
1996: No fue el peor año, pero...
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No fue el peor de los últimos años. Pero tampoco el mejor. El de 1996 es el año en que llegó a su piso la credibilidad judicial con los escándalos, los laberintos y las sorprendentes revelaciones en casos muy sonados que algunos medios ventilaron exageradamente.
Anteriormente habíamos tenido el caso Carrasco, cuya secuela final confluyó en la reforma de las Fuerzas Armadas. En los casos judiciales a que nos referimos, nada parece indicar que pueda cambiar algo en materia de leyes y procedimiento, ni siquiera la estructura tribunalicia, que sigue esperando la constitución de una Comisión de la Magistratura libre y honorable.
Los números que exhiben algunos indicadores mostraron una recuperación de la actividad económica, cierto crecimiento, un ponderable aumento de las exportaciones. Pero estos logros no llegan a traducirse en aumento de empleos ni en inversiones que los creen, y tal situación se expresa en una irritación colectiva que a cada momento muestra pequeños estallidos. Pequeños pero preñados de ira y resentimiento.
Además, la ruptura de la dupla Menem-Cavallo ha sido un factor de desconcierto en la opinión pública, tanto por la catarata de denuncias lanzadas por el ex ministro contra integrantes del gobierno del que formó parte, como por la dura hostilidad que acosa a él y a algunos de sus colaboradores.
Hechos como éstos afectan gravemente la confianza de los gobernados en sus gobernantes. Parecería que, a falta de modelos en los hombres del poder, la gente refugia su atención en los otros, los que hacen de la frivolidad una profesión, de la exhibición pública una manera de vivir y aun de las riquezas malhabidas un rasgo de viveza que debe imitarse.
Estos sentimientos están moldeando una sociedad escasamente solidaria, que ignora valores como el patriotismo o la ética en la función pública, que aspira a saltar sobre todas las instancias para triunfar. Es una fea sociedad la que se está perfilando, sobre todo teniendo en cuenta las tremendas desigualdades que conlleva semejante esquema, acentuado por la escasa prioridad que se brinda a la educación pública.
Todo esto viene, desde luego, de años anteriores, pero se ha potenciado en 1996 a la luz de algunos de los hechos mencionados.
Asimismo, se ve con estupor que el Estado, ya desprendido de casi todas las agencias que arrojaban un pesado déficit fiscal, sigue abrumado por brechas financieras pesadas, como si continuara a cargo de aquellas fuentes permanentes de pérdidas. Y también resulta inquietante el aumento de la deuda pública, en especial la que está radicada en el exterior, porque se tiene la impresión de que estos compromisos gravitarán no solamente sobre nosotros, sino sobre las generaciones que nos siguen.
Estas sombras oscurecen el discurso triunfalista de los dirigentes gubernamentales. Que las cifras victoriosas no se palpen en la vida diaria, que los déficit sigan aumentando después de haberse enajenados todos los organismos estatales imaginables, tienen el efecto de crear nuevos motivos de escepticismo en la opinión, y aumentando esa anomia de credibilidad que afecta a todos los sectores y repercute de manera preocupante, sobre todo, en la gente joven.
Marcar los límites
Es cierto que el inevitable proceso de globalización apareja conductas individuales y también políticas colectivas alejadas a veces de los intereses nacionales y de las formas de vida que tradicionalmente ha sustentado a la sociedad argentina. Pero los gobernantes están para, entre otras cosas, marcar los límites de aquellos fenómenos, y esto es lo que no se ha visto en el año que termina.
Basta recordar las leyes notoriamente impuestas desde los Estados Unidos, las maniobras brasileñas no denunciadas por nuestros gobernantes -puesto que tienden a impedir las consecuencias más promisorias del Mercosur-, el desdichado episodio con Perú en los últimos meses y la pretensión de firmar un acuerdo limítrofe que deja de lado los criterios jurídicos sostenidos a lo largo de nuestras relaciones con Chile, para sustituirlo por una caprichosa y arbitraria figura geométrica.
