Arthur Miller: "Marilyn fue la prueba de que la sexualidad y la seriedad no podían convivir en una persona"

Uno de los grandes nombres del teatro del siglo XX, junto con Eugène O'Neill y Tennessee Williams, el creador de Las brujas de Salem habla sobre el proceso creativo, la cultura visual y, desde luego, Marilyn
Héctor D'Amico
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27 de noviembre de 2015  

Crédito: Sophie Bassouls/Sygma/Corbis

Esta entrevista fue publicada en la revista del diario La Nación el 23 de julio de 1989. Tenía 74 años. Murió el 10 de febrero de 2005.

Entonces, qué diablos ocurre en la Argentina? ¿Este hombre que llega ahora, este Menem, es un nuevo Perón?" Antes de someterse a la formalidad del reportaje, Arthur Miller quiere saber qué está pasando en este extremo de la línea. En el momento en que sonó el teléfono de su mansión del siglo XVIII, ubicada en Roxbury, estado de Connecticut, Miller estaba en la cocina mirando por televisión cómo eran saqueados, precisamente, varios supermercados del Gran Buenos Aires. "Es posible que los noticieros estén caricaturizando los hechos, como hacen a menudo -reflexiona-, pero dígame otra cosa: ¿qué piensan hacer con la inflación?"

Próximo a cumplir 75 años (nació un 17 de octubre), Miller se disculpa por la andanada de preguntas y aclara que sigue siendo un curioso incorregible. Luego apaga su televisor y sepone en el papel de entrevistado.

Aunque es reconocido como una de las fuerzas más poderosas y fecundas del teatro contemporáneo, Miller confiesa que cada representación de una de sus obras sigue teniendo un efecto balsámico sobre su persona. "Me hace sentir que estoy vivo", dice.

Desde el éxito resonante de La muerte de un viajante, en el Morosco Theatre de Nueva York, en febrero de 1949, no ha pasado ni un solo día sin que alguno de sus célebres personajes no suba al escenario en algún lugar del planeta.

La universalidad de Miller, además, hace tiempo que venció las fronteras ideológicas: La muerte de un viajante está en cartel, en este momento, en la Unión Soviética de la perestroika, en la China de las rebeliones estudiantiles y en la Polonia de Solidaridad, donde fue montada, en inglés, por la Royal Shakespeare Theatre Company de Londres. Como se ve, Miller tiene sólidos motivos para sentirse vivo.

También para sospechar que la permanencia de algunas de sus obras le han ganado ya un lugar de igualdad junto a Eugène O'Neill y a Tennessee Williams, los otros dos grandes patriarcas del teatro norteamericano de este siglo.

Su primer estreno en Broadway fue un rotundo fracaso comercial. Se llamó, irónicamente, Un hombre de suerte y duró cuatro funciones. En 1947 logró un éxito moderado con Todos eran mis hijos y, en 1953, con Las brujas de Salem conmovió al establishment teatral y político al denunciar -en plena euforia del macartismo- los sórdidos procesos por brujería ocurridos en una aldea de Massachusetts trescientos años antes. Más tarde escribió Panorama desde el puente (1955), Recuerdo de dos lunes (1955), Después de la caída (1964), Incidente en Vichy (1964), El precio (1968) y La creación del mundo y otros negocios, que se estrenó en 1972 y bajó de cartel en la segunda función. Miller ha escrito0 en total quince obras de teatro, dos novelas, seis guiones de cine, cuatro libros documentales y medio centenar de programas de radio.

Para un gran público, sin embargo, su nombre ejerce un magnetismo que va más allá de su fama de autor teatral. Fue el intelectual que arriesgó su carrera y su libertad enfrentando al poderoso senador Joseph McCarthy en un momento en que la ola de acusaciones y arrestos paralizaba el entendimiento y el coraje de millones de compatriotas. Fue el dramaturgo que montó la tragedia de Willy Loman para revelar, entre otras cosas, cuánto hay de ilusión y cuánto de verdad en eso que conocemos como el sueño americano.

Fue, por supuesto, el marido de Marilyn Monroe. El arquetipo del hijo de inmigrantes, talentoso, físicamente desgarbado, que en su hora de gloria conquista a la mujer más deseada del mundo de posguerra.

