
Albert Speer: arquitectura en el infierno
Un documental de la televisión alemana, en el que participaron los hijos del célebre arquitecto de Hitler, reveló documentos que prueban la complicidad de Speer con el exterminio de los judíos
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BERLIN.- "Si en Nuremberg hubiéramos sabido lo que sabemos ahora, usted habría sido ahorcado", le dijo Simon Wiesenthal a su interlocutor, quien sólo contestó con un embarazoso silencio. Sucedió a fines de los años setenta. Frente al hombre que había hecho de la caza de nazis la misión de toda una vida, estaba Albert Speer, arquitecto personal de Hitler y ministro de armamentos del Tercer Reich en la segunda parte de la guerra. "No dijo nada porque sabía que yo tenía razón", habría relatado en 1998 Wiesenthal al historiador Gregor Janssen.
Condenado a veinte años por el tribunal que juzgó los crímenes de guerra nazis, Speer quedó como la figura más misteriosa e intrigante del régimen hitleriano. Muy cercano al Führer, como ningún otro (según la intuición del gran historiador Joachim Fest, estaba ligado a Hitler por "una relación platónica homoerótica"), fue partícipe de todas sus elecciones. Y sin embargo, estaba muy lejos de la iconografía física e intelectual del Tercer Reich. Culto y de buen aspecto, elegante y de modales refinados, mientras que los otros eran truculentos y endemoniados, Speer parecía verdaderamente "el ángel venido del infierno", como lo definió Wolf Jobst Siedler, editor que publicó sus memorias después de la salida de la cárcel de Spandau.
Nuremberg había sido su obra maestra. Asumiendo la responsabilidad general por los crímenes del Tercer Reich, el único entre todos los jerarcas, Speer se había instalado en el papel de tecnócrata seducido por Hitler, pero negó, sin embargo, cualquier tipo de compromiso personal en el exterminio de los judíos y convenció a los jueces de que no había sabido nada del Holocausto. A su favor, en verdad, hubiera podido reivindicarlo el haber desobedecido a Hitler la orden de quemar tierras, lo que contribuyó a salvar parte de las estructuras industriales de Alemania.
En el momento de la conversación con Wiesenthal, Speer todavía parecía estar protegido, ante el imaginario de los alemanes, por el manto de nazi iluminado. Fue necesario un exorcismo nacional, en forma de documental televisivo en cuatro entregas, seguido por millones de personas, para terminar definitivamente con un mito capaz de resistir otro medio siglo. Emitido la semana pasada por Ard, la primera cadena pública alemana, "Speer und Er" (Speer y él) es un extraordinario trabajo de investigación en el que no sólo se obtuvieron testimonios personales de estudiosos sino también de los hijos de Speer, con los cuales el director Heinrich Breloer restituyó a la historia un retrato completo de Speer, sin las ambigüedades del pasado.
Documentos encontrados por la historiadora Susanne Willems y presentados en la cuarta entrega prueban, por ejemplo, sin sombra de duda, que ya en mayo de 1943 Speer fue informado de lo que realmente estaba sucediendo en Auschwitz. En ese período, de hecho, el ministro había enviado a dos de sus colaboradores, Desch y Sander, al campo de exterminio de Polonia para tener un cuadro de situación. Allí fueron informados por el comandante Rudolf Höss de que "en el último período, el objetivo del lager (campo de concentración) había sido hallar una solución final para la cuestión judía". Poco después de la conversación con Höss, los dos enviados realizaron una visita guiada a todo el complejo Auschwitz-Birkenau y las investigaciones de Willems permitieron asegurar que ese mismo día, novecientos judíos polacos, recién llegados del gheto de Sosnowiec, fueron enviados a las cámaras de gas y luego incinerados en hornos. "En esos días -explicó Willems- el hedor a carne quemada invadía todo el campo y nadie podía evitarlo."
