Alberto Gerchunoff en LA NACION

José Claudio Escribano
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2 de marzo de 2000  

Llegué a La Nación seis años después de la muerte de Alberto Gerchunoff. Todavía se prolongaban con fuerza los ecos de sus anécdotas numerosas, la fama de su genio temible en la réplica -de la que Manuel Mujica Lainez dejó constancia escrita-, el comentario sobre la prosa deslumbrante de las notas necrológicas que tanto contribuyeron a cimentar su celebridad.

Ninguno de esos obituarios llevó su firma, pero el estilo penetrante, abarcativo, lujoso, del gran periodista, constituía un sello de origen inocultable para quien alguna vez hubiera leído alguna de sus líneas. Comenzó a escribir en La Nación en 1907, pertrechado con una cultura enciclopédica que impresionaba, tan enjoyada la prosa como podía derivarse de la influencia modernista de Rubén Darío, y tan ingeniosa y jocunda como lo suscitaba el realismo de Roberto Payró -su maestro y amigo- en El casamiento de Laucha .

No sé de otro gran periodista en el historial de La Nación -aparte de Augusto Mario Delfino, el autor de Fin de siglo y Márgara que volvió de la lluvia - cuya formación haya sido esencialmente el resultado de una disciplina ensimismada, individual, de lecturas cuantiosas y dispersas, tan ajena a las aulas, pero tan robusta, de tal universalidad que asombraba. Tanto en las columnas periodísticas como en el libro o la tribuna, su saber ahondaba en los más diversos temas: desde las dudas y los amores de Baruj Spinoza hasta la confianza de los positivistas en el progreso indefinido; desde la cábala y el talmudismo inspirador del pueblo de Israel hasta la política argentina y las cuestiones que ocupaban el escenario internacional. Nada era ajeno a la sensualidad con la que devoraba conocimientos, incluidos, naturalmente, los de la buena cocina, que dominaba como gourmet pero ante la cual al final se rendía, según se comprueba en su exaltación del glorioso puchero criollo, que La Nación destapó una vez más, como homenaje oportuno,en el suplemento Cultura del domingo último.

¿Qué otro podría haber escrito aquel perfil memorable de Hipólito Yrigoyen, cuando la desaparición del caudillo, en 1933, que concluía diciendo que "la muchedumbre que estuvo a su lado lo verá todavía a través de lo que le atribuye, a través de la fábula con que le embelleció para embellecerse"?

¿O cuántos podrían haber hecho, en un solo trazo, esa pintura desoladora, abismal, que exponía en su naturaleza más profunda las debilidades de Manuel Azaña, el intelectual que, después de haber sido presidente de la República Española durante la guerra civil, habría de morir, retraído del mundo, en el exilio de Colonges-sous-Saleve, Francia, en 1940: "...y mientras España se convulsionaba y el presidente lidiaba con partidarios, con circulillos, con comités, amargado y agobiado, de noche recogía en trazos sabrosos o satíricos, de una impasibilidad que evidencia una rara abstracción de lo que ocurría a su alrededor, detalles sobre personajes, con gracejo displicente o cruel, como si fuera un testigo desinteresado del drama del cual era el protagonista"?

Huellas reveladoras

En no pocos casos, Gerchunoff empujaba hacia el lector menos avisado la pista sobre su autoría, al dejar, al pie del artículo necrológico, el lugar y la fecha de nacimiento de la personalidad en la que había faenado vigorosamente, velozmente, con pluma que penetraba con la precisión con que el cirujano eximio maneja el escalpelo. Con pluma, porque así como en la era electrónica sobrevive en tal o cual redacción, en una suerte de repositorio arqueológico, una que otra máquina de escribir disimulada entre tantas computadoras personales, Gerchunoff nunca consiguió en su tiempo _y seguramente nunca se lo propuso_ pasar de la etapa holográfrica a la etapa de la Underwood servicial, a la que se confiaban casi todos los colegas. Dos linotipistas del diario se habían especializado en interpretar y llevar al plomo la letra enrevesada con la que había ido llenando, entre manchones de tinta, las cuartillas el autor de Los gauchos judíos y El hombre que habló en la Sorbona .

Salvo, tal vez, el caso de Juan S. Valmaggia, el subdirector del diario al que me tocó suceder, nadie dejó, al menos para nuestra generación, huellas tan reveladoras de una personalidad desbordante, de un periodista tan asombrosamente dotado para el oficio elegido, como el hombre de cuya fallecimiento hoy se cumplen cincuenta años. Cuando La Nación completó, en 1979, el traslado de su viejo edificio de la calle San Martín al que actualmente ocupa, en Bouchard, traje conmigo, de la pequeña sala de editorialistas que ocupaba entonces, los testimonios del paso por ese ámbito sobrecogedor de tres figuras que han dado esplendor al diario y a la literatura americana: un busto tallado en madera de Rubén Darío, que había escrito entre esas paredes después de 1895, y dos retratos; uno, de Gerch, según el apodo amistoso; otro, de çlvaro Melián Lafinur, el poeta de elegante figura, primo de Borges y artífice de la vinculación inicial de éste con La Nación .

