
Alejandra Grinschpun y Laureano Gutiérrez, el revés de la trama de la infancia callejera
Durante 12 años siguieron las vidas de varios chicos de la calle, en un documental que cuestiona preconceptos y políticas de niñez
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Se bambolean sobre los techos de los trenes, merodean en las calles, se arremolinan entre los autos. Generan temor, compasión, molestia. Muchas -demasiadas veces- se desdibujan en el vértigo urbano, una parte más del paisaje de la ciudad. En otras ocasiones -demasiado escasas, quizá- alguien mira a un grupo de chicos de la calle y se pregunta: "¿Cómo serán sus futuros?".
Ésa fue la pregunta que, en el verano de 1999, se hicieron Alejandra Grinschpun y Laureano Gutiérrez. La respuesta llegó con el documental Años de calle, que proyectan estrenar comercialmente el mes que viene y que en sí mismo es toda una experiencia. Porque implica algo tan inédito como el seguimiento, durante 12 años, de un grupo de chicos callejeros. Y porque, para obtener los recursos para la presentación en salas (el film ya tuvo su recorrido festivalero), se lanzó una convocatoria de financiamiento colectivo a través de la plataforma digital Ideame que, a 13 días de vencerse, ya recaudó el 73% del monto requerido.
La realidad de la infancia excluida no les resulta extraña a los realizadores: Gutiérrez trabajó doce años en el Caina, un centro de atención a chicos en situación de calle de la ciudad de Buenos Aires, e integró su equipo de dirección entre 2004 y 2010. Grinschpun dictaba un taller de fotografía en la misma institución. Pero la realización del documental, que prosiguió incluso luego de que ambos se desvincularan del Caina, les posibilitó una perspectiva distinta. "En general, lo que tenés con estos pibes es una imagen fija, como fotográfica -describe Grinschpun-. El que está en la calle, el que robó y está preso, la chica que tiene 18 años y cuatro hijos? Y punto. Nos parecía que era imprescindible hacer algo para comprender los recorridos de esas vidas. Por eso nos planteamos filmarlos de chicos, de adolescentes y en el ingreso a la adultez." De las nueve historias que comenzaron a seguir en 1999, seleccionaron cuatro para la versión final del documental. En ellas se traslucen diversos tópicos: los vínculos familiares, la femineidad en la calle, el cruce con el delito, la búsqueda de recursos. Y, por sobre todo, un eje, el de la inclusión/exclusión, que, salvo alguna excepción, los termina condenando.
Iniciativas desarticuladas
"No tenemos una hipótesis de por qué unos logran salir de la exclusión y otros no -comenta Gutiérrez-. Ahí hay una gran incógnita. Lo que sí puedo decir es que cada una de estas historias tiene un momento crucial en el cual, si el entramado social hubiera sostenido, esa vida cambiaba. No hablo de un gran conglomerado de políticas públicas: simplemente, de adecuar recursos existentes para que estén disponibles en el momento indicado. Tenemos un Estado que ha recuperado cierto protagonismo y sectores privados que recuperaron inversión. Si recorrés lugares como CABA, provincia de Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Mendoza, ves que se están haciendo cosas. Pero no hay articulación. No la hay entre CABA y la provincia de Buenos Aires, y en muchas ocasiones, tampoco entre ministerios. No se observa un mejor trabajo para que lo que se hace en Educación tenga que ver con lo que se implementa en Salud o Desarrollo Social, y eso se ensamble con las políticas de vivienda. Pese a que a veces conectar iniciativas no cuesta dinero."
Atomización de las políticas en general y de los programas destinados a la pobreza en particular: allí apunta la mayor crítica de Laureano, quien tiene a mano dos ejemplos muy concretos, ambos salidos de Años de calle. "Gachi, una de las protagonistas del documental, no pudo sostener el trabajo que había conseguido porque no obtuvo una vacante para enviar a su hija de dos años a un jardín maternal. Sólo eso, la posibilidad de esa vacante hubiera hecho una enorme diferencia. Esto ocurrió en 2011 en la ciudad de Buenos Aires. No estamos hablando ni de los peores años de la crisis ni de una urbe desfavorecida."
