
Vuelo de Alcón
Saltando de Shakespeare a Lorca y del drama a la televisión, Alfredo Alcón no pierde altura. Dirige a un grupo de actores noveles en Soles y lunas -en el flamante Teatro Universitario de Arte-; compone un extraño inquisidor en Por el nombre de Dios, la estrafalaria miniserie de Suar, y desde el viernes último hace de Tyron en Largo viaje de un día hacia la noche .
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Una manzana es tan intensa como el mar, una abeja sorprende tanto como un bosque, el junco y la golondrina son más eternos que la mejilla dura de la estatua. Levitando como siempre a diez centímetros del suelo -con barba rala, perfil de monje y mirada de niño-, Alfredo Alcón cita una y otra vez a Federico García Lorca, su gran inspirador. Y alimenta, contra toda indiferencia, "ese grano de locura sin el cual sería imprudente vivir".
En un escenario vacío, el actor vuelve a esas fuentes que no fallan. Con la generosidad y la excelencia propias de los auténticos maestros, dirige en estos días Soles y lunas -presentada en el Teatro Universitario por un grupo de actores recién egresados- y comparte con ellos una mutua admiración por el universo encantado del poeta.
"A estos textos hay que merecerlos", dice, y recuerda que ésa fue su intención cada vez que se acercó a ellos de la mano del director Lluis Pasqual. "Pero, aun mereciéndolos, no podemos pretender ponernos a su altura, ya que los poetas dicen con hondura, belleza y síntesis eso que nosotros balbuceamos durante toda la vida."
Ahora, sin embargo, el actor no tartamudea. En un ensayo de domingo le pide con firmeza a una actriz que no recargue las tintas. Que si la dolorida mujer de su monólogo anuncia, tras desgranar una larga letanía de penas, que va a sacarse los zapatos y descansar, bueno, que en ese simple acto hay un placer que debe ser subrayado con la voz y hasta con el cuerpo. "Yo no sé explicar a un personaje o a una persona -se excusa-. Si lo supiera seguramente sería crítico, escritor, psicólogo o quién sabe qué. Yo actúo y soy lo que me pasa en ese momento. Es como cuando uno viaja en tren y el paisaje va entrando por la ventanilla, poco a poco, hasta que nos envuelve por completo. Recuerdo incluso que una vez me preguntaron qué podría decir del hombre que se esconde detrás de todas las máscaras. ¿Y yo qué sé cómo soy? Sería como tomar a alguien y ponerle una etiqueta de una vez y para siempre. Yo soy lo que a alguien le sucede conmigo en un momento dado, lo que siento ahora, lo que los otros ven en mí; del resto se sabe poco y nada." Un ángel atraviesa la escena y el diálogo se suspende en su homenaje. Una actriz de sonrisa amplia, larga pollera negra y ojos encendidos canta con una voz que alcanza a llenar el teatro. "Por qué duermes solo, pastor/ en mi colcha de lana/ dormirías mejor." Alcón la escucha en silencio, como extasiado. "Hay en la poesía una respiración especial, eso que un día Berta Singerman me enseñó a detectar siguiendo el ritmo pautado por los signos de puntuación -explica sin ánimo docente-. Si uno intuye esa cadencia puede llegar incluso al estado en que el poeta escribió el poema, como quien hiciera un viaje desde el árbol hacia la mismísima semilla que lo engendró."
Se le pregunta por la conocida dificultad de armar un espectáculo teatral sobre la base de poemas o fragmentos, y él, admitiendo el riesgo, dice que sin embargo se puede. "Hace falta para eso construir con los pedazos una cierta historia y conseguir actores poéticos, si cabe la expresión. Yo siempre digo que existen actores buenos o malos, pero que lo difícil es encontrar un actor cuya mirada, cuya voz, cuyos sesenta u ochenta kilos tengan categoría poética. Es muy difícil toparse con alguien que casi no pese sobre el escenario, que pueda hacer circular todas las células de su cuerpo de una emoción a otra, pero con ligereza, con lirismo, y sin que eso sea apenas un ejercicio técnico. "
El placer de jugar
Alfredo Alcón habla de sí mismo y no lo sabe. O no le importa. "Cuando oigo hablar de mí en términos muy elogiosos tengo la impresión de que se están refiriendo a otro. Me parece que un día se van a dar cuenta de la verdad y me van a echar de una patada." Por el momento, en vez de patadas sólo recibe flores. Hay quienes lo consideran como el actor mayor de la Argentina, el arquetipo del artista realizado y otras calificaciones no menos vacías y exaltadas. Frente a ellas, el entrevistado levanta una pared. "El día que uno crea que encontró todo es porque dejó de buscar, o no tiene más coraje. Con la vida pasa lo mismo: cuando creés que ya sabés todo es porque perdiste la curiosidad por otros mundos, y por divertirte con ellos." Ahora interviene para pedirle a una actriz que demore su gesto, que lo haga un poco más lento y misterioso. No es la primera vez, dicho sea de paso, que el entrevistado abandona por un rato su perfil de actor para ponerse en la piel del director. También en ese terreno demostró su afinada sensibilidad, ya sea en la excepcional puesta de Final de partida, de Samuel Beckett, o al concebir junto a Leo Sbaraglia y Horacio Roca su versión de En la soledad de los campos de algodón , la fábula de Bernard-Marie Koltés.