Casado desde hace 27 años con la fotógrafa austríaca Inge Morath -de esa unión han nacido tres hijos y tres libros de viajes-, Miller vive en una granja de 250 hectáreas que está a dos horas, en auto, de Nueva York. Horas antes de viajar a Los Ángeles para ver en función privada Everybody Wins, una nueva película basada en un guión suyo, Miller conversó con LA NACION. Estas son algunas de sus opiniones sobre el proceso creativo, el dinero, Marilyn y la cultura de la imagen.

"Suena increíble, pero cada vez hay más gente que no le da valor a las palabras, que desconfía de ellas. Cuando la obra que acaban de ver no les gusta, o no la entienden, encuentran una sola explicación para su aburrimiento: demasiadas palabras, se quejan. No comprenden que la palabra sigue siendo la vida misma del teatro. Este fenómeno, que empezó con la televisión, allá por los años cincuenta, se fue agravando a medida que la llamada cultura de la imagen se instalaba en nuestras sociedades. Algo parecido ocurre en el cine. El relato, a menudo, queda confinado exclusivamente a las imágenes. La audiencia de estas películas se comporta como si fuesen infantes: permanecen rígidos, observando las escenas, pero sin que éstas despierten en ellos la más mínima respuesta. Se me ocurre que aquí hay un elemento interesante para tener en cuenta y que sirve para explicar, en parte al menos, esta degradación que acompaña a la cultura de la imagen. Me refiero a que, para comprender las ideas y las asociaciones de ideas que nos propone un diálogo, es necesario una mínima culturización previa, cierto nivel de educación. Implica estar atentos y permeables a las voces. Por supuesto esto demanda cierto esfuerzo mental que, honestamente, no sé si el público de esta nueva cultura está dispuesto a hacer. Noto una suerte de desentendimiento respecto de lo que le sucede a los semejantes. Pero no soy pesimista del todo. Pienso, por ejemplo, en todas las pruebas a las que fue sometido un Lope de Vega o un Shakespeare a lo largo de siglos y llego a la conclusión de que tiene que haber un futuro para el teatro de la palabra. Los otros días le mostré algunas hojas del manuscrito en el que estoy trabajando a mi hijo. Las leyó y hasta diría que se conmovió. Pero, ¿sabe cuál fue su reacción? Dijo: ¡Dios mío, pensar que todo está construido con palabras, con un montón de palabras. Su respuesta -imagino que debe de ser también la de los amigos de su edad- pone en evidencia que la cuestión no es si el teatro les gusta o no a los jóvenes. El verdadero problema es que todavía no lo han descubierto. Nacieron y se criaron con la televisión, sin comprender la tremenda fuente de conocimiento que es el teatro." (...)

"Uno de los vicios de los malos periodistas (y de los malos periódicos) es reducir la noticia a su mínima expresión. Olvidan los argumentos de fondo, hacen triviales las ideas, omiten detalles, todo en su afán por exhibir el costado sensacionalista (y vendedor) de la historia. Son los periodistas que cada vez que oyen el nombre de Arthur Miller corren al archivo a buscar la foto de Marilyn. Reaccionan así porque son haraganes y no tienen ideas. No hay manera más trivial de tratar un hecho que publicar fotos viejas con comentarios agregados a último momento. Es lo que hacen a menudo con ella. Honestamente, no creo que alguien pueda explicar por qué el recuerdo de Marilyn sigue tan vivo en la memoria de los Estados Unidos y de tanta otra gente. Es un romance misterioso que yo -especialmente yo- no puedo aclarar. Fue una gran comediante, no hay duda de eso; pero lo curioso es que rara vez reponen sus películas. Hasta los jóvenes hablan de ella con una familiaridad asombrosa. Es probable que todavía siga ejerciendo alguna influencia en mi obra, no estoy seguro. Escribí un sólo guión para Marilyn, Vidas rebeldes, y cuando ya había muerto estrené en teatro Después de la caída. La obra no es sobre ella en realidad, sino que es una reflexión sobre lo que su carrera y su catástrofe personal significan en el contexto de la sociedad en que vivió. Alguna vez escribí que Marilyn fue más allá de lo que la psique colectiva de los norteamericanos estaba dispuesta a tolerar en aquellos años. Marilyn fue la prueba de que la sexualidad y la seriedad no podían convivir en la misma persona."

