Argentina en la encrucijada

Irma Argüello
Irma Argüello PARA LA NACION
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23 de diciembre de 2018  • 22:14

De pronto, a la distancia y como observadora de la realidad internacional, me pregunto qué ha llevado a la Argentina a transitar un período de tanta dificultad que, de profundizarse, puede llegar a una instancia de no retorno desde el punto de vista de la integridad nacional.

Mientras otros países, dentro y fuera de la región, algunos con grandes desventajas comparativas respecto del nuestro en términos de recursos y capital humano, consolidan su desarrollo en todos los órdenes y por ende, el bienestar de su población, el nuestro se debate día a día en dilemas esenciales que, claramente, comprometen su futuro.

El deterioro de las instituciones en nuestro país es más que evidente. Se ha llegado a un punto en el que los tres poderes del estado republicano que alguna vez cimentaron nuestra institucionalidad están siendo gradualmente reemplazados por sucedáneos difusos e inorgánicos. Así ideas y prácticas disolventes de la sociedad toman un lugar protagónico frente a los poderes constituidos, en un embate permanente a los individuos a través de tres pilares fundamentales: la cultura, la educación y los medios, en lo que se ha dado en llamar la "triada gramsciana".

En aras de tipificarlo de algún modo, lo que vive la Argentina hoy es coherente con la aplicación efectiva de métodos que a principios del siglo XX planteara el filósofo italiano Antonio Gramsci y más tarde sus seguidores más modernos, proponentes del llamado marxismo cultural. En esa línea, cuanto más inhábiles e incompetentes se van tornando las instituciones republicanas, más preeminencia toman estos "poderes alternativos". Se establece así una lógica paralela que rompe con el sentido común, desvirtúa la verdad y destruye progresivamente los valores fundamentales que sostienen la sociedad.

El caso argentino es reconocido en todo el mundo como atípico y doloroso. Tal vez el único ejemplo de éxito del embate sistemático a las instituciones a través de tales métodos. Ahondando un poco más, puede decirse que de ese modo y en los últimos 35 años se fue logrando por medios alternativos y adaptados a las realidades de las sociedades actuales, lo que en su momento fue imposible lograr, a través de la lucha armada.

En concreto, hoy vemos con perplejidad cómo el Poder Legislativo apenas si legisla en las cuestiones fundamentales de máximo interés nacional. Esto se puso en evidencia, con la no aprobación de la ley de extinción de dominio, que iba a permitir recuperar para el Estado los bienes mal habidos en actos delictivos de toda clase, pero sobre todo los relacionados con casos de corrupción. También, en el fracaso del desafuero de la hoy senadora Cristina Fernández de Kirchner, que permitiría su juzgamiento como ciudadana común y, seguramente, su prisión preventiva. Está por verse ahora, cuál será la reacción de esta Cámara ante el esperanzador fallo de la Cámara Federal que confirma el procesamiento con prisión preventiva de la ex presidente como jefa de una asociación ilícita en la causa de los cuadernos.

El Poder Judicial, luego de años de enseñanza de doctrinas "zaffaronianas" en las facultades de derecho de todo el país, está infectado de abolicionismo con lo que, en términos generales y salvo honrosas excepciones, se ha apartado de su rol primario de administrar justicia, convirtiéndose así en principal promotor de la impunidad, uno de los mayores destructores del tejido social. Esta línea, se evidencia en la benevolencia de muchos jueces y fiscales para el tratamiento de la delincuencia común, pero también en las escandalosas liberaciones en las causas de corrupción, que han comprometido vida y futuro de los argentinos.

Mientras tanto, alarma que el Poder Ejecutivo, contrario a las expectativas de gran parte del electorado que lo llevó al gobierno, opta quizás con demasiada frecuencia por actuar en la dirección de lo superficial y de lo políticamente correcto, en vez de ir adelante con medidas de fondo esenciales, que a veces resultan poco simpáticas pero que son imprescindibles.

Con ello, lamentablemente se nivela para abajo, adaptando la gestión a parámetros de aprobación con fines electoralistas, como son las encuestas y focus groups, al tiempo que los espacios de comunicación suelen ser llenados con palabras vacías de contenido, mientras se evita compartir con la sociedad las crudas realidades que nos aquejan.

Este paulatino deterioro de los poderes republicanos debido al constante cuestionamiento por parte de diversos actores con agendas propias y su resonancia en funcionarios dubitativos, complacientes o ideologizados han llevado al gobierno y a la sociedad argentina a una difícil encrucijada, que hoy se presenta con final abierto.

Otra muestra más de las distorsiones que padecemos, es el embate sistemático y extensivo hacia los hombres por el feminismo extremo y las indiscriminadas denuncias por supuestos abusos sexuales en las que los "tribunales" de los medios o de las redes sociales han reemplazado a los verdaderos tribunales constituidos.

Estos tribunales "alternativos" condenan "a priori" a los acusados, sin posibilidad de defensa alguna y sin presunción de inocencia, derechos éstos fundamentales en todas sociedades democráticas. Peligrosamente, en ciertos casos el Poder Ejecutivo toma partido y se pliega a estas tendencias, con declaraciones desde lo mediático, buscando ser percibido como receptivo a las supuestas demandas de la sociedad. De este modo, corre el riesgo de renunciar a su rol de educar en los valores básicos y de liderar el camino hacia esa Argentina evolucionada que soñamos.

Para entender lo que nos sucede, es importante reflexionar que la inflación, la inseguridad en la calle y la jurídica que desalienta inversiones, el nivel de pobreza, el desempleo y tantas otras cuestiones de máxima preocupación para los argentinos no son causas, sino consecuencias de las prácticas autodestructivas que se han instalado entre nosotros.

Es indudable que la verdadera grieta que divide a la sociedad argentina va más allá de las diferencias políticas entre partidarios de tal o cual gobierno, o de las creencias religiosas, o de las convicciones en temas puntuales. La grieta se define por la presencia o ausencia en cada individuo de valores esenciales como el respeto a los que piensan diferente, la cultura del trabajo o la honestidad practicada en todos y cada uno de los aspectos de la vida cotidiana. Por supuesto que en medio de este desconcierto, emergen islas y muchas. Gente como vos y como yo, que en todos lados y como puede, decide hacer bien las cosas por conciencia, a la vez que se resiste a mirar para otro lado, mientras que el país se acerca peligrosamente a un abismo material, moral e institucional.

En esta encrucijada que nos toca vivir, el desafío es trabajar en unidad y compromiso, más allá de ideologías o signos políticos, para dejar de lado las prácticas nefastas que comprometen nuestro futuro y recuperar nuestros valores e instituciones en riesgo, antes de que sea demasiado tarde.

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