
Vermeer El pintor que capturó el alma del silencio
Olvidado casi por completo durante 200 años, este artista holandés del siglo XVII se convirtió a partir de 1995, en uno de los más populares referentes del mundo de la plástica
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A veces, un viejo maestro puede ser la nueva sensación del mundo del arte. Para comprobarlo basta pensar en Johannes Vermeer, pintor del siglo XVII, cuyos retratos de plácidas amas de casa se han puesto de moda últimamente. En 1995, en uno de los más demorados tributos de toda la historia del arte, Vermeer tuvo su primera retrospectiva en un museo, tanto en Washington como en La Haya. Tras esa primera exhibición, los actos de homenaje al pintor proliferaron, con tres novelas y una ópera representada en el Lincoln Center el verano último, en la que, originariamente, la esposa del artista entonaba arias sobre el arte, el amor y los efectos tóxicos del barniz húmedo.
Y se inauguró en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York la exhibición Vermeer y la escuela de Delft. Tal vez a nadie se le ocurra que Delft fue, en el siglo XVII, la sede del arte más radical, pero tuvo a Vermeer, un pintor tan asombrosamente genial que el sólo hecho de haber sido vecino suyo basta para incluir a un artista junto con él en la exhibición, integrada por 15 pinturas de Vermeer -casi la mitad de su pequeñísima producción- y por otros 70 cuadros de 29 de sus grandiosos y no tan grandiosos contemporáneos.
¿Qué hay en los cuadros de Vermeer para que sean tan intensamente atractivos en este momento? Tal vez sea el ruido, o mejor dicho su ausencia. En una época en la que todos estamos inundados por el estrépito de la información, Vermeer ofrece un refugio: habitaciones colmadas de esa clase de intenso silencio que sólo existe en los museos, o, más bien, en los monasterios.
Casi todas las pinturas de Vermeer son escenas de la vida doméstica, y no resulta difícil considerarlo como un protofeminista. Sus mujeres aparecen en habitaciones recoletas donde pueden leer una carta, tocar el laúd o bordar encaje blanco. A diferencia de otros iconos artísticos anteriores -la Mona Lisa, por ejemplo, con su sonrisa coqueta y su mirada que nos sigue a todas partes-, las mujeres de Vermeer están absortas en sus propios pensamientos, son autosuficientes y completas en sí mismas. Es justo describirlas como las primeras mujeres modernas del arte, porque son las primeras que saborean el placer de la soledad.
Ese avance sólo podría haberse producido en la Holanda del siglo XVII, en una época segura, obsesionada por el comercio, en la que los artistas ya no estaban obligados a producir escenas de santos y mártires para las iglesias locales.
Pintaban, en cambio, escenas de género, escenas de la vida cotidiana, para una nueva clase media en ascenso. De repente, las señeras personalidades bíblicas pasaron de moda y empezó el auge de los regordetes parrandistas de las tabernas, aunque es obvio que Vermeer tenía claras inclinaciones espirituales. Sus pinturas llevan la interioridad emocional de la pintura religiosa a una época mercantilista, y anticipan el gusto moderno, que prefiere la introspección a la acción.
Pensemos por ejemplo en su obra Mujer joven con jarra de agua, un cuadro lleno de ensoñación pintado entre 1660 y 1670. Muestra una habitación donde aparece una mujer con vestido azul, que mira abstraídamente por una ventana. Aunque su mano sostiene una jarra de plata, su expresión revela una suspensión de sus tareas femeninas. Uno imagina que se está tomando un respiro en medio de las tareas, lejos de los niños que gritan y las pilas de ropa para lavar. El espacio que la rodea es una suerte de bruma luminosa, profunda, densa, envolvente, y parece una extensión de su vida interior.
El gusto generalizado por la obra de Vermeer es casi tan grande como el que genera Van Gogh, ese otro pintor holandés con aspiraciones espirituales. Para muchos de nosotros, los cuadros de Van Gogh fueron los primeros que nos enamoraron cuando empezamos a visitar museos. Su intenso tono confesional siempre ha atraído a los adolescentes, particularmente a los que están firmemente convencidos de ser los únicos individuos aislados y poéticos del curso de segundo año del colegio secundario. Los cuadros de Vermeer, sin embargo, son emblemas de adultez, cuando la locura ya no nos resulta deseable y ansiamos calma y tranquilidad. Nadie capturó el silencio de modo tan intenso como Vermeer, y tampoco nadie puede decir con seguridad qué es lo que ocurre en sus pinturas. Su Muchacha con un aro de perlas, un cuadro que está en La Haya, muestra a una joven con turbante azul que mira por encima de su hombro izquierdo, como si alguien acabara de llamarla por su nombre. Al girar el rostro, la luz arranca delicado brillo de uno de sus aros de perlas. Al igual que otras figuras femeninas de Vermeer, es imposible saber quién es ésta, dónde está y qué es lo que está ocurriendo. Sus pinturas son narraciones que carecen de argumento, y tal vez por eso los escritores no cejan en su intento de proporcionar los detalles faltantes.
