodía, pollo y una fruta, y a la noche arroz y otra vez frutas. Los presos reciben visitas dos veces por semana, tienen lo que llamamos visita higiénica para lo cual el presidio dispone de una habitación para que los presos que están casados reciban a sus esposas por un espacio de no más de una hora, una vez al mes. A los presos castigados por mal comportamiento no sólo se les quita esa posibilidad, sino que también se les prohíbe ver televisión, escuchar radio, y leer revistas y diarios. A ellos se los ubica en una celda especial, pero... ¡no vaya a creer que los ponemos en un pozo!" Los fiscales de la Procuraduría de la República en Rio Grande do Sul son la sombra negra de las tres instituciones policiales de Uruguayana. Muy jóvenes, celosos de su trabajo y resistidos por las autoridades policiales, fiscalizan su actuación y dedican la mayor parte de su tiempo a descubrir casos de corrupción y a investigar los tres aspectos principales de la criminalidad en Uruguayana: el narcotráfico, el lavado de dinero y el contrabando.
El fiscal Walmor Alves Moreira lo explica de este modo: "La criminalidad acá es importante, pero no vemos que haya una organización dedicada a eso. De todos modos, a pesar de ser una ciudad pequeña, el lavado de dinero proveniente de la Argentina ronda el millón y medio de dólares anuales. El otro problema serio es la falsificación de dinero, que afecta básicamente a los que llegan de la Argentina. Hay mucho dinero falso en las calles, y las principales víctimas son los argentinos. El otro punto importante es la fiscalización de la labor policial. No tenemos muchos casos de corrupción, pero la policía nos pone muchas piedras en el camino para controlarlos. Y el control lo hacemos a diario".
Una de las grandes discusiones que se están dando hoy en Brasil se refiere a la unificación de las diferentes instituciones policiales. "No tiene sentido -explica el fiscal- que siga existiendo una policía que fue creada durante el último régimen militar. Pero alcanzar ese objetivo, el de democratizar más a la policía, depurar las filas, inculcar más los aspectos relacionados con los derechos humanos es, por estos días, una tarea dificultosa. Y lo es por dos motivos muy claros: primero, porque la corporación policial es muy fuerte, muy pesada; segundo, porque los sueldos que se pagan en los altos mandos son desproporcionados con lo que se ve en otras áreas de la sociedad, como en la educación y la salud. Un jefe de policía cobra, en promedio, 15.000 dólares; un jefe departamental, o comisario, percibe alrededor de 8000, y un agente alcanza los 1400 dólares. Entonces, por un lado tenemos que no hay demasiada corrupción porque los sueldos son importantes; por el otro, una reforma policial implicaría, para ellos, cambios muy fuertes que terminarían con la corporación."
Probablemente, el contraste que más llama la atención en Uruguayana tiene que ver con esa extraña coexistencia que se da entre el desarrollo tecnológico y la práctica de antiquísimos ritos religiosos. Mundos opuestos apretujados sobre una baldosa y ni mueca de fastidio. El de las santerías ha de ser, con seguridad, uno de los negocios de mayor rédito económico en la ciudad. Pero, del mismo modo, la venta de antenas satelitales y de teléfonos celulares no le va en zaga.
En Uruguayana se practican innumerables cultos que van desde el umbanda -enconado rival del evangelismo, al punto que no hay contacto alguno entre sus seguidores, ni siquiera un mínimo saludo- hasta el espiritismo. Sin embargo, y contra toda expectativa, no se ve en las calles una difusión desmedida de esas actividades. No hay grandes carteles frente a los templos, no retumban tambores ni se ven manifestaciones públicas, más allá de las que se realizan en dichos templos o en las casas particulares.
Ningún culto está prohibido en Uruguayana. Y en no pocos casos, se los aprovecha políticamente utilizando el púlpito como trampolín. La invocación a los Orixás, a San Jorge o a los Pretos Velhos puede arrimar más votos que prometer un plan económico salvador. Aunque con no demasiada suerte esta vez, el pai Ailton da Oxum se presentó en las últimas elecciones estaduales como candidato a diputado por el Partido de los Trabajadores. Da Oxum fundó el culto umbanda en Uruguayana, en 1960.
Esta secta religiosa adquirió una inusitada fuerza en Brasil en la década del cuarenta. Derivada del macumba, se distingue por un marcado sincretismo en el que se unen elementos provenientes de los cultos negroafricanos con el espiritismo y el catolicismo.
No pocos lugares característicos de Uruguayana llevan nombres relacionados con el culto umbanda. El bar San Jorge, precisamente, es uno de ellos.
Retirado del centro de la ciudad, sobre la ruta que conduce a Porto Alegre -unida a la 14, es la médula y línea de flotación del Mercosur-, el bodegón es un tugurio de luces agonizantes donde los rostros cincelados por el alcohol de algunos parroquianos se recortan en una niebla de humo de cigarrillos y vapor de la vieja Express.
