“A lo único que tenemos que temer es al temor mismo”

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21 de diciembre de 2001  

La gran crisis económica y financiera que se abatió sobre los Estados Unidos desde fines de la década del 20 se puede resumir en dos datos de escalofrío: entre 1929 y 1931, el total de los salarios devengados bajó de 55.000 millones a 33.000 millones de dólares, y la renta nacional cayó, entre 1929 y 1932, de 85.000 millones a 37.000 millones de dólares.

De modo que cuando Franklin Delano Roosevelt asumió la presidencia, el 4 de marzo de 1933, encontró a un país devastado por la depresión y al que urgía esperanzar después de más de tres años de retrocesos. Ese día Roosevelt pronunció un discurso memorable, que se recuerda por la fuerza emotiva de una de sus frases: “A lo único que tenemos que temer es al temor mismo”.

Roosevelt habló en esa ocasión sin proponer cambios específicos, aunque los hizo en seguida, al declarar feriado bancario por varios días. Más tarde autorizó a modificar el contenido de oro que respaldaba la moneda norteamericana, que pasó de 20,67 dólares por onza troy a 35 dólares en 1934. Con ese valor se mantuvo por los treinta y cinco años que duró la convertibilidad en los Estados Unidos.

Roberto Cortés Conde, historiador de la economía, hace notar que Roosevelt aplicó la enmienda Thomas, introducida por el Congreso a una ley agrícola en 1933, a fin de ajustar todas las obligaciones, oficiales y privadas –no sólo las del campo–, al dólar que luego se depreció.

Se han escrito infinidad de libros sobre los aspectos específicos de lo que sucedió en esos años en los Estados Unidos, sobre los aciertos y desaciertos del presidente a quien los norteamericanos confiaron su destino por cuatro veces consecutivas. Pero lo que mueve a reproducir hoy el gran discurso inaugural de 1933 es el interés reactualizado por saber cuáles fueron las palabras –todas las palabras– con las cuales un jefe de Estado llegó al corazón de su pueblo en oportunidad tan angustiosa como otras más que se producirían en diversas partes del mundo con el correr del tiempo.

Esta hora es, singularmente, la hora de decir la verdad, la verdad total, franca y valiente. No podemos negarnos a las cosas que están sucediendo ante nuestros ojos en nuestro propio suelo. Esta gran nación perdurará como ha perdurado, revivirá y prosperará.

Así pues, antes que otra cosa, permítanme ratificar mi firme creencia de que a lo único que tenemos que temer es al temor mismo –un temor desconocido, irrazonable, injustificado–, que paraliza los esfuerzos necesarios para convertir la retirada en avance.

En cada una de las horas oscuras de nuestra vida nacional, a la comprensión y el apoyo del pueblo, esencial para obtener la victoria, se ha sumado una orientación franca y decidida. Aliento la convicción de que una vez más ayudarán ustedes a dirigir el rumbo en estos días críticos.

Animado de este espíritu y confortado por el de ustedes, afrontamos nuestros problemas comunes, los cuales, gracias a Dios, son exclusivamente materiales. Los valores han mermado hasta alcanzar niveles fantásticos; los impuestos han aumentado; nuestra capacidad de pago ha disminuido; el manejo de todos los negocios confronta una seria reducción de ingresos; los medios de trueque se encuentran congelados en el tráfico comercial; hojas marchitas de la industria yacen por todas partes; los agricultores no encuentran mercado para sus productos; se han esfumado los ahorros que hicieron durante muchos años millares de familias.

Y, lo que es más importante, una multitud de ciudadanos sin empleo encara el inflexible problema de la existencia, y un número igualmente voluminoso trabaja con un salario ínfimo. Sólo un optimista tonto puede negar la realidad oscura del momento.

Empero, nuestra desgracia no procede de falta de empuje. No estamos asolados por una plaga de langostas. Si comparamos con los peligros que nuestros antepasados vencieron porque tenían fe y carecían de miedo, nos queda aún mucho que agradecer. La naturaleza depara todavía su generosidad, multiplicada por los esfuerzos humanos, y que en gran proporción encontramos en nuestro camino, pero, si la tomamos con demasiada largueza, la consumiremos al iniciarse apenas la provisión.

Lo anterior acontece, principalmente, porque los administradores del intercambio de bienes de consumo para la humanidad, debido a su propia obcecación e incompetencia, han fracasado y, al admitir su fracaso, se han retirado. Los métodos que acostumbran usar los corredores de moneda, faltos de escrúpulos, están enjuiciados en el tribunal de la opinión pública y son rechazados por los corazones y las mentes de los hombres.

En verdad ellos han intentado la solución, pero sus esfuerzos están fundidos en el molde de una tradición ya muy gastada. Ante la falta de crédito, sólo se les ha ocurrido proponer más dinero en préstamo. Despojados del cebo de la utilidad, por el cual inducen a nuestro pueblo a seguir su falsa orientación, han recurrido a ruegos, suplicando lastimosamente que se restablezca la confianza. Lo único que conocen son las reglas de una generación de egoístas. Carecen de visión y, cuando ésta falta, el pueblo sucumbe.

Los cambistas de dinero han huido de sus altos sitiales en el templo de nuestra civilización. Ahora podemos reinstalar en ese templo las verdades antiguas.

La medida de esa restauración depende del grado en el cual apliquemos valores sociales más nobles que la simple utilidad monetaria.

