
Al-Zarqawi: el nuevo terrorista más buscado del mundo
Acusado de ser el hombre detrás de la insurgencia iraquí y de liderar las decapitaciones de rehenes, hoy, para Washington, es acaso más buscado que Osama ben Laden
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AMMAN, Jordania.- Hace diez años, según recuerdan sus compañeros de prisión, Abu Musab al-Zarqawi asomó como el prepotente jefe de su pabellón. En la dinámica brutal de la vida carcelaria, eso significaba asignar tareas.
"Solía ordenarles a unos que trajeran la comida y a otros que limpiaran el piso", recordó Khalid Abu Doma, que estuvo en prisión junto con Zarqawi por conspirar contra el gobierno jordano. "No tenía -añadió- grandes ideas. Pero los demás le prestaban atención porque le tenían miedo".
De acuerdo con funcionarios norteamericanos, Zarqawi ha recorrido un largo camino desde la época en que intimidaba a sus compañeros de prisión y ahora en que representa la mayor amenaza terrorista en Irak, acusado de organizar y ordenar ataques guerrilleros, atentados suicidas, secuestros y decapitaciones.
Las opiniones de los funcionarios norteamericanos sobre la relación de Zarqawi con Al-Qaeda han variado. El secretario de Estado, Colin L. Powell, lo ha descripto como un activista de Al-Qaeda, pero un oficial superior de las fuerzas armadas norteamericanas hace poco afirmó que las fuentes de información ahora indicaban que Zarqawi era "un partidario de la guerra santa que actuaba por separado".
Zarqawi sigue siendo un blanco singular. Las fuerzas norteamericanas intensifican los ataques aéreos contra edificios de lo que se cree que son sus refugios en Fallujah y han elevado la recompensa por él a 25 millones de dólares, la misma cifra ofrecida por Osama ben Laden.
Por todo eso, Zarqawi sigue siendo un fantasma, y poco se sabe acerca de su paradero o sus operaciones.
En Jordania, donde causó una impresión que caló hondo en la gente mientras trepaba por la escalera de los grupos fuera de la ley, ciertos amigos y allegados describieron cómo gestó su actividad militante. Señalaron que Zarqawi creció en circunstancias desenfrenadas y se volcó a la religión con el mismo fervor como su afición a la bebida y su afán de lucha, aunque lejos estuvo de convertirse en un cerebro gris revolucionario y tan sólo fue un fanático de pocas luces cuya vehemencia le otorgó cierto carisma.
Esos individuos, que conocieron a Zarqawi hasta que desapareció en las sombras terroristas de Afganistán hace cuatro años, reconocen que podría haber cambiado. Pero sostienen que aunque el hombre que conocieron podía ser capaz de exhibir una gran brutalidad, les cuesta mucho imaginarlo como el faro de la insurgencia iraquí.
"Cuando escribíamos cosas negativas sobre él en la revista que hacíamos en la cárcel, nos atacaba a golpes de puño", recordó Yousef Rababa, que estuvo en prisión junto con Zarqawi por su actividad militante. "Sólo podía hacer eso. No es como Osama ben Laden, con ideas y capacidad visionaria. Zarqawi no tenía visión alguna", añadió.
Zarqawi, presuntamente de 37 años, creció rápidamente y en medio de dificultades en Zarqa, una ciudad industrial plagada de delitos y situada al norte de Amman, a la que se conoce como la Detroit de Jordania.
Desde su casa de cemento y de dos pisos, Zarqawi contemplaba las sierras jaspeadas de chimeneas. Provenía de una familia pobre con tiene siete hermanas y dos hermanos. Su padre era un sanador tradicional. Su madre debió luchar contra la leucemia. Su nombre de nacimiento fue Ahmed Fadeel al-Khalayleh.
Sus amigos de la infancia dicen que era un chico como tanto otros, que jugaba a la pelota en calles de tierra, no se destacaba en la escuela y no concurría a menudo a la mezquita. Pero le gustaba pelear. "No era tan corpulento, pero era valiente y arrojado", expresó uno de sus primos, Muhammad al-Zawahra.
