
Viola Di Grado: la siciliana que llegó de marte
Es la última revelación literaria en Italia y España. Tiene 23 años, aprecia los cementerios pero no simpatiza con la saga Crepúsculo. "No les prestamos atención a las palabras", advierte y asegura que el hospital es el mejor lugar para escribir
1 minuto de lectura'

ROMA.- Vía Castelfidardo 60. La puerta de doble hoja de madera nos mira subida a dos escalones y los timbres con apellidos –no indican departamentos, ningún A, B o C– suponen un inconveniente para el encuentro. La llamada telefónica en inglés, italiano y español termina con una imagen: alguien tira de la puerta. Asoma una falda negra salpicada por lunares blancos con orden militar y unas medias de bandera de Fórmula Uno –un tanto lisérgicas– que descansan sobre zapatos negros, que desde lejos pueden decir charol. Pero no.
Hacia el cielo, la falda es vestido, al vestido lo abrigan unos cabellos rubios larguísimos, con aires vírgenes y a salvo de la moda de los colores que la genética no les dio. Los labios pintados de negro saludan en inglés con acento italiano, regalan una pequeña sonrisa y vuelven a sellarse. Viola Di Grado habló antes de hablar.
Con 23 años, la siciliana autora de Setenta acrílico treinta lana es sensación en las librerías italianas y también españolas. Camelia, la protagonista, está en caída libre; su madre está en la misma espiral; su padre, muerto, y ella es incapaz de conectarse con el mundo. Pero Setenta... no es sobre personajes. La cosa es mucho más ambiciosa y compleja. "Para hablar sobre el mundo uno tiene que olvidar el lenguaje, y ésa era mi misión como escritora, utilizar el lenguaje sin caer en las trampas de los convencionalismos", dice la autora.
–¿Lo lograste?
–No quiero sonar pretenciosa, pero creo que sí. No porque lo crea, sino porque es lo que la gente y los críticos dicen. Insisten en esto. Uno dijo que leer estas páginas fue como encontrarse con las palabras que conoce, que le son familiares, pero al mismo tiempo necesitaban traducción. Porque no suenan familiares. Las palabras adquieren otro significado. Hubo otra persona a la que no le gustó el libro y en un blog dijo que las palabras no estaban protegidas por la retórica.
–Y te gustó.
–Claro, era el objetivo
–¿Podés ubicar con exactitud el momento en que te sentaste a escribirla?
–No estoy segura, tengo una relación complicada con el tiempo [sonríe]. Probablemente estaba en alguna fiesta...
–¿En una fiesta?
[Su risa es bellísima, en cascada, el sonido sube ordenado y muere abruptamente cuando se besan las líneas rojas que ella viste de negro.] –Sí, tengo esta cosa de que me gusta escribir cuando estoy en situaciones en las que no debería escribir. Como una fiesta o durante clases en la universidad. No puedo sentarme a un escritorio a hacerlo.
–Pero en una fiesta te abstraés, te vas de ahí con tu cabeza.
–Precisamente. Eso es lo que usualmente dicen de mí: ¡Viola!, ¿dónde estás?
–¿Cómo decide un escritor que lo que está creando será novela?
–Hace un mes me pidieron que escribiera historias cortas, pero mientras lo hacía me di cuenta de que iban a ser novelas porque sentís que eso estaba lleno de cosas..., tenés esa sensación.
–Con Setenta... ¿pasó eso?
–Sí, tenía muchas ideas. Hay mucho ahí; podrían ser 10 novelas.
–¿Hay muchas historias?
–No historias; cosas, ideas, sí.
No se puede hablar de historias, Viola tiene razón. Sería desdeñar la obra. Setenta... es un socavón de imágenes, las palabras no son palabras; la fascinación de la autora por el mundo oriental –estudió los idiomas chino y japonés y filosofía de ambos; le atrae mucho el cine y la literatura japonesa moderna– está allí. Camelia aprende chino con Wen y los ideogramas son todo.
–¿Dijiste que no hay significado en las palabras?
