
Veneno: el delicado arte de matar
Durante la agonía del líder palestino Yasser Arafat, algunos especularon con su envenenamiento. Desde los tiempos más remotos, las sustancias ponzoñosas han acabado con la vida de célebres personajes. Aquí, algunos de los casos más sonados
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Cada vez cuesta menos deshacerse de alguien. Basta encender la televisión para actualizar la lista de bajas en la guerra callejera que se libra en la Argentina o para ver cómo misiles inteligentes o no tanto despedazan a distancia a infelices civiles iraquíes.
En el pasado de la humanidad, aunque estas bárbaras formas del crimen prosperaron sin límite, se conocieron otras más sutiles, pero igualmente letales, que fueron elevadas por quienes las practicaban casi a la altura de un arte. Se trata, claro, del veneno, y por supuesto, de los envenenadores, que a lo largo de los siglos tuvieron una impronta decisiva en el curso de los acontecimientos mundiales.
Desde el Antiguo Testamento hasta la marquesa de Brinvilliers en el siglo XVII, la utilización de venenos para librarse de determinadas personas tuvo tres vertientes. En primer lugar, la resolución de complicadas intrigas dinásticas y las luchas de poder dentro de una familia reinante. Luego, la simple codicia, sobre todo para eliminar a quien se interponía en el camino de una tentadora herencia. El tercer motivo era crucial en tiempos en que se desconocía el divorcio, y en que los matrimonios se arreglaban por interés y sin preocupación alguna por los sentimientos de los cónyuges. Una oportuna dosis letal podía hacer que una joven esposa apurara la partida de este mundo de un aburrido y anciano marido, para caer en brazos de un amante tan joven e impaciente como ella.
La lista de famosas víctimas de envenenamiento parece infinita. La muerte de Alejandro Magno, ocurrida en 323 a.C., fue atribuida por algunos al paludismo, aunque también se extendió la idea de que había sido envenenado por el general Antípater, gobernador de Macedonia, en un complot en el que hasta se adjudicaba participación al filósofo Aristóteles.
Beber la cicuta
Otro filósofo, Sócrates, se convirtió en uno de los envenenados más famosos de la historia al haber sido obligado a beber la cicuta en 399 a.C., acusado de corromper a la juventud, desconocer a los dioses del Estado ateniense e inducir al culto de nuevas deidades.
Durante el Imperio Romano, el veneno reinó casi rutinariamente como mecanismo sucesorio del poder, y entre sus víctimas célebres se contaron los emperadores Claudio, Domiciano, Caracalla y Heliogábalo. Entre los envenenadores, se recuerda por su mortífera eficacia a Locusta, una esclava habilísima en las artes del preparado de brebajes letales que, entre otros crímenes famosos, fue responsable de la muerte –mediante setas emponzoñadas– del emperador Claudio (54 d.C.), enviado a mejor mundo por sugerencia de Nerón. Para colmo, en la muerte de Claudio habría participado su propio praegustator (así se llamaba a quienes probaban la comida antes que los poderosos, siempre con temor de resultar envenenados), el eunuco Halot.
Durante el Renacimiento, tiempo de lujo, belleza, intrigas y muertes demasiado súbitas, reinaron imbatibles los más variados venenos, como los que utilizaban los Borgia.
La historia se ensañó con Lucrecia –la bella hija del pontífice Alejandro VI–, alguno de cuyos maridos, a decir verdad, murió asesinado. Sin embargo, fueron su padre y su hermano, el brillante y despiadado César Borgia, los que dominaron el arte de eliminar a sus rivales con mortíferas pociones. Una familia, en suma, en la que abundaban la procacidad, la perfidia y el incesto (se decía, por ejemplo, que Lucrecia había tenido relaciones sexuales tanto con su padre, el pontífice, como con su hermano).
La segunda mitad del siglo XVII –la era del rey Luis XIV de Francia, el Rey Sol– fue otro período en el que los envenenamientos estuvieron a la orden del día. La sucesión de bienes y títulos nobiliarios, los testamentos y herencias, todo se aceleraba con el empleo de la ponzoña. Las precauciones se extremaban para descubrir el veneno entre las humosas viandas. En esta época voluptuosa y sensual, las marquesas y condesas eran demasiado apasionadas e impacientes como para esperar la muerte de sus riquísimos y ancianos maridos de brazos (o piernas) cruzados. Fue ésta la era de Marie Madeleine d’Aubray, marquesa de Brinvilliers-Lamotte (1630-1676). Iniciada sexualmente por sus hermanos (o tal vez por su propio padre), ya crecidita y junto a su amante, Gaudin de Sainte-Croix, y a un experto en venenos llamado Egidi, se dedicó a reducir la población francesa casi proporcionalmente a las interminables guerras del Rey Sol, empezando por el asesinato de su padre y sus hermanos. La Brinvilliers no perdió su serenidad y descaro ni frente a su verdugo, al que se permitió dar todavía algunos consejos antes de que éste terminara de una vez con su existencia.
Napoleón y el arsénico
Tras la muerte, en 1821, de Napoleón en la isla prisión de Santa Elena, custodiado con rigor de cancerberos por sus vigilantes británicos, la idea de que habría sido envenenado fue cobrando fuerza. La causa oficial de su muerte fue establecida como cáncer de estómago. Una vez que su cuerpo fue trasladado a Francia, en 1840, se estudió el cadáver y se halló en sus cabellos contenido de arsénico superior al normal (tengamos en cuenta que el arsénico Û estaba presente en dosis no letales en remedios que atacaban males tan dispares como la sífilis y el paludismo) y el estado de conservación de sus restos era llamativo (otra de las posibles características de la utilización de este tóxico).
