
Apología del cambio de talante
Por Luis Gregorich Para LA NACION
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LA palabra, ligeramente arcaizante, parece haberse puesto de moda en los últimos tiempos. Para el Diccionario de la Real Academia, el talante es, en primer lugar, "el modo o manera de ejecutar algo", y después "semblante o disposición", o bien "voluntad, gusto". La etimología es la misma que la de "talento": del griego tálanton , del que deriva el latín talentum . Ambos vocablos designaban una moneda de oro. En una conocida parábola evangélica, unos servidores pudieron hacer fructificar, dándoles buen uso, los talentos o monedas de sus amos, mientras que otros, menos cumplidos, se limitaron a enterrar esos tesoros, con lo que su valor se congeló. De allí quizá provenga la acepción de talento como "capacidad y dotes naturales", que sin embargo sólo se usó en español a partir del siglo XVI.
De regreso al talante, cabe decir que el promotor más reciente de la palabra ha sido el actual presidente del gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, que para su felicidad o desgracia la popularizó al asumir el gobierno y en la gestión posterior, al hablar del "nuevo talante" con que encararía la política española. Sea que el talante fuera "nuevo" o "bueno", era obvio que se trataba de aludir a formas de consenso, diálogo o corrección que se daban por ausentes de la escena pública. La expresión cundió y no tardó en aplicarse a casi todo: desfilaron el "talante socialista", el "talante liberal" y el "talante de los indocumentados", para no entrar en listas menores. Por su parte la oposición de derecha, como para confirmar su talante poco amistoso, puso del revés la campanilleante palabra y la quiso convertir en sinónimo de demagogia y facilismo. Hasta se creó un comic que circula por Internet en el que el presidente del gobierno, al exclamar "¡talante!", se convierte en el Super ZP que todo lo puede.
No sólo en España ha podido notarse este rebrote. En varios diarios de América hispana se mencionó el "talante de campeón" de Roger Federer, mientras otros hablaban del "talante autoritario" de Hugo Chaves, y otros más se referían al "talante fascista" de George Bush. Tal vez la versión más pintoresca se registró hace un par de meses en Colombia, al asumir su cargo Hitler Rousseau Chaverra, el nuevo director del programa presidencial Colombia Joven (una suerte de asesor de Juventudes del presidente Alvaro Uribe). Obligado a explicar el origen de sus dos singulares nombres de pila (sobre todo, el primero), el nuevo funcionario dijo que su padre se los había puesto para recordarle la lucha entre el bien y el mal, y concluyó: "Mi talante es espiritual y cristiano".
Antes de que esta palabra tan musical se vea del todo sofocada por el desgaste y la repetición, cabría anotar algunas reflexiones acerca del talante argentino, aunque sin prejuzgar si existe uno solo o tantos como dirigencias políticas, grupos sociales o medios de comunicación se mueven o arrastran por el escenario nacional.
No se trata de perder demasiado tiempo describiendo el talante confrontativo, hipócrita y autoexculpatorio que reina en el territorio de la política. Otros lo han hecho con detalle y pericia. Bastaría mencionar las lamentables evidencias de la politización de la justicia y la judicialización de la política, las agresiones recíprocas del Gobierno y la oposición (cuanto más fragmentada, más irresponsable), la compra de legisladores a precio vil y sin que el mercado de pases haya quedado cerrado, y todo esto en medio de guiños, gestos hoscos y actitudes irónicas que sólo profundizan las diferencias. Tampoco es posible silenciar en la ciudad de Buenos Aires, y en lo concerniente a la tragedia de Cromagnon, el doble absurdo de los que pretenden echar toda la culpa y responsabilidad al jefe de gobierno, y la posición mediática de este último, que, a su vez, proclama una conspiración conducida, en forma excluyente, por un dirigente opositor. Quizás el reflejo más penoso de la crisis porteña esté en los cálculos que planean sobre la denominada Sala Juzgadora: no importan las eventuales revelaciones, pruebas o refutaciones de culpas a que lleve el juicio político; sólo interesa la integración de la Sala, como si los votos estuvieran decididos de antemano y en realidad el propio juicio fuera una formalidad inútil.
