Pandemia y moda. El tiempo está de nuestro lado

Javier Arroyuelo
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8 de agosto de 2020  

Gracias a la cuarentena, en el inesperado espacio abierto entre dos veranos -de un lado el que se acabó con la llegada del virus y, en el opuesto, aquel por venir que una ansiedad mediatizada nos hace sentir más lejano de lo que en verdad está- confirmamos una sospecha insidiosa: nos está sobrando vestuario. En las semanas de limpieza a fondo que definieron esta etapa ultra hogareña de nuestras vidas, placards, cajones, baúles, y otros escondites nos han dado sorpresas dignas de una feria americana. Para que admitiéramos que teníamos demasiados atavíos, ha hecho falta que no tuviéramos adonde ir a lucirlas. No es un hecho menor, por frívolo que suene. En materia de trapos y adornos, aun cuando se cree tener lo justo, siempre hay de más.

Pero el vaso estaba a mitad lleno. El retorno, a lo casual, forzoso en fase uno, con su tanda de buzos y su pila de pantalones de yoga, al cabo del primer mes dejó de parecernos poco fotogénico. Y pasadas doce semanas se ha convertido en una nueva opción cotidiana legítima. Las circunstancias han hecho grandes favoritas de las prendas que halagan el cuerpo, acariciándolo más que vistiéndolo. Los videos en los que todo tipo de animales se mostraban, irresistibles, en los contextos urbanos desalojados, fueron otro factor de cambio de vectores. Incluso gente que aún come carne me pregunta de qué están hechas mis atractivas zapatillas veganas.

A medida que las cuarentenas -en plural ya que a cada episodio de rebrote corresponderá la suya- vayan alentando la toma de conciencia en torno a la catástrofe del consumismo, se impondrán nuevas prioridades. Los guardarropas irán haciéndose más escuetos, en cantidad y en formatos: modelos básicos, sin melindres, aptos 24/7, fieles a una moldería esencial, piezas funcionales y confiables y de buen diseño. Menos es más, más que nunca y de ahora en adelante. Desechar, despojarse, depurar, simplificar son las acciones que irán definiendo el ánimo de la época.

Según proclamó alguna vez Diana Vreeland, la elegancia es rechazo, está constituida en mayor proporción por lo que excluye que por lo que exhibe -definición justa y verificada en sus tiempos. Hoy, a pesar de que la elegancia, tal como la célebre directora de las páginas de moda de Harper's Bazaar y de Vogue la entendía, dista de ser el valor faro en cuestiones de estilo, la idea sigue siendo válida como clave de un nuevo ordenamiento del vestir y del producir vestidos. Este es el momento de extraer lo bueno y lo aún fértil de la historia del vestido, rechazando en paralelo a la moda corporativa y sus prácticas odiosas. Las iniciativas alternativas, a la periferia del circuito central de la moda, muestran la preeminencia de una visión minimalista de los oficios del vestido, una retracción sanadora hacia las prácticas esenciales del taller, de la creación manual, de lo colectivo.

Ningún cambio es repentino y general. Pasarán años antes de que veamos verificados a diferentes niveles del vestir, en puntos variados del paisaje social, las innovaciones conceptuales que han venido gestándose en las décadas recientes y que en éste período que vivimos, estático sólo en apariencia, se han ido revelando a la atención de mucha gente. Que las primeras salidas de cuarentena en ambos hemisferios no hayan sido (ni querido ser) la cosa más chic del mundo ni en cuanto a atuendos ni en cuanto a comportamientos no debe desalentarnos. El tiempo está de nuestro lado.

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