El cianuro mató a uno de los principales jerarcas nazis, el mariscal Hermann Goering (1893-1946), procesado en Nuremberg por crímenes de guerra y condenado a morir en la horca. Un día antes de cumplirse la sentencia, sin embargo, el 15 de octubre de 1946, el obeso jerarca fue hallado muerto en su celda: había roto con sus dientes una ampolla de cianuro. Siguió así los pasos de Heinrich Himmler, líder de las SS, que había tomado una ampolla de cianuro apenas apresado por los británicos.
Un caso sorprendente de envenenador fue el de Marcel Petiot, médico francés que asesinó durante la Segunda Guerra Mundial a 63 personas (la cifra fue reconocida por él) que buscaban escapar de Francia en el sombrío período de la Ocupación, entre 1940 y 1944, y se presentaban (siguiendo sus indicaciones previas) con joyas y dinero en su elegante mansión parisina. Si bien no se sabe con exactitud el método con el que ultimó a sus víctimas, puede haber sido éste una inyección letal (que presentaba como vacuna imprescindible para poder viajar) o un gas tóxico que introducía en una habitación desprovista de ventanas, donde hacía esperar a sus esperanzados y condenados visitantes. El 25 de mayo de 1946, el asesino tuvo su propia cita con la guillotina en el patio de la Santé de París.
Un enigma
Uno de los más enigmáticos casos de la criminología reciente, vinculado a las más sofisticadas formas de envenenamiento, fue el de Martha Sunny von Bülow, heredera de una fortuna de 75 millones de dólares, que en 1979 entró en coma supuestamente por una sobredosis de insulina. Su marido, el refinado, pedante y esnob Claus von Bülow, fue culpado de haber inducido su estado. Se lo procesó y luego fue liberado tras un polémico trámite judicial, una historia tan intrigante y misteriosa que terminaría redituando muchísimos dólares a Hollywood.
En el siglo XX, las formas de matar se multiplicaron, y se perdió además la paciencia que implicaba el uso de los diversos venenos. Los magnicidas, por ejemplo, se inclinaron por los explosivos o los rifles de mira telescópica y alta precisión, y a una buena cobertura posterior al atentado. En un siglo expeditivo y prosaico, la utilización de venenos se vio arrinconada, también, por los avances en las investigaciones técnicas forenses, aunque espesos rumores y dudas rodearon la súbita muerte del pontífice Juan Pablo I, en 1978.
En rigor, el envenenamiento, que ha ejercido siempre una fascinación enfermiza entre los adictos a las noticias policiales, representa sólo el 5 por ciento de los asesinatos que se cometen al año, según señala el especialista británico Oliver Cyriax. El mismo autor desmiente otro lugar común: la creencia de que la mayoría de los envenenadores son mujeres. En su opinión, los más prolijos y exitosos en este cruel cometido han sido hombres, principalmente médicos. Estos últimos, por supuesto, han tenido acceso tanto a las sustancias ilegales y tóxicas como a los medios de registro oficial de los decesos. Muchos envenenadores, además, fueron verdaderos voyeuristas del crimen: no podían resistirse a la tentación de estar presentes cuando su veneno actuaba en el organismo de la víctima.
Datos que certifican un hecho evidente: ingresados en el siglo XXI, caracterizado por el acelerado ritmo de los acontecimientos, aun los asesinos más calculadores y despiadados han perdido la paciencia y la maestría para ponerse a esperar a que sus víctimas se despidan del mundo paladeando el inconfundible y postrer sabor de las almendras amargas.
Por Ernesto Castrillón
Fotos: Corbis y archivo
Para saber más
www.corp.com.mx/milenio/los_borgia.htm
www.historyswomen.com/Locusta.html
De proceres y masitas envenenadas
En la historia argentina, la sospecha de envenenamiento ha rondado algunas muertes célebres. En primer lugar, la de Mariano Moreno, enviado en forma urgente por la Junta de gobierno a Londres, hacia donde se embarcó el 22 de enero de 1811. Tal vez una premonición le hizo decir entonces a su hermano: "No sé qué cosa funesta se me anuncia en mi viaje". La frase sería profética, porque pronto la salud del viajero se deterioró, y el 4 de marzo de 1811 Mariano Moreno falleció en alta mar. Desde entonces se especula con su envenenamiento. Los partidarios de la teoría conspirativa señalan que antes de que el secretario de la Primera Junta partiera rumbo a Gran Bretaña, su esposa, María Guadalupe Cuenca, habría recibido un envoltorio de procedencia anónima que contenía un velo negro, un abanico de luto y una nota que le aseguraba que pronto tendría que usar estos implementos.
El caso de envenenamiento que más recientemente atrapó la curiosidad de los argentinos ocurrió en 1979, cuando se comprobó que la muerte de Carmen Zulema del Giorgio de Venturini se había debido a la ingestión de una dosis de cianuro alcalino. Las sospechas policiales se centraron en su prima, María de las Mercedes Bolla Aponte de Murano. Para colmo, otras dos amigas de Yiya Murano también habían muerto aparentemente por ingestión de cianuro. Yiya, a la que se acusó de envenenar las masitas que habían consumido las víctimas en animadas reuniones femeninas, fue condenada a cadena perpetua, pero su pena fue conmutada en 1993 y recuperó entonces su libertad.