–No, dije que en chino, como no hay alfabeto, los signos son palabras. Entonces no hay nada que no tenga significado: es lo que me fascina. Cada signo es como una pintura, es un concepto. Es más íntimo.
Dije la mirada Estás hermosa,
¿pero dónde vas? /Dije la mirada Vuelve a tu cama, vamos mamá,
que el suelo está frío
(Setenta acrílico treinta lana. Extracto)
–Calificaste tu novela como surrealismo hiperrealista.
–No fue, honestamente, algo que yo haya pensado mucho. Usualmente durante las entrevistas..., no creo mucho en las entrevistas [larga una carcajada]. Es que me harás una pregunta y yo contesto por un montón de razones...
–¿Pensás que si nos reunimos dentro de 15 días y te hago la misma pregunta me vas a responder algo totalmente diferente?
–Exacto. Es lo que digo, y lo que usualmente hago [se festeja, auténtica, la incongruencia temporal]. Por muchas razones, principalmente porque hay periodistas que no entienden lo que digo y lo cambian.
–¿Hacés chistes durante las entrevistas y luego ves que se imprimen como verdades?
–Me pasa.
–¿Este fue uno?
Asoman los dientes, dice que no y ejemplifica: "Me preguntaron sobre qué sería mi nueva novela y como no quería decir nada porque temía que lo cambiaran, declaré: Mi novela vuela y come carne humana. Obvio que era un chiste, pero no lo entendieron. Y luego otro periodista me dijo: Leí que en tu próxima novela hay un personaje que come carne humana. Con respecto a lo de hiperrealismo surrealismo no es enteramente un chiste. Bah, no es un chiste; es una posibilidad. Lo que quise decir es que cuando estaba escribiéndola quería que tuviera una lógica válida dentro de la novela. Hay elementos que tienen sentido allí dentro pero afuera no. Pero al mismo tiempo no estoy interesada en inventar alguna lógica que no sea cercana a la gente".
–¿Un ejemplo de surrealismo en la novela?
–Cómo se trata el invierno. A lo largo de toda la novela digo que nunca termina. Al comienzo digo que en Leeds nadie es tan viejo como para saber cuándo empezó el invierno. Empezó hace mucho, mucho, mucho y nunca termina. Hay una razón por la que el invierno no termina, y es bien real. Hay un trauma, la muerte del padre de la protagonista, esto causa realidad, esta pesadilla de Camelia. No es imaginación y cosas volando.
Di Grado no es Nothomb
–En el afán de titular, la crítica te llama la futura Amelie Nothomb. ¿La leíste, te gusta?
–Me gusta, pero odio las comparaciones. Somos muy diferentes. Esto empezó con quien escribió el texto de la contratapa. Algo como "oscura, Nothomb...". Es por razones de marketing, no porque realmente lo crean. Pero afortunadamente cuando salió el libro en Italia lo leyeron y se dieron cuenta. Yo soy yo. La creatividad tiene que ser acerca de inventar algo nuevo.
–"Oscura y poética." ¿Qué significa para vos la oscuridad cuando se habla de tu literatura?
–En mi caso, la atmósfera del libro es muy especial y es importante para mí. Las palabras tienen que apuñalar, doler.
–¿Las palabras?
–Sí. Porque no creo en los libros que se leen antes de ir a dormir. La literatura tiene que ser algo que te lastime y destruya.
–No que te llegue, que te destruya...
–Sí, porque destruye lo que pensabas de las cosas, te hace pensar lo que no pensabas.
No se siente italiana, en ningún sentido. Para nuestros ojos lo es, mientras juega elegantemente en ese mundo de las miniaturas. La ceremonia de la pequeñez, la de revolver un ristretto. Tan italiano. Hija de la escritora Elvira Seminara y de un profesor de literatura, Viola vive fuera de casa desde los 18. Pasó por Londres, Leeds (allí transcurre la novela) y Turín.
–"Yo no soy italiana, soy de Marte." ¿En qué contexto fue?
–¡Ja! Es que nunca me sentí que pertenecía a un lugar. No me siento italiana o siciliana, en ningún sentido.
