
Y se armó la murga
En la Capital ya suman alrededor de setenta. Las murgas surgen como hongos en los barrios, en los centros culturales, en las calles secretas y olvidadas. Retoman con fuerza una tradición que parecía perdida y demuestran que es posible protestar con arte, ritmo y alegría
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Los Papirusos de Almagro ya están listos para la largada. En el Centro Cultural Lola Mora, de Sarmiento y Río de Janeiro, todo es expectativa y nerviosismo. De pronto, en medio de la noche y la brisa de verano, se escucha un bombo, un redoblante y un platillo. Un silbato es la señal convenida. Y no se sabe de dónde surge de pronto una fuerza rítmica y electrizante que las palabras no pueden definir. Brazos, piernas, pechos y caderas ya no se pueden contener. Las cabezas se dan vuelta bajo un cielo pintado con todos los colores y el gran estandarte indica que la fiesta apenas ha comenzado. ¿Se adelantó acaso el corso del verano? ¿Asistimos a un intento de rescatar las viejas glorias del carnaval porteño? Es bueno empezar aclarando que el presente auge de las murgas está prácticamente desvinculado del carnaval. Es un fenómeno independiente que se expresa todos los fines de semana en distintos puntos de la ciudad, y que, seguramente, va a tener una fuerte influencia -también- en el resurgimiento más general del espíritu carnavalesco.
Hecha la advertencia, hay que decir que el despertar de las murgas es un hecho tan real como feliz y auspicioso por donde se lo mire. ¿Es nuevo? No, porque sus raíces se remiten a los tiempos de la colonia. ¿Es original? Sí, porque si bien se entronca con una rica herencia del pasado, pasó a convertirse en un fenómeno social muy fuerte y con pocos antecedentes, en el que los jóvenes son sus principales protagonistas. Las murgas acompañan las marchas de protesta callejera, brindan divertidos espectáculos en escuelas y parques, y convocan a su alrededor a gente de los más diversos ambientes, ya sea un barrio carenciado en Lugano, otro de clase media como Palermo e, incluso, a los chetos de Barrio Norte y Recoleta.
Antes, muy lejos en el tiempo, se llamaban por ejemplo Los Tachitos, Los Rejuntados de Villa Devoto, Los Guapos del Mercado de Avellaneda, Los Ladrilleros Unidos, Los Calaveras o Los Funebreros. Después, cortando en seco la fiesta popular, pasó la topadora y el silencio se impuso por la fuerza. La dictadura que se instauró en 1976 prohibió el carnaval, abolió el feriado correspondiente y de paso erradicó por decreto cualquier atisbo de festejo que no fuera el recreo graciosamente concedido para celebrar el triunfo argentino en el Mundial de fútbol. Con el retorno de la democracia, sin prisa, pero sin pausa, las murgas se reconstruyeron lentamente -hilo a hilo como una red- en barrios, plazas y centros culturales; ocuparon por derecho propio un espacio que había quedado vacío, desaparecido, y se constituyeron en una fuerza de arrastre con la que hoy quisieran contar no pocos dirigentes políticos y sindicales.
Ahora se llaman Cometas de Boedo -con ciento cincuenta integrantes, la mayor de todas-, Tocando Fondo, Atrevidos por Costumbre, Tirados a la Marchanta -esta última surgida como una flor del taller del Centro Cultural Rojas-, Los Magos de Recoleta, Los Amantes de La Boca, Los Chiflados, y muchas más. Luciana Vainer, con la cara pintada, los guantes blancos y la tradicional levita de color violeta, es una de las directoras de Los Papirusos. Ella dice que las murgas son básicamente "agrupaciones de protesta divertida, formas nuevas que encontramos los jóvenes y no tan jóvenes para criticar al gobierno, a los partidos políticos, al desempleo, a la represión y a la falta de participación. Pero lo hacemos siempre de una manera vital, creativa, para nada bajoneante o resentida". Luciana subraya también que las murgas funcionan, además, como novedosos grupos de pertenencia: "Un espacio en el que los chicos encuentran a sus iguales y en el que se puede hacer un montón de cosas, desde bailar en los ensayos y presentaciones hasta tocar el bombo o escribir las letras. Y cuando termina la función, la fiesta sigue en los bares, en un baile o en una casa con amigos".
Patrimonio cultural
La presentación de una murga -ya sea en la calle, en un club, un parque o una escuela- mantiene un esquema fijo que sólo se altera ligeramente en casos especiales. Hay tres momentos bien definidos. El primero consiste en la entrada con el estandarte, el recitado de llegada y la canción que describe a la murga y sus integrantes. El segundo momento, o número central, aborda la parodia o la crítica (que por lo general no deja títere con cabeza), y la consiguiente demostración de baile o matanza, como se la conoce en la jerga murguera. El tercer cuadro, también denominado retirada, se basa en una canción de despedida y un desfile final acompañado por música, cantos y bailes enérgicos y expresionistas. Las retiradas contienen un ingrediente de tristeza o nostalgia anticipada, pero también una promesa muy firme de pronto retorno. Se va y se retira con su baile/ la sombra luminosa del murguista/ Y esta murga que nació del corazón/ Hoy señora, señor, ya se está yendo/ Ahora se quita los guantes y le dice adiós/ Pero mañana o pasado la alegría está de vuelta.
