Alarma helada. La Antártida, en riesgo
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Lo blanco como impoluto, lo blanco como símbolo de la pureza y de una áspera naturaleza perdida también se juega en la Antártida, uno de los sitios del planeta menos contaminados por el Homo sapiens (aunque sí crecientemente contaminado) junto con algunas zonas del fondo del mar aún inaccesibles. Pero, como se puede sospechar después del paréntesis de la oración anterior, de a poco le llega su hora. Ese lugar casi mítico, objeto de deseo de exploradores y aventureros, resguardado de la codicia de las naciones y legalmente a salvo gracias al Tratado Antártico primero (firmado en 1959) y luego por el Protocolo de Madrid (en 1991) parece necesitar todavía más protección legal y efectiva. Y no sólo para mantenerlo por altruismo hacia las especies animales que se adaptaron a sus rigores, sino también por el más humano de los egoísmos: es famosa la cuenta de 2013 que concluyó que si se pierde todo el hielo allí acumulado el nivel del mar subiría cincuenta y ocho metros, y entonces habrá que recordar en fotos a Londres, Miami, Bombay o Buenos Aires. Desde luego, esa misma brutal cantidad de agua congelada -26,5 millones de kilómetros cúbicos- hace que no parezca un escenario para la semana que viene. Sin embargo, el cambio climático es un enemigo que asombra a los científicos por la velocidad acelerada que exhibe y el temor es que se retroalimenten efectos, se quiebren barreras y la situación se descomponga, digamos: se deshiele.
Cambios a la vista
En el último siglo la temperatura promedio de la base Marambio, quizá la más famosa de las trece que posee la Argentina, aumentó 4°, según informa Sebastián Marinsek, jefe de departamento de glaciología del Instituto Antártico Argentino, cuando el aumento de la temperatura promedio global desde 1850 es de apenas un grado: la Antártida es uno de los tres sitios que más se calienta de todo el globo (junto con el Ártico y una zona del Pacífico Norte). "También están cambiando los patrones de circulación de vientos y de precipitación. El hecho de que llueva menos también ayuda a que los glaciares pierdan masa", dice el hombre que va a la Antártida casi como una rutina de verano desde 2008 e incluso pasó un año entero allá. Marinsek advierte de cambios que son perceptibles al ojo desnudo: "Antes había muchas más tormentas, y hacía en general mucho más frío", explica.
Respecto del aumento del nivel del mar, lo preocupante son los glaciares que están sobre tierra, ya que los que están en el mar aun derretidos no aumentarían su nivel (aunque sí generarían otros efectos negativos). "Los modelos climáticos más alarmantes se están quedando cortos. El retroceso de glaciares es generalizado, de hasta el 90%, y el agua está más caliente de lo que se pensaba", dice Cristian Lagger, investigador del Instituto de Diversidad y Ecología Animal de la Universidad de Córdoba, que estuvo cinco veces en la Antártida y está a punto de viajar por sexta vez para estudiar los organismos bentónicos (en criollo, la vida del fondo del mar). Cuando visitó la base chilena Yelcho se registraron temperaturas que se esperaban para 2100. "Perder hielo no sólo es perder el paisaje, sino también su influencia sobre procesos biológicos complejos que desconocemos", dice.
Algunas mediciones
Una de las consecuencias es que se abren áreas que estaban cubiertas y ahora van a quedar expuestas para que sean colonizadas por vida que nunca había estado tan al Sur, como ya ha pasado en algunos lugares investigados por argentinos. "Nadie sabe cómo van a reaccionar los sistemas y puede haber efecto cascada, lo que es gran parte del problema". Como Marinsek, Lagger afirma que los cambios se ven a escala humana, no sólo a través de mediciones hípertecnológicas, que también existen. "Hay pedazos de tierra nuevos y hasta islotes que no se habían visto nunca", grafica Lagger, respecto de algo que asimismo señala el periodista Federico Bianchini en su notable y algo claustrofóbica crónica Antártida. 25 días encerrado en el hielo (Tusquets, 2016). Otro elemento para la ecuación es que los glaciares derretidos, que contienen agua dulce, provocan cambios en la salinidad del mar, lo que a su vez modifica cualidades de los ecosistemas.