–Dijiste que no creés en que las palabras faciliten la comunicación. ¿Por qué escribir, entonces?
–Lucho contra eso cuando escribo, por eso trato de usar palabras con diferentes significados. Porque si realmente te sacás las convenciones y usás las palabras vírgenes, entonces podemos crear algo.
–¿Setenta... es una creación que muestra el fracaso de la comunicación?
–Sí, en el sentido de que ella (Camelia) vuelve a la vida a través de los caracteres chinos y con ellos puede darle significado a todo aquello que perdió. Pero no está volviendo a la vida, sino recreándola a su manera. Entonces no se está comunicando, está creando algo de lo que se agarra. Se enamora del profesor, piensa que hay algo, y no es así. La comunicación falla, es rechazada y Camelia usa el lenguaje en su propia contra.
–¿La fuerza de los ideogramas en la novela hablan de eso?
–Sí.
–¿Querer darles significado a las palabras es un juego idiota?
–No hay un solo significado para una palabra. Lewis Carrol dijo que las palabras siempre significan mucho más que eso para lo que las usamos. Cuando hablamos estamos hablando de mucho más de lo que estamos intentando hablar. Creo que las personas no les dan demasiada atención a las palabras. La novela es el opuesto. Las situaciones en ella son consecuencia de las palabras.
–¿No sos gótica?
–No.
–Lo dicen los demás, entonces.
[Sonríe con vestigios de hastío.] –Los españoles crearon eso sobre mí. No me gusta la palabra gótica. Si cuando la decimos pensamos en Edgar Allan Poe, entonces ok, sí, soy gótica. En una forma clásica, originaria. Pero odio lo que está asociado a gótico en el mundo actual. Me gustan los cementerios, sí...
–¿Qué tal la saga Crepúsculo?
Mira por la ventana y vuelve a la charla con sonrisa y un: "Es terrible, ridículo a lo que le llaman gótico ahora. Llámenme por mi nombre".
Dice que sí, que su debut literario tiene mucho de angustia existencialista, pero que eso no significa que sea lectura para adolescentes. "Es difícil de leer", asegura. Y responde a una pregunta que nunca existió: "El mejor lugar para escribir, no sé por qué, es el hospital". Ríe y espera la reacción.
–¿Sí?
–Lo hice, en Londres. Lo hice mucho.
–¿Esto es como aquello de que sos de Marte?
–No, no, es verdad.
–¿Qué creés que te atrae?
–Me parece que es el hecho de que es un lugar muy ambiguo. Parte de nuestro mundo pero está cerca de la muerte. Gente saludable y gente enferma. Creo que quizá sea eso, estar más cerca de las cosas.
–¿Hay belleza en tu novela?
–Muchos la encuentran; creo que lo más importante es el lenguaje.
–Un best seller es "gusto masivo", ¿qué hacemos?
Los labios, una vez más, se divorcian y los ojos acompañan la sonrisa.
–Es como la moda (que no me gusta). [Hace una pausa.] No consideraría mi novela un best seller. En Italia hay escritores ridículos que venden muchísimo. Pero me halaga que a muchos les guste. Porque sí, comuniqué algo.
–Sin embargo, no le ves sentido a comunicarte con la gente. ¿Qué es lo que está pasando en este instante entre vos y yo?
–Sí, quiero decir..., hay comunicación. Claro que es una declaración muy extrema. Claro que nos comunicamos todo el tiempo. Pero no creo que nos entendamos.
–¿Creés que no nos entendemos?
–Un poco.
Viola se despide y se lleva su inglés italiano –que suena fuerte y contrasta con sus gestos suaves– al departamento que comparte con cinco amigos. Allí la espera la música de Björk y PJ Harvey y dos novelas que crecen al ritmo de hospitales. O fiestas.
QUIEN ES
- Nació en Catania (Sicilia), lugar que no le gusta nada.
- Es licenciada en lenguas orientales.
- Setenta acrílico treinta lana es su primera novela (editada en la Argentina por Emecé).
- Visitará Buenos Aires para la Feria del Libro.