A los 17 años, según sus parientes, abandonó la escuela. Ciertos amigos dijeron que había comenzado a beber mucho y a tatuarse el cuerpo, ambas prácticas vedadas por el Islam. Según informes de inteligencia jordanos revelados a la Associated Press en Amman, Zarqawi fue encarcelado en los años 80 acusado de abuso sexual, aunque no se suministraron detalles adicionales.
Cuando tenía 20 años, según recordó su familia, andaba a la deriva, y como otros jóvenes árabes en pos de una causa, enfiló hacia el noreste, a Afganistán.
Saleh al-Hami, uno de sus cuñados que, como muchos ex guerrilleros que combatieron en Afganistán, tiene una larga barba renegrida y una pierna ortopédica, indicó que Zarqawi llegó a Khost, en el este de Afganistán, en la primavera de 1989 para sumarse a la guerra santa contra los soviéticos. Pero llegó tardíamente. Los soviéticos se acababan de retirar, de manera que en lugar de empuñar un arma Zarqawi optó por escribir. Se hizo periodista para una pequeña revista que proclamaba la causa de la guerra santa, la publicación Al Bonian al Marsous, que significa algo así como "El muro poderoso". Tenía 22 años, una contextura mediana y brillantes ojos negros, y deambulaba por la zona rural entrevistando a combatientes árabes para saber acerca de las gloriosas batallas en las que no llegó a combatir.
Cuando conoció a Zarqawi, Saleh al-Hami estaba convaleciente en un hospital después de haber pisado una mina terrestre. Ambos estrecharon su amistad y Hami tiempo después se casó con la hermana menor de Zarqawi. Cierta noche en la que acampaban en una cueva, según recordó Hami, Zarqawi comentó que había tenido un sueño especial. Dijo que había visto una espada que caía del cielo con la palabra jihad (guerra santa) grabada en la hoja.
Zarqawi regresó a Zarqa en 1992 y se incorporó a un grupo islámico militante llamado Bayaat al Imam, o Lealtad al Imán. Fue arrestado en 1993 después de que las autoridades jordanas descubrieron bombas y fusiles escondidos en su casa. Su abogado señaló que Zarqawi torpemente le comentó a los investigadores que había hallado esas armas mientras caminaba por la calle. "Nunca me pareció un tipo inteligente", expresó el abogado, Mohammed al-Dweik.
Zarqawi fue enviado a la prisión de Swaqa, al borde del desierto. Fue recluido junto con otros presos políticos en una sala común con literas de hierro empotradas. Sus compañeros de celda expresaron que Zarqawi convirtió en una cueva el espacio donde estaba empotrada su cama, cubriéndola con frazadas. Pasaba horas inclinado sobre un ejemplar del Corán, tratando de memorizar sus 6236 versículos.
Sus amigos dicen que eso era típico de él. Cuando bebía, lo hacía al extremo. Cuando se ponía violento, era extremadamente violento.
Solía andar de un lado a otro vestido como afgano, con un típico sombrero de lana afgano, y vivía y respiraba viejas batallas afganas. "En ese entonces, le gustaban los norteamericanos, y solía decir que eran cristianos y creyentes", sostuvo Khalid Abu Doma. Los soviéticos eran sus principales enemigos, pero eso, como muchas otras creencias, iba a cambiar entre rejas. En el pabellón que ocupaba Zarqawi, las ideologías estaban en pugna. Pero sus compañeros de prisión señalaron que Zarqawi se apartaba de la política. En cambio, levantaba pesas que, como recuerdan otros presos, había fabricado con estructuras metálicas de las camas y latas de aceite rellenas de rocas.
Pasaban los años, y los brazos y la caja toráxica de Zarqawi se tonificaban, como también su influencia. Asignaba los turnos de limpieza, de comida, y de visitas al médico. No hablaba mucho. La mayoría de aquellos a quienes se les pidió que lo describieran durante ese período comenzaron diciendo la palabra "jad", que significa "serio".
De acuerdo con sus compañeros de prisión, su firmeza atraía y su aire reservado y distante era su poder. En 1998, cuando Basil Abu Sabha, un médico de la prisión, se reunió con él, Zarqawi claramente estaba a cargo.
"Tan sólo con la mirada podía ordenar a sus partidarios que hicieran tal o cual cosa", afirmó el médico.