¿Qué tan grave es la situación? "No es grave hoy. Lo que pasa es que hay potenciales fuertes si se derritiera masivamente el hielo; hay glaciares que están cambiando mucho y perdiendo mucha masa. Son escalas tan grandes que es improbable un desastre generalizado, pero es cierto que si llegara a pasar el daño sería inmenso", añade Marinsek, que explica que el continente tiene dos partes, oriental y occidental. La oriental está en equilibrio o se está enfriando inclusive. La occidental es la que muestra más cambios y está perdiendo masa: "Hay barreras de hielo que están sufriendo muchos cambios, ése es el foco de investigación ahora". Al menos, así era hasta que los primeros días de diciembre se dio a conocer una oportuna investigación de la NASA que advierte que también el sector del Este tiene sus problemas; por ejemplo, el enorme glaciar Totten y otros a su alrededor en la remota Bahía de Vincennes. "El cambio no parece producto del azar sino más bien algo sistemático", señaló Alex Gardner, un glaciólogo de la NASA, durante la conferencia de prensa en la que se anunciaron hallazgos todavía sujetos a más análisis. La agencia espacial estadounidense realiza una serie de monitoreos que van desde los obviamente satelitales hasta la misión Ice Bridge, que consta de un avión equipado con láseres que sale durante la temporada estival todos los días desde Punta Arenas (al sur de Chile) a realizar sus heladas mediciones. Aun así, la disminución de los campos blancos (todavía) es menor que en la Antártida occidental, esa cuya península apunta hacia la Argentina. ¿Quizá el hecho de que se crea que la otra mitad de la Antártida está bien se debe a la falta de monitoreos por su misma inaccesibilidad? No está claro. "Por supuesto, estos cambios ahora detectados por NASA son de interés, aunque tienen algún grado de incertidumbre. Igual, mi pensamiento es que, a grandes rasgos, la parte oriental se encuentra más estable", redondea Marinsek.
Las marcas humanas
Más allá de análisis finos, el frenético cambio climático no es el único daño potencial para la blancura antártica. Un trabajo de investigadores del Conicet, encabezados por Martín Manetti y Julieta Pepino, mostró la presencia allí del plaguicida endosulfán, un contaminante orgánico persistente que se acumula en la cadena alimenticia. El endosulfán es tan tóxico que fue prohibido en la Argentina casi al mismo tiempo que los científicos iniciaron su campaña hacia la Antártida para medir su concentración en 2011. Debido a que en la Antártida, desde luego, no existe cultivo alguno, lo más posible es que hayan sido los vientos los responsables de depositarlo desde la Patagonia y la región pampeana. Otra investigación de Greenpeace, dada a conocer hacia mitad de este 2018, encontró también en la nieve antártica trazas de microplásticos (de cinco milímetros o menos de diámetro) y otras sustancias químicas peligrosas, posibles desechos de la industria pesquera, con la casi obvia conclusión de que finalmente las consecuencias de la actividad humana llegaron al más recóndito de los lugares del tercer planeta alrededor del Sol.