Estas debilidades instalan en nuestra sociedad la idea de que el Estado no defiende el interés nacional con el empeño debido, y que sacrifica cosas importantes en aras de un anhelado prestigio exterior o en busca de una imagen de docilidad que pueda devengarle alguna ventaja menor.
Hechos alentadores
Pero también debemos señalar algunos aspectos positivos que se ha advertido este año y, en menor medida, en los anteriores. Uno de ellos es la convivencia política, que a pesar de los enfrentamientos partidarios se ha seguido manteniendo. Más allá de las maniobras y picardías de la vida política, fuerzas antagónicas continúan su diálogo. Se acuerda, se conviene, se arriba a consensos. Y también a rupturas, pero éstas no son ni tan violentas ni tan definitivas como lo fueron en otras épocas. Es decir que los bienes que están asociados a la democracia están dando buenos frutos.
También hay que computar, dentro de los hechos alentadores del año que fenece, los comicios que definieron las autoridades de la ciudad de Buenos Aires en su nuevo carácter institucional. Desde luego, no me estoy refiriendo a su resultado electoral, sino a las perspectivas que abre a la democracia una constitución o estatuto que prevé la participación popular en numerosos organismos de control, así como la administración descentralizada que se inscribe en ese documento.
Si la normativa del nuevo estatuto porteño se cumple razonablemente, Buenos Aires podrá poner en práctica una democracia nueva, vivificada, participativa, que sin duda servirá de ejemplo y modelo a no pocas provincias. No sería la primera vez:recordemos "la feliz experiencia", como se llamó al ensayo logrado en los comienzos de la década de 1820 durante los gobiernos de Rodríguez y Las Heras en la provincia de Buenos Aires. El estado de derecho y las creaciones culturales, políticas y sociales que caracterizaron a esta etapa, convirtieron a Buenos Aires en una referencia de progreso y civilización. La nueva ciudad de Buenos Aires tal vez enseñe a valorizar plenamente la democracia, haciendo de ella una actividad cotidiana, vivida por todos sus habitantes.
Es muy breve la perspectiva que puede tener un historiador de un año que está terminando. Sin embargo, me parece que 1996 no será especialmente recordable en el futuro. Pero así se va componiendo la historia de los pueblos: con momentos trascendentes, cuando el tiempo parece dinamizarse, preñarse de ideas, acontecimientos personalidades, y también con otros instantes aparentemente chatos, mudos ante el observador, sin nada sustancioso para transmitir. Y, sin embargo, también estos momentos carentes de encanto y atracción forman el entramado de la vida histórica y aseguran las grandes continuidades que a veces, casi secretamente, custodia cada comunidad, cuando tiene conciencia de su propia identidad y cierta confianza en su destino.
Sin demasiada violencia
De todas maneras, debemos agradecer que hayamos vivido un año sin brotes destacados de violencia, sin signos de intolerancia entre los partidos, sin rupturas bruscas. Por supuesto que en el mundo político bullen rencores, ambiciones y juegos sucios. Pero no hay que soñar con utopías cuando se trata de analizar una realidad, y mucho menos una realidad como la argentina, que muestra logros demasiado nuevos para que hayan rendido sus mejores consecuencias.
Hay, es cierto, una suerte de bronca latente, un malestar que a veces se manifiesta localmente, como ya se ha dicho. Los cambios y transformaciones promovidos por la actual administración han dejado al margen del mercado y de los circuitos de producción y del consumo a mucha gente, que comprensiblemente se siente agredida.
No dudo de que el gran desafío del año próximo es volver a incluir a estos argentinos en categorías que signifiquen la recuperación de su autoestima, y su ubicación en posiciones más fecundas de las que hoy tristemente ocupan en la sociedad.
Y bien: ha pasado un año más y ya nos estamos asomando a otro milenio. Recordable o no, éste que acaba es un año que deberemos asumir en lo bueno y en lo malo, como parte de nuestra singladura como país.