Desch y Sander, por lo tanto, tuvieron una experiencia directa del genocidio que se estaba llevando a cabo. Al volver a Berlín realizaron un relato completo a Speer, contándole sobre el "Sonderbehandlung", el "tratamiento particular" como se llamaba a los exterminios en masa, y le señalaron, entre otras cosas, "la edificación primitiva" de Birkenau. Pocos días después, por pedido del jefe de la SS, Heinrich Himmler, el ministro de armamentos autorizó el envío de miles de toneladas de hierro para la ampliación del campo de Birkenau. En los documentos, firmados por Speer en persona, se repiten las palabras "crematorio, cámaras mortuorias, torres de guardia".
Breloer también hace pedazos otra mentira de Speer. En el campo de concentración de Mittelbau-Dora, los trabajadores esclavos eran obligados a cavar galerías subterráneas, no tenían un lugar donde dormir ni sanitarios y ni siquiera un rancho. Trabajaban hasta caer muertos. Speer siempre había sostenido que después de haber visitado el complejo y haber visto a esos cadáveres vivientes había ordenado rápidamente la construcción de nueva barracas. Gracias a las investigaciones llevadas a cabo por el historiador Jens-Christian Wagner, el documental demuestra que esa orden nunca fue impartida.
El film contiene también episodios ya conocidos pero insertos en un contexto más convincente, como la conversación entre Hitler y Speer -interpretados magistralmente por Tobias Morelli y Sebastian Koch-, en la que el arquitecto expone su idea de expulsar de sus casas a 75 mil judíos berlineses, cuya única culpa era habitar a lo largo del eje Norte-Sur previsto por Alemania para la proyectada capital del Reich milenario. Edificios que la megalomanía de Speer quería a ras del piso. ¿Había pensado realmente, como sostuvo, que un día retornarían aunque fuera a otras casas? La imagen de miles de valijas "olvidadas" en los andenes de las estaciones de Grünewald y de Wannsee es la respuesta más escalofriante. "No era sólo un engranaje del mecanismo -comenta el director- era el motor, la fuerza que arrastraba a las deportaciones. Speer era el terror."
"Es verdad, podría haber sabido" fue la fórmula con la que el gran fabulador engañó a los jueces de Nuremberg. "Nos llevó a todos de la nariz", comenta en el film Albert Speer, junior, el hijo que lleva su nombre y que tiene la misma profesión, actualmente empeñado en la realización del masterplan de Shanghai.
Albert, su hermano Arnold, que es médico, y su hermana Hilde, ex diputada verde en el parlamento de Berlín, son los verdaderos héroes del film de Breloer. Allí los vemos, en filmaciones de la época, acariciados por el tío Adolfo en la terraza del Obersaltzberg. Y luego, hoy, aceptando por primera vez el enfrentarse públicamente con la figura del padre, leyendo ante la cámara documentos inéditos donde entre otras cosas llegamos a saber que Speer compró por muy poco dinero un terreno expropiado a los judíos en 1938, poco antes de la Noche de los Cristales, que luego vendió en 1943 con una ganancia de 240 mil marcos.
"Siempre aparece algo nuevo; esto no lo sabía", afirma, abatida, Hilde, quizá la que más sufrió su condición de hija del predilecto de Hitler.
"Mi padre fue para mí como un fantasma, no he tenido un padre -admite Albert- que a propósito de las mentiras contadas por su progenitor sobre Auschwitz comenta: "Es imposible imaginar que no supiera".
Sesenta años después de la caída del nazismo el trabajo de Breloer ya es considerado otro paso decisivo en la llamada "Vergangenheitsbewältigung", la confrontación con el pasado. Pero, esta vez, el objeto de reflexión no era simple de manejar, tan densa era la cortina de ambigüedades y el hechizo que el mismo Speer había logrado crear a su alrededor: "Con este film -dice Michael Jeismann, del Frankfurter Allgemeine- queda claro ahora para todos que Speer ha sido una especie de figura ideal del alemán en la República Federal, encarna el mito de las personas con las mejores cualidades que fueron obligadas a las peores cosas. Ahora finalmente se levanta el telón." Y así termina la leyenda: ya no más el ángel llegado del infierno, sino el diablo que en el infierno habrá encontrado un lugar muy confortable.
Traducción: María Elena Rey
© LA NACION y Corriere della Sera




