
A los caudillos los echan, los estadistas se van
Al pasar por Buenos Aires esta semana, el ex presidente español José María Aznar nos recordó que, al asumir la presidencia en 1995, también anunció que sólo pretendería ejercer el poder por dos mandatos, por ocho años, imponiéndose un límite que la Constitución no le exigía. Varios meses antes de las elecciones del 14 de marzo de este año, cuando estaba en el ápice de su popularidad, Aznar cedió la candidatura presidencial a Mariano Rajoy, cumpliendo de este modo su promesa cuando sólo tenía 50 años, edad en la que otros políticos piensan que les queda toda una vida en el poder por delante.
A la inversa de los caudillos, que aspiran al poder vitalicio, los estadistas se caracterizan por privilegiar la fortaleza de las instituciones por encima de su apetito de poder. Lo que ha venido a decirnos Aznar es que, en lugar del camino trillado de los caudillos, quiso tomar la ruta estrecha de los estadistas. La historia juzgará si logró su empinado intento o no, pero cabe anotar desde ahora que no es a los caudillos sino a los estadistas que las naciones deben su grandeza.
¿Cuántos estadistas?
En 1789 los estadounidenses eligieron como primer presidente a su libertador, el general George Washington. La flamante Constitución del nuevo país preveía que los presidentes durarían cuatro años y que serían reelegibles indefinidamente. En 1797, sin embargo, Washington decidió retirarse a su granja de Virginia pese a su inmensa popularidad, para que el pueblo se pusiera los pantalones largos. Sin que hubiera ninguna enmienda constitucional al respecto, todos sus sucesores respetaron desde entonces el límite moral de los dos mandatos hasta que Franklin Roosevelt, en medio de las urgencias de la Segunda Guerra Mundial, permitió que lo reeligieran más allá del límite de Washington. Después de la muerte de Roosevelt en 1944, empero, se aprobó la enmienda constitucional que prohíbe terminantemente más de dos mandatos presidenciales. La grandeza de ese país sin caudillos que son los Estados Unidos tuvo su punto de partida en Washington, un estadista fundacional.
En América latina y en la Argentina, en cambio, prevalecieron los caudillos sobre las instituciones. Al apostarlo todo al mando vitalicio de una sola persona, ya se llamara Rosas, Porfirio Díaz, Trujillo, Somoza o Castro, nuestras naciones padecieron crónicamente de instituciones quebradizas. Los abusos, la muerte o el derrocamiento de sus caudillos las hundiría una y otra vez en crisis profundas hasta que otro caudillo, eventualmente, los reemplazara. ¿Cuántos renunciamientos como el de San Martín hubo en nuestro continente? ¿No es a la presencia recurrente de los caudillos y a la escasez aguda de estadistas que debemos nuestro atraso económico y social?
Las excepciones
No nos han faltado, sin embargo, algunos estadistas a quienes hemos debido nuestros excepcionales períodos de esplendor.
El general Urquiza, que venía de derrotar a Rosas en Caseros, apoyó la Constitución de 1853 que imponía un plazo de seis años sin reelección inmediata a los presidentes. De 1854 a 1860, como primer presidente después de Rosas y pese a ser dueño de una superioridad militar incontrastable, Urquiza se inclinó ante la norma que le imponía un período no renovable de seis años. En 1862, después de vencer en Pavón, Mitre tenía un poder comparable al de Urquiza en la década anterior, pero fue presidente sólo entre 1862 y 1868, sin soñar siquiera en cambiar la norma de la no reelección inmediata.
¿Será casual que, mientras estos dos presidentes fundadores y sus sucesores respetaron los plazos constitucionales, el país creció más que ninguna otra nación sobre la Tierra? ¿Será sólo un capricho del destino que, desde que Perón impuso la reforma constitucional de 1949 para instalar la reelección indefinida, el país anduvo a los tumbos bajo la marea creciente de la inestabilidad?
En 1983, cuando volvió la democracia, también volvió el plazo de los seis años sin reelección inmediata. Pero en 1995 el presidente Menem promovió la reforma de la Constitución para hacerse reelegir. Es que los peronistas, que tienen una cultura democrática porque creen en las mayorías, no tienen una cultura republicana porque no respetan los plazos. ¿Será por eso que la segunda presidencia de Menem, acompañada además por la obsesiva búsqueda de una re-reelección, contradijo lo que había logrado en la primera y nos hundió en el caos del que todavía estamos tratando de salir? Si hubiera escogido la ruta de los estadistas y no la de los caudillos, Menem habría podido entregarle la presidencia a un sucesor en 1995 y quizá sería desde 2001, otra vez, presidente, habiéndonos ahorrado en el transcurso de estos plazos constitucionales la crisis que todavía padecemos debido a su desprecio por las instituciones.
Que el peronismo es proclive al caudillismo lo corrobora por otra parte el hecho de que las cuatro provincias que han incorporado la reelección indefinida en sus constituciones sean La Rioja, el San Luis de los Rodríguez Saá, la Catamarca del tiempo de los Saadi y Santa Cruz.
La buena noticia es que los ejemplos de la superioridad de las instituciones sobre los apetitos personales se multiplican en América latina. En México, el paso del poder del PRI al PAN del presidente Fox se dio en estricto respeto de la única cláusula republicana que el propio PRI había mantenido durante su larga vigencia: el principio de la no reelección de los presidentes. Países como Brasil y la Argentina se atienen hoy al método norteamericano de mandatos de cuatro años con derecho a una sola reelección inmediata, aunque aquí en el Mercosur les concedemos a los ex presidentes el derecho de intentar volver cuando han pasado un plazo en el llano, algo inimaginable en el país del Norte. En Uruguay se mantiene el principio de la no reelección inmediata, regla que el presidente Sanguinetti respetó escrupulosamente en sus dos mandatos intercalados pese a su gran popularidad.
El país que ha dado el mejor ejemplo de nuestro tiempo es Chile. En 1994, cuando el presidente Aylwin debía descender del poder después de un mandato de sólo cuatro años, por única vez excepcionalmente breve porque así lo disponía la Constitución democrática después de Pinochet, no faltaron los cantos de sirena que le sugirieron cambiar la Constitución para hacerse reelegir como lo estaba haciendo en ese momento Menem. Fue quizá la única vez en que Aylwin, un caballero de pausados gestos, perdió la paciencia frente a quienes así lo tentaban. Desde entonces, y habiendo vuelto al mandato presidencial de 6 años sin reelección que preveía la Constitución, tanto el presidente Frei como el actual presidente Lagos se han ceñido con estricta disciplina a esos plazos. ¿Será por eso, será porque Aylwin prefirió ser un estadista fundacional antes que un caudillo, que Chile sigue creciendo y reduciendo la pobreza en forma ininterrumpida?
Al pasar por Buenos Aires, Aznar confirmó el mapa de ruta de los estadistas porque nos vino a decir, como Aylwin, que allí donde las instituciones son fuertes los presidentes son breves y que allí donde impera la ambición vitalicia de los caudillos se apaga, con el brillo de las instituciones, el horizonte de las naciones.






