
Ahora empiezan las profecías
Por Tomás Eloy Martínez Para La Nación
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HIGHLAND PARK, N. Jersey
En todo fin hay siempre la promesa de un principio, así como en toda profecía de apocalipsis hay siempre el anuncio de un paraíso futuro. La especie humana progresa por la razón, pero la fe es su más fuerte razón de vivir. Esa fe siempre instala en el horizonte alguna promesa, que se aleja a medida que avanzamos hacia ella. Estos últimos meses del siglo han sido caudalosos en profecías de toda índole: algunas tienen que ver con América Latina y tal vez no sea inútil recordarlas.
A fines de julio, un terceto de arqueólogos argentinos descubrió, al sudeste de la provincia de Salta, las ruinas de una ciudad llamada Talavera de Esteco. Cerca de allí, una tribu de gitanos profetizó hace cincuenta años que el hallazgo de la perdida Esteco debía coincidir con el nacimiento del Anticristo y con el fin de la historia humana. Las leyendas son generalmente falsas, pero es curioso verificar cuánto coinciden con otros datos de la realidad.
Cuando la tribu de gitanos profetas llegó a Tucumán, en agosto de 1949, se extinguía un invierno seco y ardiente: los cielos de la noche estaban siempre llenos de fuegos fatuos y de estrellas en fuga. Mientras los hombres de la tribu armaban carpas en las tierras baldías del sur y vendían allí desechos de automóviles, las mujeres gitanas se desplegaban por las calles del centro ofreciendo relicarios para atraer el amor, piedras de mica para defenderse de los enemigos y oráculos que leían en las palmas de las manos. Todos ellos hablaban del fin del mundo y de los horrores de Esteco, por cuyas ruinas habían pasado sin mirarlas.
Esteco, la ciudad maldita
El destino de Esteco está escrito en los libros más serios de historia colonial, aunque sin los adornos de la imaginación gitana. De modo tal vez deliberado, el relato de ese destino repite el de Sodoma y Gomorra: alude al mismo paisaje áspero y hostil, a los mismos pecados imperdonables de lujuria y orgullo, a la misma leyenda de la mujer que vuelve la cabeza por curiosidad y se convierte en una estatua de sal. Faltan los ángeles enviados por Dios para anunciar a Lot el fin de la ciudad maldita, pero -como tal vez fuera previsible- los gitanos de 1949 afirmaban que los ángeles eran ellos, y así lograban sacarle más dinero a la gente.
Hacia 1634, un obispo de apellido Maldonado escribió que la comarca de Esteco estaba "entre arenales y salitrales malditos": las casas se derrumbaban al compás de los abundantes temblores, y los indios morían en el empeño por rehacerlas. Un terremoto se llevó lo que aún quedaba y dejó en pie sólo una copla popular, que los gitanos de 1949 repetían como si fuera un rezo: "No sigas ese camino,/ no seas orgulloso y terco,/ no te vayas a perder/ como la ciudad de Esteco".
Tres décadas después oí en Caracas un vaticinio parecido: a fines de agosto de 1979, la estatua de piedra de María Lionza iba a echarse a volar hacia el mar desde su emplazamiento inconmovible, y ésa sería la señal para que una grieta se abriera en la montaña y las aguas del Caribe entraran en la capital, inundándola. María Lionza es una divinidad popular venezolana que cabalga eternamente sobre un hipogrifo aliviando a los pobres de sus enfermedades y sus penas. Y la entrada del mar en la ciudad -de la que está separado por una cadena montañosa de seis a siete kilómetros de ancho- ha pesado siempre sobre la imaginación de los caraqueños como una amenaza de fin del mundo.
Hace ya tiempo leí en un manual de la editorial Alianza, El año mil , de Henri Focillon, la sagaz idea de que la humanidad proyecta todos sus miedos hacia los años con números redondos -décadas, centurias o milenios-, lo cual convierte esas fechas en una angustia o en una esperanza perpetua. El Apocalipsis anticipa, como se sabe, la segunda venida de Cristo y el regreso de todos los hombres al paraíso terrenal perdido por Adán. El hallazgo de Esteco era el signo, para los gitanos de 1949, de que al fuego del final le sucedería una cultura de seres armoniosos e inmortales, inmunes al hambre y a la desdicha. A su vez, la profecía de Caracas indicaba que la invasión del mar pondría término a la vana opulencia petrolera, sepultaría las casas de los ricos _que están construidas a lo largo del valle, sobre la planicie o sobre las colinas más bajas_, y permitiría a los pobres de los rancheríos altos fundar una civilización igualitaria.
Las profecías de salvación son fatalmente irracionales y dejan en el aire muchas preguntas sin contestar, pero siempre tienen la virtud de ser ambiguas y de sugerir que, si no se cumplieron hoy, podrían cumplirse mañana. Algunos fanáticos impacientes aceleran el fin a su manera, ya sea afiliándose a sectas que proponen el suicidio en masa, como la de Waco, Texas, y la de Jonestown, en Guayana, donde ochocientos pobres de espíritu se envenenaron al mismo tiempo para "alcanzar la vida eterna". Otros regalan todo lo que tienen, como sucedió hace dos años con un millonario de Singapur, o se apoderan de todo lo que pueden, como tal vez le sucedió al ex electricista coreano Sun Myung Moon, que acumuló tres millones de adeptos en cien países y que proyecta reunirlos a todos en una Corea ilusoria que se convertirá, el día del apocalipsis, en la Tierra Prometida.
Los gitanos y Nostradamus
Hace algunas semanas oí repetir, en ciudades remotas de la Argentina, de México y de Colombia, una predicción que tiene más de cuatro siglos. Muchos de los que difundían el vaticinio desconocían su origen: el autor es Nostradamus, uno de los grandes videntes del siglo XVI, y el augurio corresponde al décimo poema de su libro de Centurias , estrofa 72. Cada quien puede interpretar a su manera lo que dice: "En el séptimo mes del año 1999/ vendrá del cielo un gran Rey del Terror:/ hará que resucite el gran rey de los mongoles./ Y Marte gobernará con felicidad antes y después".
Las últimas tres líneas son crípticas; la primera, en cambio, es inequívoca. El séptimo mes de 1999 es julio: la profecía, por lo tanto, no se ha cumplido. He oído, sin embargo, toda clase de confiadas interpretaciones. Una de las más literales supone que julio señala el nacimiento del Anticristo, que el lugar de ese parto es tal vez Mongolia, que el mundo será devorado por las guerras (Marte) y que después encontrará la felicidad.
Prefiero suponer que los gitanos de 1949 habrían encontrado alguna afinidad entre la profecía de Nostradamus y el hallazgo de las ruinas de Esteco. La especie humana está, ahora más que nunca, ávida de respuestas. Profetizar que habrá un fin del mundo es insuficiente, porque todo lo que alguna vez empieza fatalmente termina. Más inquietante es lo que proponen las Centurias y los demás textos apocalípticos: explicar que, en el curso de la historia interminable, todo lo que se pierde regresa. De otra manera, bajo otras formas, con otros lenguajes.
Al pie de las altas rocas de Sodoma, en el sur del Mar Muerto, hay cientos de estatuas de sal que evocan a la mujer de Lot, y ahora esa mujer es inmortal. En Esteco, las tablillas recuperadas por los arqueólogos aluden a una ciudad que perdió su esplendor pero no su leyenda. La imaginación del hombre está llena de profecías. Son tantas, que no hay por qué extrañarse cuando alguna de ellas se cumple.





