
Yacarés chaqueños
Así se llama el proyecto con el que la Fundación Vida Silvestre Argentina y un productor de la zona buscan proteger a estos animales y a su hábitat natural. Al mismo tiempo, el plan propicia salidas productivas para una región sumida en la pobreza
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“Es la pesadilla de un claustrofóbico”, advirtió el biólogo Walter Prado ante la puerta. No exageraba. La sala de incubación tiene apenas dos metros por tres y reina en ella un agobio de selva tropical. Contra las sudorosas paredes, bajo la desnuda luz de una lamparita, se apilan bandejas plásticas repletas de huevos de yacaré (los 1900 cosechados esta temporada). "Ya están llamando –revela Prado, con el oído arrimado a una nidada–; pronto vamos a andar de parteros."
Tras el período de incubación, mediante roncos gruñidos, los embriones de yacaré convocan a la madre para que destape el montículo de tierra y restos vegetales que durante dos o tres meses les sirvió de nido. En El Cachapé, a falta de mamá, Walter y Oscar Gómez –su ayudante– asumen la tarea de exponer los huevos al sol y así facilitar la eclosión. Al rato, la bandeja comienza a palpitar. Valiéndose del diente de huevo, que aguza sus hocicos por unos días, las crías se van abriendo paso por medio del grueso cascarón. Primero asoman unos ojos saltones –de iridiscente verdor– y mandíbulas erizadas de dientes, aún inofensivos. Luego, con repentino empuje, el resto del cuerpo resbala a la vida.
Los yacarecitos miden poco más de veinte centímetros de largo y su peso no supera los cincuenta gramos. Cuesta ver en ellos más que adorables miniaturas, casi juguetes. Sin embargo, representan una gran oportunidad para la economía y la naturaleza del Chaco. Son una esperanza.
Recurso de amparo
El yacaré ñato y el negro, nuestras dos especies de caimán, tienen en la región chaqueña uno de sus principales bastiones. Padecieron, durante décadas, una persecución tan intensa que arrojó al primero –de cuero más preciado– dentro de la lista de especies en peligro y no dejó en mejor situación al segundo. Se salvaron, a fines de los años 80, gracias a la caída de la demanda de pieles salvajes y a las regulaciones y los controles impuestos al comercio internacional de productos de la fauna silvestre. Desde entonces, vienen recuperando número y terreno.
“Hoy crían hasta en las cunetas”, dice Norberto José Zampa, un cazador y acopiador de cueros devenido bolichero. No extraña. Sólo se los caza ocasionalmente pa’ matar el hambre o vengar la desaparición de algún animal doméstico. Pero queda en pie una amenaza de efectos más vastos: la destrucción de los ambientes que comparten con miles de otras especies. Drenar esteros, bañados y cañadas para incorporarlos a la producción agrícola o ganadera resulta una práctica usual en tierras del Chaco. Frenar este atentado contra la biodiversidad regional exige encontrar un valor económico a la conservación de los humedales, que en su mayor parte se hallan bajo dominio privado. Y en eso, como señalan numerosas experiencias, el codiciado cuero de los yacarés puede dar una mano.
Esta certeza prendió en la Fundación Vida Silvestre Argentina (FVSA), una de las ONG ambientalistas más poderosas del país. En 1996, por medio de su Programa de Refugios de Vida Silvestre –dirigido a compatibilizar la actividad productiva con la conservación–, propició el desarrollo de un modelo de aprovechamiento sustentable de yacarés para la región chaqueña, que revalorizara este olvidado recurso y generara interés en los productores rurales por mantener ambas especies y su hábitat. La propuesta entusiasmó al escribano y ganadero Eduardo Boló Bolaño, que un lustro antes había transformado su estancia en el Refugio de Vida Silvestre El Cachapé (1750 hectáreas de montes, pastizales y esteros en el nordeste de la provincia del Chaco). Al año siguiente, tras los estudios de factibilidad, el Proyecto Yacarés Chaqueños comenzó a cobrar forma con la construcción de una incubadora y cinco piletones de crianza.