"Me senté a escribir Vueltas al tiempo, la historia de m vida, fascinado ante la posibilidad de experimentar con una forma nueva. Tres autores me habían llamado para que los ayudase a escribir otras tantas biografías mías y me di cuenta de que no iba a poder soportar esas largas sesiones de grabación que demandarían meses o años. Decidí hacerlo yo mismo: sin filtros y más rápido. Por primera vez desde La muerte de un viajante escribí sin atarme a una estructura lineal. Fui dando saltos en el tiempo para poder enfrentar entre sí hechos y personas que jamás habían coincidido en la vida real. Es la técnica más verídica para contar algo. Así es como funciona la memoria, yuxtaponiendo imágenes que no obedecen a ninguna cronología. Es más: estoy convencido de que en nuestras mentes el tiempo no existe como tal. Somos nosotros los que lo dividimos, encasillamos, por una cuestión de necesidad. Cuando yo lo cito a usted a las cuatro de la tarde, los dos convenimos previamente en qué significa las cuatro de la tarde en la vida de cada uno. La razón es simple. Ninguna cultura podría funcionar sin este convencionalismo. Lo importante no son las imágenes que rescatamos de la memoria, sino las conexiones que establecemos entre ellas, los contrapuntos entre unas y otras, las sublimaciones a que las sometemos cuando las enfrentamos. La mayor dificultad en la ejecución del libro fue encontrar la forma y el estilo en las primeras páginas. Cuando lo logré, el panorama quedó despejado. Simplemente, me dejé llevar por mi olfato."

"Mi obra más representada no es La muerte de un viajante, como cree casi todo el mundo, sino Las brujas de Salem. Tal vez, porque hace falta un gran actor para interpretar a Willy Loman y no todos los directores tienen uno a mano cuando les hace falta. Tampoco hay que olvidar que el tema de Las brujas... es la libertad, algo que nos obsesiona a todos, en especial cuando estamos por perderla. Durante años dije que era capaz de pronosticar cuándo darían un golpe de Estado en América latina, porque antes de empezar la revolución, inevitablemente, alguien montaba allí una producción de Las brujas... Lo increíble es que la obra también era una respuesta cuando tambaleaba el dictador de turno. En este momento estoy trabajando en una nueva obra, pero llevo ocho años invertidos en el proyecto y no sé cuándo estará listo. Del argumento prefiero no hablar porque trae mala suerte. Por supuesto, cada obra tiene una gestación diferente y nunca hay que anticiparle a los productores cuándo estará listo el texto. Fíjese: escribí La muerte de un viajante en seis semanas de un tirón. El tema estaba en mi cabeza desde que era adolescente, es cierto, pero hice la versión final en seis semanas. Con todo, creo seriamente en la disciplina, más allá de los resultados. Trato de escribir todas las mañanas. Me levanto a las siete y media y a las ocho ya estoy en mi estudio, un viejo granero que yo mismo reconstruí cerca de la casa. Es sencillo, despojado, sin baño, sin teléfono y, tal vez por eso, resulta un sitio excelente para pensar. Los días en que ando bien me quedo siete, ocho horas allí adentro. Cuando estoy atascado, me levanto y corto leña, trabajo en el vivero que tengo arriba de la loma o arranco raíces con el tractor. Para avanzar unas setenta páginas a veces tengo que tirar a la basura dos mil. El conflicto no está sólo en la técnica, en el tono de un diálogo, sino en cómo organizar el material. Escribo con una máquina eléctrica y rodeado de tres cuadernos de apuntes. Allí voy anotando palabras sueltas, preguntas que quiero hacerle a determinado personaje, listas de nombres, ideas para armar una escena o dibujos de una sala donde tal vez ocurra algo interesante. Como verá, todo es un poco incierto, pero ése es el embrión. A veces escribo un acto completo, pero al final rescato sólo una escena. Otras veces, una escena terminada, pulida, queda reducida nada más que a una línea. En realidad, a esta altura de mi vida no me siento a la máquina a escribir una obra. Me siento para ver si la descubro, que es algo muy distinto."

Bio

Profesión: dramaturgo

1915-2005

Es, junto con Eugène O'Neill y Tennessee Williams, uno de las figuras decisivas del teatro norteamericano del siglo pasado. Autor de obras como La muerte de un viajante y Las brujas de Salem, su teatro se caracteriza por la mirada crítica de la realidad social y política. Mereció innumerables galardones, incluido el Príncipe de Asturias en 2002

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