Ya no deben subordinarse la felicidad y el estímulo moral del trabajo a la loca persecución de beneficios que se desvanecen. Estos días lúgubres valdrán todo lo que nos cuestan si nos enseñan que nuestro verdadero destino no nos va a servir sino para administrarnos y administrar a nuestro prójimo.

La tarea primordial

Sin embargo, la restauración no sólo clama por que se hagan cambios en la moral. Este país demanda acción y acción inmediata.

Nuestra tarea primordial y máxima consiste en poner a la gente a trabajar. Esto no es un problema insoluble si lo afrontamos con prudencia y valentía.

Esa labor puede ser auxiliada si se hacen esfuerzos definidos con el fin de elevar los precios de las cosechas agrícolas y, con esta fuerza económica, adquirir la producción total de nuestras ciudades.

Puede remediarse también impidiendo en la realidad la tragedia que significa la pérdida creciente, por remates hipotecarios, de nuestros pequeños hogares y granjas.

Se puede contribuir a ella si se insiste en que los gobiernos federal, estatal y local impongan una reducción inmediata y drástica en sus gastos.

Puede ayudársela unificando las actividades de socorro que, a la fecha y con frecuencia, son dispersas, antieconómicas y desiguales. Puede ser auxiliada mediante la planificación nacional y la supervisión de todas las formas de transporte y comunicaciones, así como de otros servicios de naturaleza netamente pública.

Hay muchos otros medios por los cuales puede ayudarse a esta tarea, pero jamás se la remediará con sólo hablar de ella. Debemos actuar y hacerlo con premura.

Por último, en nuestro camino hacia la reanudación del trabajo, necesitamos dos garantías para impedir que vuelvan los males anteriores: debe haber una supervisión estricta de todas las operaciones bancarias, así como de los créditos e inversiones; hay que poner término a las especulaciones que se hacen con el dinero de la gente y contar con una disposición que establezca una moneda corriente, adecuada y firme.

El pensamiento fundamental que guía estas medidas específicas de recuperación nacional no tiene límites estrictamente nacionales.

Insistimos, como primera consideración, en la mutua dependencia que hay entre los diversos principios y sus partes, que norman a los Estados Unidos: el reconocimiento de la antigua y siempre importante manifestación del espíritu explorador del norteamericano.

Ese es el camino hacia la recuperación. El camino inmediato. La seguridad más firme de que la recuperación perdurará.

En la esfera de la política mundial, es mi deseo que esta política de gran nación se consagre a la política de buen vecino, el que definitivamente se respeta a sí mismo y, por ello, respeta los derechos de los demás, el que acata sus obligaciones y la solemnidad de sus pactos en un mundo de vecinos. Si yo estoy interpretando correctamente el estado de ánimo de nuestro pueblo, debo decir que hemos tomado conciencia, como nunca antes, de nuestra interdependencia de los unos con los otros. De que ya no podemos solamente pedir, sino que debemos dar.

Sé que estamos listos y deseosos de someter nuestras vidas y propiedades a esa disciplina, que nos orienta para lograr un bienestar más prolongado.

Propongo todos estos recursos, empeñando mi palabra para que las empresas más arduas nos obliguen a todos, como un compromiso sagrado, dentro de una unidad de deberes hasta ahora sólo evocada en tiempos de contiendas armadas.

Con esta garantía asumo sin vacilaciones la dirección del gran ejército de nuestro pueblo, dedicado al ataque disciplinado de nuestros problemas comunes.

Con este panorama, y a tal fin, es factible emprender una acción basada en la forma de gobierno que hemos heredado de nuestros antepasados.

Nuestra Constitución es tan sencilla y práctica, que siempre es posible satisfacer necesidades extraordinarias, haciendo cambios para subrayar lo más imperioso y disponiendo arreglos, sin que pierda su forma esencial.

Es de esperarse que el equilibrio normal que haya entre las autoridades ejecutivas y las legislativas sea totalmente adecuado para acometer la tarea sin precedentes que nos espera. Pero puede ser que la exigencia y la necesidad sin paralelo de emprender una acción sin demoras imponga una desviación transitoria de ese equilibrio normal que debe conservar el procedimiento público.

Estoy preparado, conforme a mis deberes constitucionales, para proponer las medidas que un mundo herido requiere.

Estas disposiciones, o cualesquiera otras que el Congreso pueda decretar, como producto de su experiencia y sabiduría, y dentro de mi autoridad constitucional, son las que trataré de adoptar con toda presteza.

Pero en el caso de que el Congreso no tome uno de estos dos caminos, y ante el caso de que la situación nacional sea aún crítica, no eludiré la ruta clara del deber que para entonces tendré que seguir.

Solicitaré del Congreso el instrumento que me falta para hacer frente a esta crisis, esto es, que se me otorguen amplias facultades ejecutivas para emprender una guerra contra las necesidades urgentes, tan grandes como las que podrían concedérseme si en realidad estuviéramos invadidos por un enemigo extranjero.

A cambio de la confianza que en mí se ha depositado, ofrezco el valor y la lealtad, propios de la época. No podría hacer menos.

No desconfío del futuro de la democracia esencial. El pueblo de los Estados Unidos no ha fracasado. En su necesidad, ha señalado un mandato que requiere una acción enérgica y directa.

Ese pueblo desea disciplina y orientación bajo un guía. Me ha constituido en instrumento actual de sus deseos. Acepto esa prenda en su mismo espíritu.

Al consagrarme a esta nación, pido humildemente la bendición de Dios. ¡Que Él proteja a todos y cada uno de nosotros! ¡Que Él me guíe en los días por venir!

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