Apoyado sobre un afiche que regala una sonrisa fresca y millonaria de Ronaldo, Mario Bastos, un veterano peón rural con barba de días y tristeza de años en su mirada, no le saca los ojos de encima a Rene Pereyra, un picapedrero que, aplastado de cerveza, no para de canturrear "yo quiero que ella me quiera, que me quiera, que me quiera..."
Habitué de escondrijos como éstos, viejo rastreador de la noche marginal y sus secretos, un argentino de 44 años -al que llamaremos mentirosa pero necesariamente Pedro-, uno de los últimos sobrevivientes de la plata dulce, entra en confianza y cuenta: "¿Sabés cómo es la historia acá? Acá tenés que aprenderte los códigos: si no molestás, nadie te molesta; si no preguntás, nadie te pregunta; si te achicás, se te agrandan; y si te agrandás, te matan. Tenés que estar a la par. Yo soy bagayero, un trucho, un ilegal. Y mi mundo es el truchaje, como todos éstos", y marca con los brazos abiertos las tres o cuatro calles comerciales que todavía conservan reminiscencias del déme dos.
"Yo vendo compactos y cassettes truchos. Le entrego el original a un tipo de acá, que no sé quién es ni me importa saberlo, lo manda al Paraguay y me trae las copias. Quién hace las copias, dónde las hace y cómo las hace, tampoco me importa. Lo único que me importa es que el tipo me cobra un mango con treinta y yo los vendo a dos con cincuenta. ¿Si vendo bien? Y, mirá, ahora está un poco parado el asunto, pero tuve meses buenos, de cinco o seis lucas..."
Pedro estudió periodismo en el Círculo de la Prensa, en Buenos Aires, hasta que un buen día creyó que la plata pasaba por otro lado. Viajó a Brasil con un bolso viejo y el dinero justo para sobrevivir un mes. Se instaló en Porto Alegre. La primera noche terminó borracho en un cabaret. Vivió seis meses en la casa de una prostituta, hasta que la mujer, hastiada de mantenerlo, lo echó a patadas.
Todavía no se explica cómo lo logró, pero los seis meses siguientes se ganó la vida trabajando como locutor en la radio ZYK 214, radio Cruz Alta, de Rio Grande do Sul, pasando tangos y boleros.
"Los argentinos nos pasamos la vida hablando -explica-, y así nos hacemos de amigos. Cuando entran en confianza, te los metés en el bolsillo. Eso sí: no tenés que traicionarlos, porque desaparecés del circuito."
Los mejores amigos de Pedro son los policías y los dueños de los prostíbulos. "Si estás bien con ellos, Uruguayana es toda tuya. ¿Ves aquel zaparrastroso que está sentado allá? Ese es un bagayero de Marduke, un barrio muy pesado de acá. Así como lo ves, ese tipo está manejando hoy día cien mil dólares en mercadería trucha. Es un capo, maneja todo. Pero así como te abre las puertas, es capaz de mandarte al pozo con sólo levantar un dedo."
Sorprende Uruguayana por sus códigos, sus secretos y sus contrastes. Por lo que fue y lo que es. Porque, aunque no lo parezca, es el lugar donde se le toma el pulso al Mercosur, entre registros macroeconómicos y cultos que se adecuan al ritmo de los tiempos: Adáo da Rosa, de 16 años, hijo de Ulises y de la mai María de Ogum, será pai en pocos años. Y para eso se prepara. Su pieza está tapizada de orixás, pretos velhos, caboclos, exús, santos y ángeles, remotas figuras umbandistas que el heredero dibuja con destreza en su Pentium II.
Vivir en Uruguayana
(Precios equivalentes a pesos)
Cigarrillos: 1,50
Camisetas de fútbol: de 20 a 60
Comida en restaurante: de 10 a 35
Zapatillas Adidas: de 40 a 85
Botines de fútbol Nike: 42
Pelota de fútbol Penalty: 40
Microondas: 220
Televisor de 29 pulgadas: 900
Televisor de 34 pulgadas: 1540
Centro musical Sony: 450
Antena parabólica Sky Net: 380
Cerveza: 1,80
Jugo de naranja: 0,80
Taxi: 2,05 la bajada de bandera; 10 centavos cada cien metros.
Lavado de auto: 7
Remeras Hering: 2,70
CD: 15
Hotel: de 55 a 110 la habitación single.
Alquileres: 3 ambientes, de 350 a 450; 1 ambiente, de 200 a 250
Compra de viviendas: casas, de 16.000 a 85.000; departamentos con dos dormitorios, 57.000
Nafta: 0,88 el litro
Gasoil: 0,42 el litro
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