Todos los días tengo a la vista, por la madera y la fotografía, a esos predecesores eminentes de los actuales periodistas de La Nación . Activan la memoria luminosa e irrefutable de los niveles de excelencia que alcanzó hace largo tiempo la prensa argentina, y este diario en particular, mucho antes, por supuesto, de que comenzaran a divagar por el mundo, con novedades que truecan de un año a otro, las legiones de gurúes sobre cómo hacer los periódicos exitosos del mañana.

Borges (*) recuerda a un Gerchunoff escéptico y -con una ironía tan mordiente e incontenible como la de Heine, uno de los héroes predilectos de Gerchunoff- dice que sin embargo tenía, aunque en menor grado que el "intransitable" Lugones de La guerra gaucha , fe en el diccionario, como que habría llegado a escribir -exagera- casi todas sus palabras. Más que el escepticismo, creo que los datos dominantes en Gerchunoff eran los de la identificación con una profunda libertad de espíritu, que a su juicio nadie encarnaba mejor que El Caballero de la Triste Figura, y con una esperanza indeclinable en la reconciliación del hombre con el hombre, tan propia de quienes están libres de prejuicios.

Pertenencia a dos pueblos

El autor de Entre Ríos, mi país -o sea, el terruño amado de la crianza-, Argentina, país de advenimiento y, el más conocido de sus más de quince títulos, el ya nombrado Los gauchos judíos , sentía gratitud inmensa por la tierra que lo había acogido. Nada, sin embargo, calmaba con suficiencia su alma desgarrada ante la discriminación inferida, en tantas partes del mundo, al pueblo en diáspora en el que se hundían sus raíces.

Cuánta quejumbre transmite Gerchunoff cuando habla de Scholem Aleijem, el gran escritor ruso de origen judío, que llevó a su cumbre la lengua yiddish: "La humanidad, y particularmente la humanidad rusa, le recordaba, minuto tras minuto, que pertenecía a una porción segregada del conjunto, que se reconocía en el rasgo fisonómico, en el dialecto, en la hopalanda pringosa, en el rito, en el patrimonio heredado de la divinidad". Y cómo no vincular esa quejumbre con la confesión íntima de su propia pertenencia a dos pueblos, cuando escribe: "El gueto se extinguirá algún día. Los que lo presentimos queremos sorberlo en su paulatina agonía. A menudo, en la madrugada, después de un día de identificación honda con la universal vida cristiana de la metrópoli y del país, siento una morbosa necesidad de gueto. Es cuando me sumerjo en el café de Corrientes donde, entre el disturbio de los vasos de té y los pleitos del barrio, contemplo la traslación aluvional de ese mundo fabuloso y extraño. La misteriosa atracción de la judeidad se satisface en mí como si regresara de un viaje a Varsovia, a Bucarest, a Odesa".

Al salir del diario, el 2 de marzo de 1950, cayó muerto, a los pocos metros, en la esquina de San Martín y Sarmiento. Llevaron el cuerpo inerte a la Asistencia Pública de la calle Esmeralda, situada, justamente, al lado de la casa en la que se había suicidado, en enero de 1939, Lisandro de la Torre, el político que más admiraba, el mismo del cual había dicho que el pueblo "acabó por comprenderlo cuando ya no se hallaba en situación de llevarlo a la victoria".

El mayor hacedor de iconografías periodísticas que haya conocido la Argentina del siglo XX podría haber comentado, con su causticidad caudalosa, que una celebridad había pasado horas sin ser reconocida en la Asistencia Pública de Buenos Aires, que era desde antiguo el establecimiento médico municipal previsto para intervenir en situaciones de emergencia. Así fue. Borges precisa que por un detalle de sastrería se pudo saber al final de quién se trataba.

En Errata , un libro de reflexiones íntimas, George Steiner contrapone el "todos le debemos a Dios una vida", de Falstaff, al más abstracto, más seco -y también, es cierto, más despiadado y desalentador- "todos le debemos a la muerte una vida", de Aquiles. No sé cómo Gerchunoff saldó la deuda que cada uno debe pagar en algún momento del camino, pero recuerdo que Elie Wiesel, en su diálogo en libro con François Mitterrand, mitiga la conjetura al decir que para un judío es más importante el principio que el final, porque para él el comienzo constituye una necesidad fundadora. La muerte de Gerchunoff fue, sin duda, intempestiva, fulminante, desordenada, como si algo, tal vez la manera de elaborar la decisión final, hubiera de quedar paradójicamente, cruelmente, en borrador en la formidable trayectoria de este perfeccionista en la reconstrucción de vidas ajenas y, por añadidura, orador y conversador incomparable.

Gerchunoff decía que "la conversación es, para todo judío de alguna cultura, la primera de las bellas artes".

Había nacido en Proskurov, Ucrania, el 1º de enero de 1884.

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