Revolución en la granja
“Nuestro trabajo abarca un área de 80.000 hectáreas, con centro en El Cachapé, y se basa en el sistema de rancheo o cría en granja –informa el biólogo Diego Moreno, coordinador del proyecto y responsable del Programa de Refugios de Vida Silvestre–. Comenzamos detectando los nidos de yacarés mediante relevamientos aéreos y la información suministrada por los pobladores, que reciben a cambio una recompensa. Después cosechamos los huevos y los llevamos a la incubadora, donde completan su desarrollo en condiciones óptimas (31°C de temperatura y 95% de humedad relativa). Los yacarecitos rompen el cascarón unos sesenta días más tarde, a veces con alguna ayudita de nuestra parte. Inmediatamente, se los somete a una revisión sanitaria y se los traslada a las piletas de cría, donde reciben todo lo necesario para superar el primer invierno –su período más crítico– y alcanzar el tamaño que les permita una existencia sin mayores problemas en el ambiente natural.” Estos cuidados no sólo protegen a la nidada de contratiempos climáticos, como heladas, inundaciones y bruscos cambios de temperatura. También la libran de zorros, lagartos, cigüeñas y otros predadores, obteniendo una tasa de supervivencia ocho veces superior a la que se registra en la naturaleza. “Así es posible devolver parte de las crías a su medio, asegurando la reposición natural, y destinar el excedente a promover una alternativa económica que despierte el interés de los productores rurales en la conservación de los yacarés y sus ambientes –explica Walter Prado, encargado de la planta de cría–. Hay, además, una razón social. El cese de la caza comercial de yacarés privó de un importante recurso a muchas familias de campo, que sobreviven en un marco de extrema pobreza. Urge brindarles nuevas fuentes de ingreso. Y nuestro emprendimiento puede contribuir a eso sin lesionar el patrimonio silvestre.” Los números avalan el optimismo de Prado. Durante la etapa experimental, El Cachapé logró tasas de nacimiento y supervivencia de neonatos y juveniles superiores a las de otras experiencias de rancheo (84,08 y 90,36 por ciento, respectivamente). Gracias a este eficiente manejo, sus piletas de cría reúnen cerca de tres mil yacarés a un lustro de la primera cosecha.
Y más de mil ejemplares fueron devueltos a la naturaleza, tras el chequeo sanitario de rigor.
También está dando frutos el mecanismo adoptado para estimular la participación local en el uso sustentable de negros y ñatos. “Pagamos 15 pesos por cada nido que nos señalen, lo cual significa una nada despreciable ayudita para el poblador rural –detalla Prado–. Unos peones, por ejemplo, ganaron el equivalente a la mitad de su sueldo buscando nidadas. Esto hizo que la cantidad de nidos informados creciera cinco veces desde 1998 e impulsó un cambio radical de actitud hacia los yacarés. Hasta les perdonan que se coman, de vez en cuando, un pato o una gallina.”
Valor agregado
“El beneficio para los lugareños no se agotará allí –interviene Eduardo Boló Bolaño–. Pretendemos que ningún cuero salga de El Cachapé sin estar, al menos, curtido. Ya hemos realizado una prueba piloto con excelentes resultados. La idea es montar una pequeña curtiembre, que brinde empleo a gente de la zona y evite el uso de sustancias contaminantes como el cromo. El paso siguiente resulta mucho más ambicioso: capacitar a jóvenes del lugar para que transformen nuestra producción en artesanías del mejor nivel. Todo el valor agregado quedaría así en el Chaco.” La carne –el otro subproducto de la faena de yacarés– también ofrece perspectivas alentadoras. Tiene un sabor agradable, que recuerda al del pollo, y es consumida localmente en empanadas y milanesas. Pero Boló Bolaño se propone llegar a un mercado más amplio. “Meses atrás, en busca de antecedentes para habilitar el consumo a escala nacional, enviamos algunas muestras al Laboratorio de Carnes de la Facultad de Agronomía y Veterinaria de Buenos Aires –comenta el ecoproductor–. Según los análisis, la carne de yacaré presenta menos ácidos grasos saturados que la de vaca y un elevado contenido de ácidos grasos beneficiosos. Entre ellos, el arquidiónico, que propicia una menor incidencia de enfermedades cardiovasculares, disminuye el colesterol en sangre y cuesta mucho encontrar en otros alimentos. Además, funciona de maravillas en la cocina, como pudo comprobar el chef de un conocido restaurante de Palermo Hollywood.” La Convención Internacional sobre Comercio de Especies Amenazadas (Cites), aprobada por nuestro país en 1980, coloca al yacaré negro entre los animales que admiten un comercio regulado y al ñato entre los de comercio vedado. Las poblaciones argentinas sujetas a rancheo constituyen la única excepción. El gesto de confianza no resulta caprichoso. La cría en granja promete convertirse en una tabla de salvación para los caimanes y sus ambientes. Decididos a doblar la apuesta, los responsables del Proyecto Yacarés Chaqueños incluyeron al hombre en la lista. “Este enfoque social complica indudablemente las cosas –confiesa Boló Bolaño–. Pero no existe desafío más hermoso.”
Conservar en privado
Más del 90% del territorio nacional está en manos privadas. Es ingenuo, por lo tanto, esperar que la sola expansión del Sistema Nacional de Areas Naturales Protegidas pueda garantizar el mantenimiento de nuestra biodiversidad. Se precisa también la ayuda de los propietarios rurales. A partir de esta convicción, la FVSA buscó un instrumento que armonizara los intereses de la economía y la conservación. Lo encontró en el Programa Refugios de Vida Silvestre. Mediante convenios con dueños de campo, esta organización creó uno de los sistemas de reservas naturales privadas más prestigiosos de América latina. Hoy, a 15 años del comienzo, suma 12 integrantes (en 8 provincias, de Misiones a Tierra del Fuego) y alrededor de 55.000 hectáreas consagradas a un uso responsable de la oferta natural. En los refugios se desarrollan proyectos relacionados, básicamente, con el ecoturismo y el aprovechamiento sus-tentable de especies salvajes.






