
Alemania, hora cero
Por Ralf Dahrendorf Para LA NACION
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LONDRES
El 8 de mayo siempre me trae recuerdos de 1945 porque, para mí, el fin de la guerra fue realmente una hora cero.
Cuando los primeros soldados soviéticos avanzaron por nuestra callejuela de un suburbio al oeste de Berlín, supimos que la gran matanza estaba llegando a su fin. Regresaría mi padre, encarcelado en Brandeburgo por haber pertenecido a la Resistencia. Yo no tendría que esconderme, como venía haciéndolo desde mi salida de un campo de concentración de la Gestapo, a comienzos de febrero. De algún modo, empezaría otra vida.
Pero primero vino el caos. Los nazis se habían marchado y las potencias ocupantes no habían organizado todavía ningún tipo de administración. Todos fuimos a saquear los comercios locales. Aún conservo los libritos de poesía romántica que aquel Ralf de dieciséis años se llevó de una librería. Las tropas de ocupación andaban alborotadas. Escaseaba la comida. A mi padre lo sacaron de la cárcel, lo trasladaron directamente al centro de Berlín y le ordenaron organizar el suministro de energía eléctrica a la ciudad. Tuvo que crear una oficina literalmente de la nada. Por un tiempo, no hubo energía ni transporte ni forma alguna de vida organizada.
¿Era la derrota o la liberación? El interrogante para los alemanes era: ¿liberados para qué? ¿Hacia dónde vamos a partir de aquí?
Cinco semanas después, estaba de vuelta en la escuela. Llevaba un pase especial como “víctima del fascismo”, pero otros ostentaban la Cruz de Hierro que habían ganado en los últimos combates. Algunos eran refugiados del Este; muchos habían quedado sin hogar a raíz de los bombardeos aéreos; casi todos lamentaban la pérdida de seres queridos.
Aunque parezca casi increíble, tres años después, una reforma monetaria y las subsiguientes políticas liberalizadoras pusieron en marcha lo que daría en llamarse el “milagro económico alemán”. Más exactamente, así empezó el milagro económico de Alemania Occidental. En la zona de ocupación soviética, el progreso fue lento y, sobre todo, acompañado de un nuevo sojuzgamiento. En cambio, las potencias occidentales aplicaron una política de delegación controlada del poder de decisión. En vez de limitarse a predicar la democracia, la practicaron y pudieron cimentarla en las tradiciones germanas.
Desde luego, todo esto no fue mera benevolencia de los ocupantes. También fue el resultado de la incipiente Guerra Fría y el deseo de ambos bandos de consolidar “su” parte de Alemania. Aun así, debemos aprender algunas lecciones de este proceso.
Dos de ellas merecen ser mencionadas. Una es económica y tiene que ver con el Plan Marshall. La democracia echa raíces más fácilmente si la situación económica mejora. Se pueden aplicar políticas estimulantes –como lo hizo Ludwig Erhard–, pero conviene tener algún capital inicial. En esto, fue decisivo el Plan Marshall de ayuda norteamericana.
La otra lección es moral y más difícil. Los juicios de Nuremberg pusieron al descubierto la culpabilidad de los jerarcas nazis, pero Alemania emprendió el camino que la alejaría de la hora cero sin preocuparse por su pasado.
Muchos describieron la época de Adenauer, iniciada en 1949, como una “restauración”. Demasiados personajes nazis de poca monta habían conservado sus puestos. El país se limitó a desentenderse de su pasado y salir adelante. Años después, Alemania se abocó a resolver su pasado, y lo hizo muy bien.
Nada iguala en horror al pasado nazi. De ahí que resulten engañosas las comparaciones. No obstante, cabe decir que desde 1989 Polonia ha seguido un camino similar: primero vino la renovación; después, el intento de reconciliarse con el pasado. Esta forma de encarar la hora cero de una nación es mejor que el método inverso.
En Europa, el 8 de mayo de 2005 es, pues, una ocasión para echar una mirada retrospectiva, a la vez pesarosa e iracunda. También para mirar hacia delante, orgullosos de nuestros logros de las últimas décadas y, por tanto, esperanzados.
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)