En el primer plano del talante social siguen estando las manifestaciones piqueteras, la presencia en las calles y frente a las cámaras de los familiares de los chicos de Cromagnon y -cada vez con más fuerza y en todo el país- las protestas y presiones por una lógica puja redistributiva generada por un crecimiento económico hasta ahora poco hábil en reducir la desigualdad. Nada de esto afecta los requerimientos participativos de una democracia, y podría llegar a potenciarlos. La rebelión popular por el esclarecimiento del crimen de María Soledad Morales, con su obstinada continuidad, terminó no sólo llevando a la cárcel a los culpables, sino que también puso fin a una dinastía familiar que se había enquistado en una provincia argentina durante décadas. Pero hoy salta a la vista el riesgo de que, por lo menos en algunos casos, la participación popular resulte deformada y disminuida hasta el formato de algaradas en busca de justicia por mano propia, de los amenazantes linchamientos simbólicos que siempre están a un paso del exterminio físico. El talante de la participación social se reivindica, podría decirse, en la medida en que universaliza causas particulares, sin recluirse, violentamente, en la diferencia.
Sería fácil, y no inexacto, referirse al talante de los medios de comunicación como a una suma de talantes diversos, porque ya se sabe que -por lo menos en el terreno de la prensa gráfica- la variedad reina y que junto a diarios y revistas de alcance nacional pueden encontrarse muchísimos medios escritos regionales y locales, de grande o modesta difusión, que incluso empiezan a sufrir la competencia de páginas virtuales que atraviesan la red informática junto con las versiones on line de los medios más conocidos. Sin embargo, si se admite que todavía la televisión por aire es el medio masivo y popular por excelencia, deberá aceptarse asimismo que buena parte de los mensajes que transmite, en inevitable intercambio con las significaciones y consecuencias de la crisis social, padece de un talante autorreferencial, sembrado de degradaciones lingüísticas y delirantes narcisismos, encubridores de las penurias de los televidentes. El éxito de nuestro mayor divo futbolístico, Dios laico del Olimpo popular, es apenas la condensación de este declive.
Talante, modo y modales, disposición, semblante? Parecería tratarse de una discusión gratuita sobre formas, artificios diplomáticos, a lo sumo buena educación, que nunca alcanzan a ser recios diálogos francos para resolver el fondo de los problemas. ¿Qué buen talante o "buena onda" puede pedirse a los que vegetan en la indigencia, o bien recomendarse a los que se ven obligados a debatir con insolentes corporaciones o líderes poderosos cuyo peso o influencia jamás podremos igualar?
Ni tanto ni tan poco. El viejo proverbio de "lo cortés no quita lo valiente" sigue conservando vigencia. Y hasta los más modestos libros de autoayuda, plagiados o no, indican que la iniciativa de un gesto o una palabra amables suscita en el interlocutor una respuesta parecida o al menos instala una atmósfera de mínima cordialidad y respeto que servirá para seguir conversando. Salvo, por supuesto, que se trate de un canalla o de un loco, aunque incluso muchos locos responden positivamente a una sonrisa.
En la Argentina hace falta un cambio de talante, no por decreto gubernativo ni por debilidad ideológica, sino por elección libre de los que tenemos la mayor responsabilidad de ofrecer un ejemplo. Y ese cambio y ese ejemplo podrían (tal vez deberían) estar orientados hacia un reconocimiento de los otros, del Otro, en cuyo espejo tendríamos que mirarnos como solidarios compañeros de travesía, no como ceñudos fiscales. Silenciosamente lo hacen bien miles de compatriotas que pintan escuelas, que dan de comer a otros, que cuidan a enfermos. Un cambio de talante, señor presidente, señores dirigentes políticos, en el que los estaremos acompañando. © LA NACION