Sus criterios religiosos se volvieron cada vez más estrictos. Se habían estado cociendo a fuego lento en un caldo de creencias militantes preparadas por los imanes y jeques que ocupaban las literas más próximas a él. Descargaba su ira contra sus compañeros de prisión si leían otra cosa que no fuera el Corán. "Deletreaba mal Dostoievsky y en sus notas abundaban los errores de ortografía", recordó risueñamente Abu Doma.
Sus compañeros de prisión expresaron que más o menos en ese año, 1998, mientras el movimiento Al-Qaeda surgía como una seria amenaza y lo culpaban de los dos atentados contra sendas embajadas norteamericanas en Africa, Zarqawi comenzó a hablar acerca de matar norteamericanos. En marzo de 1999, Zarqawi fue liberado merced a una amnistía para presos políticos. Ciertas personas que lo conocían dijeron que seguramente lo esperaba de nuevo la cárcel.
"Debido a sus puntos de vista, no había lugar para él en Jordania", explicó Rababa refiriéndose a que ese país, moderado y mayormente secular, no era un sitio indicado para un extremista. En cuanto a sí mismo, Rababa agregó que había encontrado un lugar en Jordania porque sus ideas habían madurado. "Pero para Zarqawi -prosiguió Rababa- todos eran sus enemigos".
Zarqawi tenía esperanzas de llevar una vida normal, según Hami, quien comentó que tenía por lo menos dos hijos y pensaba comprarse una camioneta y poner una verdulería. "Se veía que estaba confundido", agregó Hami.
A principios de 2000, Zarqawi se trasladó a Peshawar, Paquistán, en la frontera con Afganistán. Es una ciudad profundamente religiosa, y eso lo atrajo. Incluso llevó consigo a su envejecida madre.
Pero en el umbral de la guerra santa, Zarqawi titubeó. "Sostenía que en Afganistán combatían musulmanes contra musulmanes y que no creía en la causa. Además, le gustaba el aire de Peshawar y pensaba que era un buen lugar para que viviera su madre", añadió Hami.
Los familiares de Zarqawi afirmaron que era muy apegado a su madre, y que le besaba la frente cada vez que entraba a la casa. Mientras resolvía lo que iba a hacer, su visa paquistaní expiró. Más o menos en ese período, Jordania calificó a Zarqawi de sospechoso en una frustrada conspiración terrorista contra un lugar al que acudían peregrinos cristianos. "A esa altura, ya no tenía adónde ir", recordó Hami. "En junio de 2000 -continuó- Zarqawi ingresó en Afganistán, solo. Su madre había muerto de leucemia en febrero a los 62 años, y su último deseo fue que su hijo, antes que ser capturado, muriese en combate. Funcionarios de inteligencia norteamericanos informaron que Zarqawi inauguró un campo de tiro vinculado con Al-Qaeda a fines de 2000 en el oeste de Afganistán. Allí adoptó su nombre de guerra, Zarqawi, como referencia a sus pagos de Zarqa. También anunciaron que Zarqawi fue herido en un ataque con misiles, después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001.
Fuentes de inteligencia de los Estados Unidos señalaron que, posteriormente, abandonó Afganistán, donde había tomado una segunda esposa, y se dirigió a una zona del norte de Irak. En febrero último, oficiales norteamericanos en Bagdad difundieron una carta de 6700 palabras en la que detallaron la estrategia terrorista para arrastrar a Irak a la guerra civil y que, según dijeron, había sido hallada y transcripta de un CD que Zarqawi había enviado a la jefatura de Al-Qaeda.
El 11 de mayo apareció un video titulado "El jeque Abu Musab Zarqawi masacra a un infiel norteamericano", y que muestra la decapitación de Nicholas Berg, el joven empresario de Pensilvania. Funcionarios norteamericanos piensan que el verdugo fue el propio Zarqawi.
Pero allá, en Amman, existen interrogantes. El verdugo que aparece en el video corta con la mano derecha. Aunque Hami dijo que pensaba que Zarkawi era diestro, tanto Rababa como Abu Doma, que compartieron con Zarqawi la misma celda durante varios años, insistieron en que solía usar la mano derecha sólo para comer y para estrecharla.
© LA NACION y The New York Times
Traducción: Luis H. Pressenda





