Arrebato por el futuro

Alejandro Rozitchner
Alejandro Rozitchner PARA LA NACION
Si una figura histórica sigue siendo centro del debate décadas después de su muerte eso no es tradición política, es incapacidad
(0)
15 de agosto de 2012  • 03:23

Un amigo dice que la década del 70 no termina nunca en la Argentina. Muchos creen correcto que así sea: han pasado cosas muy graves, dicen, no podemos hacer como si no hubieran sucedido. Pregunto: ¿tienen privilegio los seres idos sobre los seres vivos? ¿Eran más nuestros muertos que nosotros, que nuestros hijos? ¿El sentido del presente es el de revisar el pasado o el de hacerle lugar a lo nuevo y necesario?

La historia es tiempo muerto, está llena de personas muertas. Sí, muchos de ellos han sido seres queridos, nuestros. A muchos incluso los extrañamos y los tenemos muy presentes. Pero los vivos somos nosotros. Para la tanguera pasión por el pasado a la que creemos una virtud siendo exactamente lo contrario, resultan más importantes los muertos que los vivos. Más importante reivindicar una causa pasada que atender los problemas presentes. Más importante definirse en relación a conflictos extintos que resolver positivamente los actuales. ¿Se busca la historia buscando identidad? Extraña manera de encontrarse, buscando entre fantasmas...

Para la tanguera pasión por el pasado a la que creemos una virtud siendo exactamente lo contrario, resultan más importantes los muertos que los vivos

Sí, han pasado cosas importantes, es verdad. Desde que hay humanidad vienen pasando. No escapamos a ese torrente de vida, lo somos. Es mentira que los pueblos que no conocen su historia tienden a repetirla. Cabe más concluir lo contrario: los pueblos que se obsesionan con su historia no logran entender ni avanzar, se envician con la muerte y con la nada.

Cada hombre, cada mujer, desembarca en un mundo nuevo. Parte de ese mundo ha sido formado por momentos anteriores, claro está, pero el rol de las personas nuevas no es quedar capturadas por la consideración de lo viejo sino producir lo nuevo, vivir su vida distinta y flamante. Si unos padres parecen vivos mucho más allá de su muerte eso no es amor, es renuncia de sus hijos a desplegar la parte que les toca.

Los pueblos que se obsesionan con su historia no logran entender ni avanzar, se envician con la muerte y con la nada

No hay necesidad de referir una posición política actual a un referente del pasado. No sólo no hay necesidad: no es buena idea. No orienta en relación con los problemas actuales guiarse por un líder muerto hace cuarenta años, no sirve para tratar con un mundo que en ese entonces no se hubiera podido siquiera imaginar. Si una figura histórica sigue siendo centro del debate décadas después de su muerte eso no es tradición política, es incapacidad, falta de fuerza e inteligencia, freno puesto al crecimiento y desarrollo.

No hay que rescatar nada, no hay que restablecer, no hay que recuperar. Hay que desarrollar, inventar, generar, probar, osar. No hay que restablecer la educación, hay que inventarla de nuevo. Su problema es haberse quedado demasiado quieta en un mundo muy cambiante: su defecto no es haber cambiado, sino no haberlo hecho lo suficiente.

Y haríamos bien en ajustar también nuestra comprensión del futuro. Un futuro concebido desde la nostalgia que parece dominarnos es también fantasmal: la utopía, el ideal. El futuro se genera desde el deseo presente, surge de la excitación, de las ganas de vivir y de hacer, no tiene nada que ver con la perfección del ideal sino con una vivencia plena y productiva del despelote real. Puestos a optar entre el ideal y el despelote todos tenderíamos al ideal, pero la vida ocurre sólo (y ocurrió y ocurrirá siempre) en el plano desbordante y real del despelote. No querer aceptarlo es no querer ser, renunciar a la vida tal como se presenta.

Si una figura histórica sigue siendo centro del debate décadas después de su muerte eso no es tradición política, es incapacidad

Libertad implica futuro, presente y futuro, no hay libertad en el pasado, que es tiempo ido. Nadie tiene un hijo para atrás, hacia el pasado. El hijo es el futuro que le sale del cuerpo a la mujer. El amor que nace con el chico es fuerza de hacer mundo.

La mirada enamorada del pasado es tradicionalista, conservadora. En otro tiempo la tradición pudo ser muy valiosa, las cosas estaban más quietas y era orientador respetar formas establecidas, pero ya no es así. En nuestro acelerado movimiento actual tradición implica retroceso, fracaso, melancolía y cerrazón. El que ancla en el pasado es impermeable, no le entran las nuevas realidades, las niega, intenta declararlas ilegítimas. El que ancla en lo ideológico adora el pasado y es también impermeable: no le entra el mundo y sus hechos cambiantes, no concibe la legitimidad del paso del tiempo. Lo descarta por incorrecto, quiere descalificar la ley primera de la realidad: el cambio.

Libertad implica futuro, presente y futuro, no hay libertad en el pasado, que es tiempo ido

El desarraigo es falta de contacto consigo mismo y con los otros, no falta de pasado. El hogar no está en el inicio, el hogar está en la intimidad presente que podamos lograr con otros de carne y hueso que puedan estar a nuestro lado. La verdadera humanidad, la del potencial, es una precipitación de fuerzas actuales que buscan el futuro como las ramas buscan el sol.

Pasado y futuro son dos universos mentales, uno restrictivo y enviciado, y otro desafiante y liberador. El sentido de la importancia otorgada a la historia niega la libertad de nuestra vida nueva, hace pesar el compromiso por sobre la libertad. Demasiadas son las décadas que no terminan nunca en la Argentina. No es bueno.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.