"Yo ni siquiera pienso que estoy dirigiendo -dice Alcón tomando distancia una vez más de los clichés-. Para mí dirigir es buscar juntos y, a veces, encontrar. No me gusta teorizar sobre lo que hago, en todo caso apelo siempre a mi capacidad de jugar y a meterme en los personajes con una curiosidad casi infantil. El teatro es un lugar donde se ensayan todas las posibilidades del hombre, bajando desde los picos más altos de su alma hasta los más profundos abismos. Y actuar, por eso mismo, no es tan lindo y fácil como parece. Pero eso sí, cuando se consigue ese deslumbramiento único entre el público y los actores, al menos por una noche, la sensación es casi tan fuerte como la de enamorarse." En otras épocas se lo identificaba con un actor a la antigua, de esos que sobreactúan la letra con la mezcla de oficio y aparatosa densidad propios de la escuela española.
En todo caso, nada de eso resulta aplicable al Alcón de hoy. Con 69 años, que por momentos parecen 20, 10, nada, el actor se ríe con ternura del público aparentemente informado y culto que, sobre todo cuando se enfrenta a una obra seria , reprime la risa o la malicia por educación .
"Por delicadeza se pierden lo mejor de la vida -acota ahora citando a Rimbaud-. Además, los tipos se ponen solemnes porque en realidad no entienden a los clásicos, y ponen cara de c... por si acaso. El discurso de Beckett, sin ir más lejos, está lleno de ironía y doble sentido. Y Shakespeare no abandona el humor ni en los peores momentos de sus tragedias o sainetes trágicos como yo los llamo. En Macbeth , después de la matanza de los reyes, viene un monólogo cómico, pero cómico de cuarta, propio de un borracho en la taberna. "
Con cuerpo y alma
Alcón también se ríe de quienes todavía lo consideran un actor típicamente shakesperiano. "Hice apenas Hamlet , en el San Martín, en plena época de la dictadura (recuerdo que al llegar a esa parte en la que tenía que decir: "Este país es una cárcel", yo percibía que la frase trascendía la obra y nos involucraba a todos); y después hice Ricardo III , dirigido por Agustín Alezzo. Ese personaje nefasto y resentido que en su carrera hacia el poder va sembrando el camino de cadáveres.
"Hablar de la vigencia de esos textos en la Argentina actual es casi un lugar común -admite-. Pero yo creo que hoy vivimos una exacerbación de la injusticia y la impunidad. Me parece increíble que los estudiantes tengan que cortar las calles y luchar tanto por algo tan sagrado y elemental como la educación."
¿También el teatro o la tevé educan a la gente? "Deberían hacerlo -responde Alcón-. Pero está claro que no siempre juegan ese papel. Yo, en lo personal, no tengo nada en contra de la televisión. De hecho ya hice en ese medio obras como Calígula e Israfel , y trabajé con autores como Pirandello, Ibsen, Aroldi. Más recientemente participé de un programa ( Operación rescate , con Norma Aleandro), que a lo mejor no tuvo mucho rating , pero que a mí me divirtió igual. En mi carrera yo he tenido grandes éxitos que para mí han sido fracasos y viceversa." Se le pregunta si también se sintió cómodo haciendo Cohen vs. Rosi , la película de Daniel Barone, o si le gusta su lugar de inquisidor de cinco siglos en la miniserie televisiva Por el nombre de Dios . "No voy a decir que disfruto lo mismo que haciendo teatro -elude con elegancia-. Pero a mí me encanta hacer televisión y me gusta todavía más hacer cine: hasta lo haría gratis si fuera necesario. En teatro, en cambio, todo lo que paguen siempre es poco. En el teatro uno está dando la vida cada noche. Y si el ángel no baja y si Dios no te ayuda es algo terrible, porque tu cuerpo y tu alma están en juego, siempre al borde."
Sin decisiones, se sabe, no hay destino. Aunque no todas las personas pueden decidir con un mismo grado de libertad. "Yo no me pasé la vida hablando de Shakespeare -advierte Alcón mientras le avisan que ya es hora de regresar a los ensayos-. Hice muchos trabajos únicamente para comer, como cuando posé para esas fotonovelas en las que me salía un globito de la boca. Y en esos momentos, cuando comparaba mis sueños con mis realidades, me sentía un enano. Por eso pienso que no hay que juzgar a los demás por sus elecciones particulares. Pero en este momento de mi vida, si no encuentro una obra que verdaderamente me apasione, entonces no me gusta ser actor, entonces no quiero nada. Y debo decir que yo generalmente traté, siempre que pude, de hablar lo menos posible."
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