
En esta ciudad atravesada por el Rin, los vestigios de su esplendor la conectan con su historia.
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Producción de Julieta Mortati
<b>El río Rin</b>
Si no te avisan que fue la capital del país entre 1949 y 1990, jamás te darías cuenta. Es un pueblo chico, muy alemán, que se va a dormir temprano. Tiene un centro laberíntico, una iglesia no demasiado imponente y una universidad en lo que supo ser un castillo. En Bonn todo es pulcro, silencioso, calmo, soft. La ciudad está a orillas del río Rin, que nace en Suiza y llega hasta Holanda. Un río gordo, mítico, caudaloso, que fue frontera para los viejos romanos y por donde transitan constantemente barcos de todo tipo. A ambos lados, la costanera se extiende por kilómetros y se puede recorrer a pie o en bicicleta.
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<b>Barrio Bad Godesberg</b>
Fue Konrad Adenauer, canciller entre 1949 y 1963, quien decidió que Bonn y no Frankfurt fuera la capital de la recién nacida República Federal de Alemania. Como Marx y Beethoven, el padre de la democracia cristiana alemana tenía un pasado que lo unía a esta ciudad. Pero tras la caída del muro, se decidió que Berlín volviera a ser la capital de la Alemania reunificada, y con esa decisión comenzó una nueva etapa. En 1999 se realizó el traslado del gobierno, con casi todos los ministerios. Y a ese proceso lo acompañó la burocracia extranjera, que también fue abandonando la ciudad. Los 6.000 diplomáticos que vivían en Bonn en sus años mozos fueron dejando la ciudad. Así, hoy, varios de aquellos barrios que supieron ser la meca del glamour languidecen abandonados. Es el caso de Bad Godesberg, donde se pueden ver mansiones vacías y mástiles sin banderas en casonas fastuosas, pero ya sin brillo.
<b>Lumpen Bonn</b>
Si la belleza inmaculada te empalaga y sos de los que –a lo Tano Pasman– preguntan “¿qué es esto, se puede romper?”, la gira puede comenzar en el McDonalds de la calle Oxford, cerca del puente Kennedy, en pleno centro. En un arranque filantrópico, la empresa evaluó conveniente abrir el local a los mendigos y la mitad es siempre de ellos, especialmente por las noches. La otra posta de la marginalidad, a unos 900 metros, son los alrededores de la estación de trenes. El glamour va perdiendo paso, los restaurantes ya solo venden kebabs o comida al paso y se pueden conseguir algunas cosas no del todo legales. Ahí se siente otra Alemania, menos delicada, más punk, más trash.
Recomendado por Diego González
Llegué a Bonn en septiembre de 2016. Vine por una beca de tres meses para estudiar alemán y todo se desbordó. Para conocer, arranqué, en aquel momento, a colaborar en la Deutsche Welle. No tenía mayores ambiciones, pero las cosas se fueron dando y hoy soy un trabajador libre –aunque regular– del medio. Vine de paso y acá me quedé. Por ahora.





