Aníbal Fernández, un pelotazo en contra
En la semana más sangrienta en el conurbano y en Rosario, el ministro de Seguridad marcó desde Twitter la escuela de las hijas de Nik
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Fue hace veinte años. Dirigía una revista dominical que circulaba con los principales diarios del interior y encargué una nota de tapa sobre los últimos años de Ronald Reagan como presidente de los Estados Unidos, cuando el Alzheimer ya lo minaba al punto de que se perdía dentro de la Casa Blanca.
Busqué un título bien ganchero que sonara a best seller o a película: “El presidente que perdió la cabeza”. Cuando se publicó recibí una opinión negativa y al rato llegó otro comentario idéntico. Enseguida cayó uno más muy parecido. No había WhatsApp ni redes sociales todavía, así que las quejas llegaban por mail y más lentamente por correo. Me bastó que fueran cuatro o cinco los mensajes con la misma objeción para darme cuenta de que me había equivocado. Eran de allegados a personas que sufrían ese mal y que sentían lastimada su sensibilidad por mi título. No importa que no hubiese sido mi intención, sino lo que había provocado. Nunca me perdoné esa falta de empatía.
Los seres humanos estamos expuestos a cometer errores. Pero si tenemos la humildad de enmendarlos, podemos aprender de ellos para evitar repetirlos. Si nos negamos a ese aprendizaje, nos exponemos a reiterarlos una y otra vez. Y así nunca podremos mejorar.
Esta larga digresión inicial viene a cuento del episodio que ocupó gran parte de la semana que se fue: no ya el desafortunado tuit que Aníbal Fernández le dedicó a Nik, sino, más grave aún, su empecinamiento posterior en tratar de convencernos de que estuvo bien y de que no tuvo las intenciones que buena parte de la opinión pública le atribuyó.
El dibujante de LA NACION fue uno de los tantos miles que criticaron que el gobierno bonaerense subsidiara los viajes de egresados. El ministro de Seguridad, que es un pertinaz guapo patrullador de las redes sociales, le respondió (aunque el mensaje no era para él) aludiendo indirecta, pero muy enfáticamente al colegio de las hijas de Nik, que, según el alto funcionario, también recibe subsidios (algo que desmintieron autoridades del establecimiento). El ministro no solo no estaba bien informado, sino que equipara la financiación parcial a la educación formal con regalar viajes en procura de votos, mientras hay escuelas bonaerenses que se caen a pedazos.
Pero lo más inquietante no fue eso, sino poner en evidencia, en el contexto de la polémica áspera que fogoneó el ministro, cuál es la escuela en la que se instruyen dos menores, solo porque le tiene fastidio a su padre y, encima, pretender presentar todo como un supuesto debate. Para aliviar su culpa dijo que eso era de público conocimiento porque Nik había hecho varios dibujos de ese colegio (obvió el significativo detalle de que eran de circulación interna de esa comunidad educativa). Y aun cuando se supiera –cuesta creer que todo el mundo estuviera tan al tanto de ese dato, como intentó convencer el funcionario– que lo traiga a colación un poderoso malhumorado es una invitación a que loquitos sueltos pasen a la acción. Un comportamiento propio de un barrabrava virtual. Un modus operandi que Fernández viene utilizando desde hace tiempo varias veces al día con sus enemigos reales e imaginarios.
A un ministro tan luego de Seguridad –en una semana particularmente sangrienta en el conurbano bonaerense y en Rosario, en los que debió concentrarse en vez de pavear y mostrarse pendenciero en Twitter– no puede escapársele que ya pulula demasiado odio en las redes sociales como para que, siendo un alto referente del oficialismo, le parezca bien echar más nafta al fuego, lo que habilita a huestes de trolls y jetones obsecuentes a ir contra Nik, su objetivo final.
Tampoco sirvieron sus falsas disculpas al dibujante. “Si lo tomó como una amenaza le pido perdón” pone el error en la víctima, como si Nik fuese una persona descentrada, que desvaría.
El peronismo les tiene especial alergia a los humoristas. El ataque a Nik no es casual. En los años 50, Niní Marshall debió exiliarse; en los 70, prohibieron el programa de Tato Bores y clausuraron la revista Satiricón y ya en este siglo Cristina Kirchner atacó al gran Menchi Sábat.
“Él vive agraviándonos y nadie le dice nada”, barruntó el ministro. ¿Se refería a Nik o a Gaturro? Fernández empieza a parecerse a “Aníbal, un pelotazo en contra”, el personaje de Juan Carlos Calabró, pero sin ninguna gracia.
Confesó Fernández que hacía inteligencia sobre la producción tuitera de Nik porque guarda las capturas de sus micromensajes, aunque no aclaró con qué fin.
Al negarse a hacer un sincero mea culpa de su comportamiento, criticado hasta desde sus propias filas, Aníbal Fernández no solo nos notifica que no aprendió nada del lamentable episodio, sino que comunica tácitamente que está dispuesto a persistir por ese camino. “No me arrepiento”, porfió. Persevera y serás peor.