¿Y qué pasa finalmente con el turismo, así como con los científicos y militares que viven o van los veranos en números de a miles? ¿No generan basura y arrastran contaminación? En los veinte años que van desde 1996 a 2016, la cantidad de turistas se multiplicó por más de cuatro (de 9.000 a 44 mil). Muchos de ellos, llegados en cruceros por los que hay que pagar varios miles de dólares, y a los que se les pide que tomen precauciones como no fumar ni comer en tierra durante las excursiones. Para Adrián Silva Busso, investigador en hidrología y geología antártica del Instituto Nacional del Agua, la contaminación de las bases antárticas es, en todo caso, un problema menor. "La verdad es que se respeta tanto el Tratado de la Antártida como el Protocolo de Madrid, se va a hacer ciencia y se va a mantener el ambiente. Por lo cual, la contaminación es por accidentes en alguna zona de bases o por algún tipo de contaminación a escala planetaria que puede alcanzar el continente blanco por dinámica atmosférica. La contaminación hallada es puntual y de baja intensidad", afirma Silva Busso, quien también conoce de primera mano el continente. Aunque reconoce que hay bases que hoy resultan viejas desde el punto de vista de la tecnología de reconversión de residuos; por ejemplo, la argentina Marambio, históricamente más problemática que las otras, o la norteamericana McMurdo, construida en la década del cincuenta. Respecto del turismo, el geólogo afirma que debe estar debidamente controlado y reglamentado. "Hay que aplicar multas muy fuertes cuando los turistas se escapan del redil, porque si van a pingüineras lejos del control de las bases es un problema. Quizá haya que controlar más por satélite el derrotero de los barcos", dice. (Como curiosidad, Silva Busso es de los poquísimos científicos que duda del origen humano del cambio climático, pero sí da en la tecla a la hora de explicar cómo se produce la pérdida de hielo: "Hay que tener presente que no son procesos continuos; no es como un horno que se prende, no funciona así. Son eventos de pulso, donde hay períodos de mayor y menor temperatura: se contraen y se expanden. Para verlo, hay que registrarlo a los largo de años, lo que desgraciadamente supera los períodos de registro").
Voces de alerta
"Hay sitios del planeta que deben permanecer silvestres, sin que los destruya la actividad humana", dijo Thom Yorke, el cantante de Radiohead, tras dar a conocer en octubre pasado Hands off the Antártica (Saquen las manos de la Antártida), una canción que compuso como parte de una campaña de la organización ecologista Greenpeace para crear un santuario de casi 2 millones de kilómetros cuadrados (unas seis veces la provincia de Buenos Aires). "Lo que suceda en la Antártida nos afectará a todos, por eso es que debemos protegerla", rubricó el autor de Creep. El actor Javier Bardem es otra de los rostros visibles de la defensa de un continente al que visitó en reiteradas oportunidades. Se sabe: las caras famosas arrastran focos de atención y por contigüidad se logra llamar la atención ante problemas que de otro modo permanecerían a oscuras. Otra de las acciones para resguardar a la Antártida es la del proyecto Pristine Seas, de National Geographic. Lanzado en 2008, investiga y busca soluciones para los lugares del mar que aún mantienen alguna cualidad prístina, como indica su nombre. Alex Muñoz, director para América Latina del proyecto, cuenta en particular qué pasa en el continente blanco: "La Antártida es de los últimos territorios que van quedando lejos de la explotación humana. Sí hay actividad comercial de pesquería de krill y merluza negra (o bacalao de profundidad). Hay que tener cuidado y resguardar ese lugar con bajo impacto ambiental y regular más las actividades que se puedan hacer". Por eso también su apoyo a la creación de áreas protegidas. "Sería muy importante para hacer que estos ecosistemas sean más resilientes frente al cambio climático, especialmente por el retroceso de los hielos. Y asegurar que ciertas especies puedan seguir disponibles: que el krill, alimento de ballenas y aves, siga existiendo; si disminuye mucho, estas otras especies se quedan sin alimento".
Según el artículo siete del Protocolo de Madrid no se pueden hacer actividades mineras en la Antártida, al menos hasta 2048, cuando se ponga el acuerdo en revisión. Con el establecimiento de áreas protegidas [el santuario reclamado por Greenpeace finalmente no se creó] se evitaría la intrusión de barcos pesqueros, lo que sobre todo preservaría al mencionado krill. Y, quizás, las focas, pingüinos y ballenas puedan mantener su bella casa (blanca) en orden.








