
Vivir y dejar vivir
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Uno de los errores más groseros en los que solemos caer los seres humanos es la creencia de que lo que sirve para mí debe servir para los demás, y de que cuando hemos encontrado una manera adecuada y armoniosa de vivir tenemos el deber moral de romper la paciencia de nuestros semejantes con el discurso proselitista de nuestros logros y el consejo machacante de que el nuestro es el mejor camino para seguir.
Así, los psicoanalizados no paran de interpretar y calificar a los no psicoanalizados como "psicosomáticos", "paranoicos", "esquizofrénicos", "homosexuales reprimidos" o "psicopateadores", y los no analizados miran por encima del hombro a los "carne de diván" etiquetándolos de esnobs, inseguros, intelectualoides y autocomplacientes.
En este campo aterrizan a veces los superfamosos, como Tom Cruise, capaz de decir que la psicología es enemiga de la humanidad, responsable directa de suicidios y asesinatos, y práctica peligrosa. Un lunático capaz de discutirle la depresión posparto a Brooke Shields, que será lo que será pero pertenece al sexo femenino, único sexo que tiene facultad de pasar por un parto. Sin embargo, nuestro héroe de acción se cree con derecho de enrostrarle a la ex niña prodigio su irresponsabilidad e ignorancia al tomar antidepresivos después de parir. ¿Habrá sido por eso que Tom se morfó la placenta de su hija recién nacida? ¡Misión imposible entender a Cruise! Pero él pertenece al poderoso ejército de autoritarios que creen que lo que ellos no tienen no tiene por qué tenerlo nadie, y el que dice que lo tiene es un farsante o un imbécil.
Cada uno tiene derecho a buscar "el sentido de la vida", "la piedra filosofal" o "la alegría de vivir". Y si uno la encuentra, ¿por qué no comunicarla a los demás? Es loable querer que todos los que nos rodean sean felices. Pero de ahí a pontificar, escupir sentencias y amenazar con el Apocalipsis al que no nos haga caso, hay una enorme distancia; la misma que separa la cordura de la locura, la sensatez del disparate y el respeto de la intolerancia.
A lo largo de mis 66 años de vida he sido catequizado, acosado, taladrado y seducido por mil y una maneras correctas de vivir. Desde el terror al infierno por tocarme "las partes" cuando niño y las exigencias de "huir" de las tentaciones de la carne y de los siete pecados capitales con las que me prepararon para la primera comunión hasta las terapias alternativas, "vegetarianismos", "macrobiotismos", yoga, psicoanálisis, hedonismo, sexo, droga y rock and roll, pasando por la "integridad moral", la propiedad privada y el mercado libre de la derecha y el mundo más justo y equitativo de la izquierda. Como actor, fui tironeado por Stanislavsky, Grotowski, la intuición, la memoria emotiva o la rascada revisteril. Como creador humorístico tuve que enfrentarme con los upites fruncidos condenatorios de las "malas palabras", o con los que opinan que un creador jamás debe decir en forma clara lo que piensa acerca de la vida y su realidad, sino que tiene que usar sólo la sugerencia, la alusión y nunca –¡pero nunca!– el juicio de valor.
Todos esos razonamientos son respetabilísimos y "pueden" ser seguidos a rajatabla, o no ser usados si el creador no se encuentra cómodo ni "veraz" con ellos. Es irritante tener que hacer las cosas de acuerdo a cánones que no nos expresen. En otras palabras: quien quiera explicar que explique, quien quiera dar mensajes que los dé, quien odie el mensaje y prefiere lo abierto a la interpretación que lo deje abierto y que se relaje, goce y deje gozar a los que prefieren otra cosa. El blanco y el negro no existieron netos y únicos, ni siquiera en la época de oro del cine en blanco y negro. La infinita gama de grises lo hicieron más rico y expresivo. Miles de humanos vivieron felices y comieron perdices sin haber puesto su humanidad en ningún diván y otros tuvieron existencias atormentadas que un buen análisis hubiera mejorado. ¡Viva el yoga y la macrobiótica! Y viva también el que no los sigue y vive feliz. Existe mucha gente que no va al cine y es dichosa, aunque a mí me parezca imposible. La vida tiene ciclos –¡gracias a Dios!– y lo que es bueno en un momento dejará de serlo en otro. Sólo hay que estar abierto, tolerante, relajado y seguro, sin exagerar. Y perdón por el mensaje… debo de haber sido cartero en otra vida.
* El autor es actor y escritor