Ahora la escena se traslada a un colectivo que va rumbo a Adrogué. Adentro viaja la formación completa de Tirados a la Marchanta, la citada murga del Centro Rojas. Fueron contratados por una escuela de educación especial -la que lleva el número 508 y está situada frente al hospital local- y cuando el viaje recién empieza todos ya están como en estado de gracia. Juan Manuel, uno de los directores, dice que empezó en esto desde muy chico -tampoco él es tan grande, ya que sólo tiene 18 años- escuchando en la calle a una murga llamada Los Impacientes de Palermo. "Sentía el sonido del bombo y las piernas se me iban solas", dice. "Y eso es lo que tiene la murga: es como una fuerza que te lleva, te hace latir el corazón al ritmo del parche, y te hace subir la adrenalina de una manera impresionante." Entre cantos y empujones, Juan Manuel dice que en la murga se discute todo democráticamente, desde el color de la ropa hasta el contenido de las letras y la participación en tal o cual acontecimiento al que son invitados. "No queremos involucrarnos con ningún partido político", aclara, aunque no niega que de algún modo las murgas implican un cierto grado de "militancia social, alegre y renovada".
Muchas de las presentaciones públicas son pagas y el dinero obtenido -alrededor de doscientos o trescientos pesos por función-, se utiliza para cubrir los gastos internos de la murga; pero otras sólo cumplen una función social, una especie de servicio gratuito de felicidad. Los que estuvieron esa tarde en la escuela de Adrogué pueden entender mejor de qué se trata. En el patio esperaban los padres, muchos de ellos desocupados o provenientes de barrios carenciados; sus hijos aguardaban en sillas de ruedas, o ayudados con muletas. Nadie sonreía, casi nadie hablaba. La llegada de la murga produjo un milagro en pocos minutos. Muy pronto todos los chicos quisieron pintarse la cara, bailar aunque sea agitando los brazos y las manos, golpear el tambor y el redoblante con los palillos. "Ustedes no imaginan el bien que nos hicieron", les dijo a Los Tirados la directora, a modo de conmovido reconocimiento.
A diferencia de murgas uruguayas como Falta y Resto, las argentinas le dan mayor importancia al baile y los instrumentos que al canto. Como contrapartida, las del paisito de aquí al lado ostentan muy buen manejo de las voces y los coros. "Siempre les digo a los uruguayos que ellos nos ganan en el canto, pero nosotros los superamos largamente en la entrada y la retirada", se jacta Juan Manuel. Con mejores o peores voces, las ascendentes murgas locales actúan desde hace algún tiempo siguiendo una estrategia común. La Agrupación que las abarca se reúne todos los lunes a la noche en el Centro Cultural Homero Manzi (Belgrano al 3500); allí se discuten todos los temas en común, desde las presentaciones conjuntas hasta la distribución del presupuesto de 250 mil dólares anuales del que gozan desde el año último. Los murgueros no dejan de recordar que el Consejo Deliberante porteño los considera ahora como Patrimonio Cultural de la Ciudad, un aval oficial que hubiese sido impensable hasta hace poco tiempo.
Arte y parte
El asombroso desentierro de las murgas porteñas va acompañado de un desarrollo artístico multidisciplinario al cual los docentes avisados y sensibles le prestan cada vez mayor atención. Porque la murga bien entendida implica conocimientos en coreografía y expresión corporal, educación plástica, una formación musical lo más refinada posible y hasta un interesante espacio para ejercer la saludable gimnasia democrática. Las murgas no discriminan a nadie por sexo o edad, no exigen un conocimiento previo para entrar, y la participación en cualquiera de ellas es totalmente gratuita, o sea que por el momento el fenómeno no es un negocio para nadie. De hecho, se viene desarrollando desde hace diez años sin ningún tipo de promoción especial en los medios, algo que dice mucho de su carácter genuino.
Federico Arneta -de Tocando Fondo- opina a modo de conclusión que la murga expresa una pasión irrefrenable a la vez que una necesidad de "trastocar los valores establecidos". Entre la fiesta y la protesta, algunas comparsas barriales defienden con uñas y dientes sus colores, sus pasos de baile y hasta el espacio que ocupan como si se tratara de un territorio sagrado. "Pero esas competencias no deben ir más allá del orgullo bien entendido -se ataja Luciana, la doncella de Los Papirusos-. Lo principal ahora es estar todos juntos y brindar buenos espectáculos." El presente auge murguero permite anticipar un regreso con gloria del carnaval porteño y la extensión de su espíritu durante todo el año; de hecho, una de las principales reivindicaciones de la agrupación que nuclea a las setenta murgas porteñas es la recuperación del feriado correspondiente a esos cuatro días locos que todos necesitamos, como una insustituible dosis de delirio y fantasía, para poder vivir normalmente durante el resto de los meses.
Escépticos abstenerse. La alegría ya no es sólo brasileña.






