Moda: el pasado de nuestra modernidad

Javier Arroyuelo
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21 de noviembre de 2020  

De los grandes tumultos sociales nacen siempre modas excitantes, estimuladoras de fantasías y deseos. El frenesí de frivolidad que marcó en Francia la transición de la sangría revolucionaria al fasto imperial de Bonaparte, en los últimos años del siglo XVIII, tuvo por signo distintivo las audacias extremas del estilo à la grecque con sus túnicas, casi traslúcidas de tan tenues, sobre cuerpos liberados, por decreto, del corsé. Tales delicias no perduraron. La gran burguesía industrial y financiera que se impone practicará una ostentación calcada de la aristocracia a la que ha desplazado, pero con un marcado toque conservador.

Jane Morris posa para Dante Gabriel Rossetti, en 1865
Jane Morris posa para Dante Gabriel Rossetti, en 1865

Las permanentes transformaciones que aportan, a todo vapor de máquina, las nuevas tecnologías aplicadas a la producción industrial tendrán efectos notables en el área del vestir. Nace el consumo extendido de bienes perdurables y no esenciales, ancestro de nuestro consumismo. Con el retorno de la monarquía en Francia y los 63 años de reino de Victoria en Gran Bretaña, los dos países gobernarán el devenir de la moda. Los estilos del siglo XIX reflejaron la ansiedad de sus clases dirigentes por darse la apariencia espléndida del pasado que admiraban, garante, suponían, de una legitimidad indiscutible.

El corsé hizo así un veloz retorno al guardarropa de las damas. Gráciles hasta 1830, sobre el modelo del estilo Imperio, las siluetas de moda sufrirán de una inflación creciente, tanto en volúmenes como en ornamentaciones, acompañada de una explosión cromática facilitada por la aparición de las anilinas, mientras los torsos empequeñecían, los talles se comprimían y aumentaba la masa agobiante de elementos: crinolinas, polisones, enaguas, rellenos, ballenas, capas de prendas, múltiples accesorios y perifollos. La mujer de moda, efigie viva, cargaba, y no sólo simbólicamente, con el peso de la respetabilidad y el prestigio de su matrimonio, su familia, su clase.

Su cosificación constituía un deber y era considerada, gran ironía, un privilegio, una marca de estatus social, como la mayor parte de la moda, hoy como entonces. A partir de 1850 el rechazo a tanto desvarío y abuso se manifestó bajo diversas formas, en Gran Bretaña y Alemania, en particular. El Dress Reform Movement agrupó a las mujeres de la primera movida feminista, que incluían entre sus causas la batalla por un vestuario práctico, racional, sano.

Entre las y los intelectuales y artistas del Aesthetic Dress Movement primaban, en cambio, razones estéticas e ideales sociales. Los artistas de la Hermandad Pre-Rafaelita, nuevos románticos, buscaban en fuentes medievales la belleza natural que veían ir desvaneciéndose ante el empuje de la industrialización acelerada. Las mujeres del movimiento llevaban vestidos largos, de mangas abullonadas, a la Dante Gabriel Rossetti, en colores de teñidos naturales, en textiles y materias artesanales, confeccionados a mano.

Hacia fines del siglo, una creadora alemana, Anna Muthesius, instalada en Inglaterra, continuó la tarea por un modo de vestir nuevo, justo y feliz, desde la práctica concreta de la costura y en un libro precursor, Das Eigenkleid der Frau (1903). No lo hizo en vano. Sus trabajos, como los de sus predecesoras, sustentaron la liberación de la imaginación a lo largo del siglo XX y más actuales que nunca en estos tiempos de moda consciente.

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