
Aldea global, pero sin desigualdades
Por Antonio Arcuri Para LA NACION
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E evidente la necesidad de debatir y concebir un nuevo orden mundial en el marco de la globalización. Los recientes cambios en la estructuración objetiva del mundo han contribuido a que se perciba la globalización como un proceso homogeneizador en el que convergen tres aspectos: un modelo económico, un pensamiento y un estilo de vida. En el orden mundial predomina la globalización, en tanto que en el interior de los países se habla de la desaparición o fragmentación del Estado. Por un lado, una supuesta democratización internacional y, por otro, mayores niveles de marginación y desigualdad en las sociedades.
Las manifestaciones que irrumpieron en Seattle, Quebec o Génova lograron no sólo llamar la atención sino, por lo menos, incorporar en la agenda de discusión que las negociaciones de las potencias sean públicas y tengan transparencia.
El pensador italiano Gianni Vattimo afirma con relación al proceso de globalización que el objetivo de este modelo de "pensamiento único y políticamente correcto", como eligieron llamarlo franceses e ingleses, habría debido conducir a una nivelación entre pobreza y riqueza. Sin embargo, Vattimo se pregunta: "¿Cómo se explica entonces que en los últimos veinte años la diferencia entre los más ricos y los más pobres haya aumentado? De ese modo nuestra sociedad parece dirigirse a una sociedad de los dos tercios. Dos tercios de las personas tienen bienestar y el otro tercio no tiene nada".
Y puede ser más grave aún cuando en el interior de los países más relegados esos tercios se invierten.
Estamos frente al dilema de la globalización, que nos obliga a aplaudir las virtudes pero inevitablemente a reparar en las feroces injusticias. En la última reunión de Davos (según la CNN, "el mayor tanque de pensamiento del mundo"), cuyo lema fue "Crear confianza", el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, exigió "un comercio justo que se caracterice por su reciprocidad". Allí mismo, el presidente Eduardo Duhalde advirtió que la globalización corre peligro no como fenómeno de integración sino como diseño de políticas impuestas del centro a la periferia. El mexicano Vicente Fox, por su parte, reclamó un "nuevo humanismo económico".
Los dueños del capital
En el Sur, mientras tanto, en el III Foro Social Mundial de Porto Alegre, casi 6000 movimientos, en representación de 160 países y con la mirada atenta de 4000 periodistas, debatieron sobre la necesidad de una distribución de la riqueza más equitativa. El Foro Social, que el año próximo tendrá su sede en la India, revela que otra realidad existe y que el hambre no se mitiga con redes tecnológicas de última generación ni con capitales golondrina.
El Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, que fue asesor del presidente Bill Clinton, viene siendo un crítico mordaz de los técnicos y las recetas impuestas por el Fondo Monetario Internacional, que, según su visión, siempre han intentado aplicar a rajatabla los tres pilares del Consenso de Washington: austeridad fiscal, privatizaciones y liberalización de los mercados. Stiglitz cuestiona esa política de clisé: "Los países occidentales forzaron a los pobres a eliminar las barreras comerciales, pero ellos mantuvieron las suyas".
De modo que el mal no es la globalización en sí misma, sino la unilateralidad. No se trata de pulverizar al capitalismo, que, por otro lado, carece de alternativas, sino de guardar un equilibrio conveniente y en el caso de la Argentina es indispensable ejercerlo entre el Estado y el mercado.
Al respecto, Stiglitz opinó sobre la recuperación argentina. "La cuestión es sencilla -dijo-: los verdaderos recursos de la Argentina, su gente con su enorme talento y capacidad, su tierra fértil, sus bienes capitales, siguen ahí. Lo que la economía necesita es una reactivación, y la política del Gobierno debe centrarse en esa tarea. La comunidad internacional puede ayudar a la Argentina abriendo sus puertas a las mercancías de ese país, tomándose la retórica del libre comercio en serio."
Los acuerdos de Bretton Woods, con controles de capital y regulación de divisas, y que dieron origen al FMI y a préstamos para reconstrucción y fomento, quedaron en el arcón de los recuerdos. Los mercados financieros se liberalizaron, se eliminaron las restricciones al movimiento de capital y se desregularon las divisas.
Noam Chomsky sostiene que ahora nos enfrentamos a un doble electorado: el de los votantes y el de los especuladores. Los dueños del capital hacen referendos continuos de las decisiones gubernamentales y si éstas no son de su agrado ejercen veto atacando la moneda del país o retirando el capital.
Ricos y pobres
Hemos cabalgado durante una década sobre una ilusión. Ahora asistimos a los efectos de la segunda gran mundialización de la economía y de la tercera revolución tecnológica, basada en la informática, el capital financiero y el control de los mercados. El saldo no es auspicioso para los países que alguna vez constituyeron el Tercer Mundo. Una vez más, la brecha es entre Norte y Sur, entre países ricos y países pobres. Ahora, entre economías industrializadas y economías emergentes, según el eufemismo moderno para caracterizar a un país subdesarrollado.
La aldea global nos permite la integración, eliminar fronteras, acercar culturas, incrementar el comercio, incorporar nuevas tecnologías. Los beneficios en la ciencia, la salud y la tecnología son innegables. Pero la llamada "cruel aldea global" tiene desigualdades. El 88 por ciento de todos los usuarios de Internet vive en países industrializados que sólo representan el 15 por ciento de la población mundial. El sur de Asia, con el 20 por ciento de la población mundial, tiene menos del uno por ciento de la población global de Internet. Africa, por su parte, donde viven 740 millones de personas, cuenta solamente con 14 millones de líneas telefónicas y sólo un millón de usuarios de Internet.
En el apogeo de la globalización, en la década del 90, muchos argentinos creyeron, como describió Abel Posse, en un "automatismo benefactor" del mercado y del orden macroeconómico y mercantilista. Durante esos años la Argentina abandonó sus tradiciones y se transformó en un país adhesivo.
¿Qué nos impone a los argentinos el dilema de la globalización? Exigir la modificación de los términos del intercambio y consolidar urgentemente un poder regional con base en el Mercosur. "Latinoamérica para los latinoamericanos", auspició Juan Domingo Perón. La sentencia cobra hoy una magnitud que sólo pudo ser advertida por un estadista de su talla.
En 1948, el presidente argentino declaró a un diario del Brasil: "Estoy por la constitución inmediata de una unión aduanera sudamericana, a fin de que formemos un bloque económico capaz de discutir sobre un pie de igualdad con las grandes masas económicas que se constituyen en otras latitudes. Es necesario que los latinoamericanos unan sus esfuerzos". Como dice Posse, de lograrse lo vaticinado por Perón "Brasil, la Argentina y esa eventual Unión Latinoamericana serían la primera potencia del hemisferio sur y la cuarta región de mayor potencia mundial después de los anglosajones, Europa Occidental y el eje China-Japón".
En este mundo globalizado por los capitales, sobran las expectativas, pero falta lo elemental para las regiones más castigadas. Reflexionemos con seriedad y urgencia. Si no unimos nuestros pueblos en objetivos comunes -esto es, consolidar el Mercosur-, corremos el riesgo de quedar colgados del mapa, perder la condición de ciudadanos y convertirnos únicamente en consumidores, con la penosa consecuencia de que muchos, finalmente, sólo puedan "consumir vidrieras".