Entre ellos se cuenta, por ejemplo, Tracy Chevalier, cuya novela Muchacha con un aro de perlas le inventa una identidad a la modelo del cuadro. Nos presenta a Griet, hija de un fabricante de tejas de Delft que trabaja como criada para la familia Vermeer. Naturalmente, se enamora perdidamente del pintor y hace la limpieza en medio de una nube de deseo. Sin embargo, la relación entre ambos nunca se consuma en la novela. El pintor es un genio taciturno y grave que sólo piensa en su arte, y todo tiene un tono de amordazado erotismo, con Griet apasionadamente dedicada a moler los pigmentos y a limpiar el taller del artista.
"No creo que Vermeer fuera alguien capaz de abusar de sus modelos -dice la novelista, una norteamericana que vive en Londres-. En su obra se manifiesta un gran respeto hacia las mujeres, y por eso no creo que haya sido lascivo."
Inevitablemente, esta época posfeminista necesita a un hombre tan digno como Vermeer para cumplir el rol de artista héroe. Si se lo compara con Picasso, arquetipo del artista moderno, que usó a sus amantes como modelos y musas antes de descartarlas una a una, Vermeer ofrece una sensación de integridad. Su popularidad posiblemente sea reflejo del anhelo de un nuevo tipo de artista: el caballero pintor, que no le pone a nadie las manos encima, o que, más bien, las ocupa en pintar.
En su propia época, Vermeer no fue tan amado como lo es hoy. La historia de su vida, en la que parecen no abundar los episodios conocidos, cuenta la existencia de un hombre de familia con poca suerte. Nacido en 1633, Vermeer nunca salió de su Delft natal, una ciudad industriosa, famosa por sus cervecerías, sus fábricas de municiones y su porcelana blanca y azul. El y su esposa, Catharina Bolnes, tuvieron una familia típicamente holandesa, numerosa, con diez hijos en total, para cuya manutención el pintor se vio obligado a comerciar en arte con el fin de suplementar sus ingresos. A diferencia de su contemporáneo Rembrandt, un astro del arte conocido en todos los Países Bajos y que tenía muchos asistentes para cumplir con los encargos de retratos que le hacía la elite holandesa, Vermeer nunca fue conocido fuera de Delft.
Murió a los 43 años, con muchas deudas, y su nombre fue rápidamente olvidado. Estuvo en la oscuridad durante casi 200 años, en parte debido a su diminuta producción, apenas unas pocas docenas de cuadros.
En la época anterior a los museos, a la fotografía y a la reproducción de imágenes, los artistas que querían hacer conocer su obra debían crearla en grandes cantidades y conseguir que sus cuadros fueran colgados en las paredes adecuadas. Conseguían renombre a medida que sus cuadros aparecían y reaparecían en las colecciones privadas y en los remates.
Finalmente, Vermeer fue redescubierto en 1860, aunque no por razones puramente estéticas. Theodore Thore, un crítico de arte francés y político radical, lo hizo internacionalmente famoso como pintor de izquierda, cuya obra ignoraba a los aristócratas y prefería ennoblecer la vida cotidiana de las personas corrientes.
La gente advirtió por fin la perfección estética de los cuadros de Vermeer en 1913, cuando se publicó En busca del tiempo perdido¸ de Marcel Proust, gracias al elogio que hace de él Swann, el dandy cultivado que es uno de los personajes más inolvidables del gran escritor francés.
Vermeer ha significado cosas diferentes para las distintas generaciones. Los intelectuales del siglo XIX lo consideraban un defensor de los ideales democráticos, y los del siglo XX lo veían como el padre de la pintura abstracta. Estos últimos alababan sus cuadros por su diseño geométrico, considerándolo antecesor de Mondrian, pero no hablaban de su temática.
Sin embargo, un enfoque tan clásico y formalista, que ignora la temática, resulta ahora arrogante e incompleto. Vermeer no sería tan atractivo si hubiera pintado, en vez de mujeres, cuencos con frutas o jarrones con flores como tantos otros artistas holandeses de su época.
Su obra es tremendamente atractiva para los ojos menos entrenados. A pesar de su técnica soberbia, inspira una respuesta esencialmente visceral: sus radiantes amas de casa nos conmueven porque son madonnas secularizadas, una especie de Virgen María con collar de perlas, sentadas en una sala con piso blanco y negro.Vermeer ha sido descripto, tradicionalmente, como el artista que llevó el realismo a su punto más alto. Como se sabe, estaba interesado en la óptica y experimentó con la cámara oscura, un aparato que, según muchos, explica tanto los contornos difusos cuanto la definición casi fotográfica de sus imágenes.
Aun así, tenía una imaginación idealizante, puesto que la vida real nunca tuvo el aspecto de una de sus escenas domésticas. Las mujeres verdaderas no son tan serenas como las que él pintó, ni las habitaciones tan tranquilas ni tan impecables. En realidad, Vermeer es el pintor que honró la soberanía de las mujeres al darles un espacio propio -es decir, un espacio pictórico-. Sus pinturas son bellas porque nos ofrecen la vida a través de sus ojos, unos ojos que sentían infinito placer al ver una habitación en la que una mujer miraba silenciosamente a través de una ventana.
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