Adiós al siglo XX
El siglo que hoy llega a su fin inventó las megalópolis. El siglo XXI tendrá que civilizarlas y convertirlas en hogar común
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SI aceptamos la cronología adoptada por el presidente Julio A. Roca hace exactamente cien años, el siglo XX habrá de clausurarse en la noche del día de hoy. Adiós entonces: despedida de un siglo y despedida de un milenio.
Desviemos por ahora la mirada del inmenso mural que ofrece el desenvolvimiento del segundo milenio de la era cristiana, y reflexionemos por un instante a la vera de las corrientes profundas que recorrieron el mundo en los últimos cien años. Ferrero decía que los grandes cambios podían acontecer con el estrépito político e ideológico que, por ejemplo, desencadenó la Revolución Francesa, o sobrevenir al influjo de unos fenómenos religiosos, culturales, científicos, industriales, tecnológicos y demográficos capaces de socavar las antiguas estructuras en silencio, por medio de acciones que no se perciben fácilmente.
Muchas de las despedidas de este siglo de la libertad y el miedo han rememorado el contraste abismal entre, por un lado, los hallazgos de la ciencia y de la tecnología y, por otro, la presencia constante del genocidio y de la muerte en masa. La paradoja de esta centuria es sobrecogedora: nunca se avanzó con tanto ahínco para prolongar la vida humana; jamás los poderosos fueron capaces de montar maquinarias de exterminio comparables a las que se enseñorearon de los campos de la muerte en todas partes.
¿Quién ganó, al fin, la partida en el siglo XX? ¿La vida o la muerte? Difícil ensayar una respuesta global en el plano político: el genocidio, en efecto, se desplaza por la geografía del planeta con la misma velocidad y fuerza destructora que revelaban tener las pestes hasta bien entrado el siglo XIX. Son hechos difíciles de refutar; pero si nos adentramos en el análisis de los fenómenos silenciosos de más larga duración, en el siglo XX la vida humana ha crecido con un formidable impulso.
El planeta ha franqueado la barrera de los 6000 millones de personas. Aquí, como en el caso de la muerte en masa, no hay ninguna época que registre un fenómeno comparable. En 1900, 1600 millones de habitantes poblaban la Tierra; en el año 2000 esa cantidad se ha multiplicado por cuatro. Una sola nación, China, alberga un número de habitantes (1300 millones) que se aproxima a la cifra global del novecientos; la India, por su parte, se empina sobre los 1000 millones.
Este crecimiento se aceleró después de la Segunda Guerra Mundial y alcanzó su pináculo hacia la década del setenta, cuando la población batió un récord de crecimiento del orden del 2,1% anual. Después, la marcha se hizo más pausada. En los años finales del siglo XX la población crece a un ritmo del 1,3% anual debido a dos circunstancias opuestas: las sociedades ricas en el hemisferio norte bajan drásticamente la tasa de fecundidad y prolongan la vida de sus habitantes, mientras las sociedades pobres de Medio Oriente y de Africa crecen en términos demográficos a una velocidad que algunos estudiosos europeos, con una mezcla de temor y menosprecio racial, no dudan en calificar de desaforado. Sociedades congeladas y sociedades fecundas: América latina ocupa en este cuadro una posición intermedia.
Esta desaceleración de un curso que se juzgaba inevitable ha modificado las previsiones demográficas para el siglo XXI. Hace treinta años los expertos especulaban con predicciones "malthusianas" acerca de un mundo futuro superpoblado, con 15.000 millones de personas; hoy los pronósticos prácticamente se han reducido a algo más de la mitad (8000 millones). Cuidado pues con la extrapolación mecánica de tendencias que, al cabo, arrojan conclusiones poco sustentables.
De todos modos, la visión de un mundo cuya población oscilará entre los 6000 y los 8000 millones no deja de ser impactante, en especial si se ubican estos promedios en relación con el explosivo crecimiento de las ciudades. Cuando comenzó el siglo XX, el mundo era predominantemente rural; cuando termina, el hábitat urbano ha reemplazado el paisaje rural. A diferencia de lo que ocurrió con el crecimiento demográfico, esta tendencia mundial se ha acelerado. La obertura del siglo XXI está marcada entonces por el vertiginoso desarrollo de las megalópolis.
Esta mudanza ha generado un cambio mayúsculo en las relaciones familiares y de género. De acuerdo con proyecciones de las Naciones Unidas, en el año 2015 treinta y seis megalópolis tendrán, cada una, poblaciones que rondarán los diez millones de habitantes. Estos gigantes del siglo XXI, distribuidos por todo el planeta, crecen según una lógica que no obedece exclusivamente al resorte vital del progreso económico, sino a una suerte de desplazamiento colectivo de la pobreza. Vale la pena enumerar algunas de estas megalópolis -pocas de vieja data y otras de reciente formación- porque allí habrán de jugarse muchos de los logros y fracasos de las próximas décadas: Nueva York y Los Ángeles, Buenos Aires, México, Lima, San Pablo y Río de Janeiro, París, Moscú, Estambul, Shanghai, Teherán, Manila, Bombay y Calcuta, Tokio, El Cairo y Lagos.
Prácticamente ningún continente queda fuera de este proceso. Las megalópolis son también globales, con la agravante de que esta nueva versión de la vida en sociedad habrá de reflejar, dentro de una misma estructura, los contrastes más ostensibles entre riqueza y miseria, fecundidad y envejecimiento, calidad ciudadana y desamparo social. Una megalópolis conforma de este modo un espacio que, al mismo tiempo, aproxima y distancia, que reúne y excluye.
Aunque no se lo quiera reconocer y sigamos pensando con las viejas categorías de una ciudad de pequeño o mediano tamaño, fraguada a la medida humana (las mismas que inspiraron el recorrido histórico de Henri Pirenne o de Max Weber), este estallido en la escala humana nos obliga a enfocar las cosas desde otro ángulo. El siglo XX inventó las megalópolis: el siglo XXI tendrá que civilizarlas y convertirlas en hogar común. Desafío enorme para las morales venideras, laicas y religiosas.



