"Al enemigo, ni justicia": del dicho al hecho
Se atribuye a Perón el siguiente dicho: "Al enemigo, ni justicia". Perón utilizó esta frase recurrentemente en reuniones privadas y en declaraciones públicas, mientras se intensificaba el odio entre peronistas y antiperonistas, desde su caída en 1955 hasta su retorno al poder en 1973.
Decir que al enemigo no le corresponde ni siquiera la justicia es la definición misma de la barbarie política. En una sociedad políticamente civilizada, en cambio, el que está enfrente deja de ser un "enemigo" contra el cual todo vale para convertirse en un "adversario" con el cual se compite bajo el imperio de reglas de juego cuya aplicación queda a cargo de un juez independiente. La frontera que separa a una sociedad política civilizada de una sociedad bárbara es, precisamente, la supremacía de un orden justo por encima de los contendientes.
Lo que más importa analizar hoy, cuando la tragedia de Santa Cruz nos pone otra vez frente al desafío de la violencia, no es, sin embargo, el "dicho" de Perón repetido desde los años cincuenta hasta los años setenta, sino lo que pasó, en los dichos y en los hechos, a partir de él. Cuando volvió a la patria y al poder, cuando se abrazó con Balbín, reconciliándose a través de él con el antiperonismo, fue el propio Perón quien cambió el signo de la política argentina volviéndola otra vez civilizada. Fue entonces también cuando, al decir que "el que gana gobierna y el que pierde ayuda", Balbín convirtió al peronismo y al antiperonismo en adversarios en vez de enemigos, reabriendo la esperanza democrática.
Lo que abren los sucesos de Santa Cruz, cuando el salvaje asesinato del oficial Sayago en Las Heras hasta fue justificado por el piquetero Kuperman, ¿es acaso una confirmación de esa esperanza democrática? ¿O es el regreso de la frase que el propio Perón había desautorizado? ¿Hacia dónde se encamina hoy, entonces, la política argentina? ¿Hacia la profundización de la democracia fugazmente recobrada en 1973 o hacia el cíclico regreso de la barbarie?
Recaídas
Ya el general Roca en 1913, cuando el país se abría a la esperanza en una democracia plenaria a partir de la ley Sáenz Peña, había advertido sobre que tendríamos que tener mucho cuidado, porque la barbarie vuelve una y otra vez entre nosotros como una maleza difícil de extirpar. No hay que olvidar en tal sentido que la época dorada de la civilización política argentina que imperó de 1853 a 1930, trayéndonos de paso la grandeza económica, había sido precedida por cuarenta años de anarquía, caudillos, luchas civiles y dictadores a los que, precisamente, las generaciones de 1853 y 1880 habían logrado superar.
¿Por cuánto tiempo? Por poco tiempo. En 1930, reapareció el militarismo, seguido por el fraude conservador y, desde 1943, por la prepotencia del primer Perón. En 1973, con el abrazo histórico entre Perón y Balbín, pudo pensarse que la civilización había vuelto para quedarse. Pero ¿qué pasó después de la muerte del general al año siguiente? Que el odio al enemigo que habían traído y al fin superado los peronistas y los antiperonistas volvió bajo una forma aún más cruel entre los montoneros y los militares, un odio que tiñó de sangre la década del setenta y cuyos residuos siguen envenenando todavía nuestra vida política.
¿Qué fue entonces el abrazo de Perón y Balbín de 1973? ¿El inicio de un nuevo ciclo venturoso o sólo el intervalo lúcido de un país que, en el fondo de su alma, sigue expuesto al virus de la barbarie? A la trágica luz de lo que ha pasado esta semana en Santa Cruz, ¿cuál de las dos Argentinas se impondrá definitivamente? ¿La bárbara o la civilizada? De la respuesta que obtenga esta pregunta dependerá nuestro desarrollo político y económico en el largo plazo.
La contradicción
Cuando llegó al poder en 2003, el presidente Kirchner vino acompañado por una contradicción que se manifestó a cielo abierto esta semana. De un lado, participaba del credo de "al enemigo, ni justicia", esta vez en su versión montonera. Así como los militares expusieron su interpretación de la fatídica "verdad" de este dogma en los años setenta, matando a mansalva a los montoneros sin juicio previo, el Presidente lo dio vuelta por completo de 2003 en adelante, descabezando sin justificación alguna a una cúpula militar impecable desde el punto de vista democrático en su primer acto de gobierno y alentando después purga tras purga de las fuerzas policiales, a veces justificadas y a veces masivas, así como eximiendo de contención legal a las fuerzas piqueteras que le son adictas.
Por otro lado, sin embargo, Kirchner es el jefe del Estado y no puede permitir como tal el asesinato a mansalva de un policía desarmado, como ocurrió en Las Heras hace pocos días.
Las Heras mostró en estos días que la contradicción se agudiza. De un lado, Kirchner envió a Santa Cruz a la Gendarmería, en una decisión que reivindica por sí misma la presencia del Estado democrático frente a los perturbadores de la violencia. Pero del otro pronunció las siguientes palabras: "La policía santacruceña, desarmada y democráticamente, tuvo un comportamiento absolutamente correcto. Rescato el hecho de que por primera vez en muchísimos años no se puede decir que la policía fue culpable ni mucho menos. Es un caso contrario a otros que han pasado en tiempos recientes en la Argentina".
Estas declaraciones son inquietantes. Erigen como ideal, por lo pronto, el de una policía desarmada frente a agresores armados. ¿El rol de la policía es acudir sin armas frente a asesinos armados? ¿El rol del policía, para ser alabado por el Gobierno, es entonces dejarse matar? ¿El mejor policía es el policía muerto?
¿O el rol ideal del policía, dejando atrás el de la policía "brava" y sin límites, es, por el contrario, el de una policía armada y prudente, defensora de la ley frente a los agitadores violentos, provengan ellos de donde provinieran? El Gobierno debería reflexionar seriamente en estos días sobre el ideal policial. Porque no hay dos sino tres opciones: matar fuera de la ley, dejarse matar impunemente o actuar enérgicamente cuando sea necesario, pero siempre bajo la contención y el límite que impone la ley.
Más temprano que tarde, el presidente Kirchner tendrá que optar. Nadie quiere que volvamos a los días de la represión policial o militar. Pero nadie puede querer tampoco, comenzando por el propio Presidente, que la fuerza quede en manos de los violentos. Esta es, para Kirchner, la hora de una definición sin ambivalencias.
Cuando algunos policías mataron a Kosteki y Santillán en 2002, este hecho criminal le costó políticamente a Duhalde la presidencia y, judicialmente, una larga condena a los asesinos policiales. ¿Será posible ahora que a los asesinos del oficial Sayago los cubra el sospechoso manto de la impunidad? ¿Otra vez, entonces, "a los enemigos, ni justicia"?
El dilema de Kirchner no viene a ser otro, en suma, que el de la Argentina histórica, entre la civilización y la barbarie. Mientras algunos puedan pretender todavía que al que está enfrente no le corresponde ni la justicia porque en la Argentina no hay adversarios sino enemigos, la larga sombra de la barbarie política seguirá proyectándose sobre nuestra convaleciente democracia.


