
...Y OLIVERIO
OBVIO: GIRONDO.
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Malos deseos
- Que los ruidos te perforen los dientes, como una lima de dentista, y la memoria se te llene de herrumbre, de olores descompuestos y de palabras rotas.
- Que te crezca, en cada uno de los poros, una pata de araña. Que sólo puedas alimentarte de barajas usadas y que el sueño te reduzca, como una aplanadora, al espesor de tu retrato.
- Que al salir a la calle, hasta los faroles te corran a patadas. Que un fanatismo irresistible te obligue a prosternarte ante los tachos de basura y que todos los habitantes de la ciudad te confundan con un meadero.
- Que cuando quieras decir mi amor digas pescado frito. Que tus manos intenten estrangularte a cada rato y que, en vez de tirar el cigarrillo, seas tú el que te arrojes en las salivaderas.
- Que tu mujer te engañe hasta con los buzones. Que al acostarse junto a ti se metamorfosee en sanguijuela, y que después de parir un cuervo alumbre una llave inglesa.
- Que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto, para que los espejos, al mirarte, se suiciden de repugnancia. Que tu único entretenimiento consista en instalarte en la sala de espera de los dentistas, disfrazado de cocodrilo, y que te enamores tan locamente de una caja de hierro que no puedas dejar ni un solo instante de lamerle la cerradura.
Mujeres que vuelan
No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo: un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar, ¡pierden el tiempo las que pretenden seducirme!
Esta fue -y no otra- la razón de que me enamorase tan locamente de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa, y volando realizaba sus compras y sus quehaceres...
Las películas de Subiela lograron hace pocos años un fenómeno inusual; que las obras de Oliverio Girondo se transformaran, medio siglo después, en best sellers. Pero el gran poeta también tuvo en vida sus momento de gloria. Revolucionó a Buenos Aires en 1932, cuando armó una gigantesca carroza para el lanzamiento de su libro Espantapájaros. La edición completa se agotó en una semana. Girondo nació en 1891 y murió en 1967, después de haber sido atropellado por un auto. Trajo a la Argentina el humor del surrealismo francés y dirigió el inolvidable periódico Martín Fierro en su segunda época. Por allí pasaron -de Borges a Raúl González Tuñón- todos los grandes de la literatura criolla.