Su otro ejemplo es Andrés, que en 1999, a los doce años, mostraba a las cámaras los cartones donde dormía con una sonrisa plena, infantil, divertido ante el juego que creía estar jugando. Pero a los 26, sin registro fílmico -el documental ya había terminado- un Andrés decididamente ajado salía de la cárcel y sólo dos personas lo estaban esperando: sus antiguos referentes del Caina. "Él cometió un grave error -rememora Gutiérrez-; atentó contra la propiedad privada. Cumplió un castigo, estuvo 10 años preso. Pero cuando salió de la cárcel lo único que tenía era su libertad. Nada más. Ahí fallamos. Falla el Poder Ejecutivo, el Legislativo, el Judicial. Falla todo el entramado social que tendría que estar preparado para que ese pibe, ya devenido adulto, no estuviera ese día sin herramientas para enfrentar lo que se le venía fuera de la cárcel."
En algún punto, la situación de calle tiene que ver con lo etario, comentan los realizadores. Cuando vivir "en casa" implica vivir hacinados, sin trabajo ni recursos, la calle aparece como "proveedora", un espacio donde realizar el pasaje de la infancia a la adolescencia. "De hecho, en su mayoría, cuando estos chicos se hacen adultos no siguen viviendo en la calle -observa Gutiérrez-. Lo cual no implica que les vaya mejor."
"En situación de pasillo"
La infancia callejera es, en definitiva, un modo de transitar la infancia pobre. Por eso, cuando las crisis arrecian, también crece la población de chicos callejeros. Gutiérrez recuerda que entre 2002 y 2003 el Caina -que siempre funcionó como centro de día- llegó a recibir unos 1200 chicos por mes. Hoy, la presencia de menores de edad deambulando por la ciudad parece haber disminuido. Un fenómeno que probablemente responda a varias causas. "Trabajé unos años asesorando a la Secretaría de Desarrollo Social de Quilmes y noté algo que faltaba en los tiempos en que trabajaba en el Caina -se explaya Gutiérrez-. Esta Secretaría empezó a trabajar con los pibes en la plaza de Quilmes, y logró, ayudando a las familias con algún plan, por ejemplo, que algunos volvieran a sus barrios. Algo muy puntual que, entre 2011 y 2012, hacía que estos chicos no dejaran Quilmes para irse a la ciudad de Buenos Aires. Hay otros lugares, como Morón, que también se han fortalecido. Y está la Asignación Universal por Hijo o, en los barrios, la militancia multipartidaria, que volvió a trabajar lo territorial. Estas iniciativas van ayudando". En la vereda de enfrente, el especialista coloca la irrupción de la pasta base o paco: "Dividió, por ejemplo, a los chicos que pueden acercarse voluntariamente al Caina y los que no pueden con su cuerpo. Estos últimos son los chicos «en situación de pasillo», los que se quedan en la villa consumiendo, y no salen de eso".
Ser niño y ser pobre implica estar inmerso en todo tipo de violencias, simbólicas y de las otras. Familias que deben dejar sus barrios porque algún vecino las amenaza a los tiros, duchas que no se pueden usar porque el agua que sale de ellas viene con aceite, padres que están en prisión, hijos que en su momento también lo estarán, chicos que en la calle encuentran la comida (o las zapatillas o la camaradería) que en su casa tiende a faltar. La violencia se convierte en un lenguaje cotidiano que horada, insidioso, cada vínculo. Tanto como, con la misma intensidad, resisten ciertos núcleos de dignidad y afecto. "En el documental accedimos a modos de entender la maternidad, la familia y la crianza desde la exclusión mucho más similares a los que nosotros, los incluidos, esperábamos encontrar -cuentan Gutiérrez y Grinschpun-. Sobre estos chicos suele decirse: son diferentes. Mentira. Pelean y buscan lo mismo que el resto. Las herramientas de las que disponen y el entramado que los rodea son lo diferente."





