Así, no hay sistema que resista

Antonio De Turris
Antonio De Turris PARA LA NACION
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7 de septiembre de 2015  

A pesar de lo turbia que resultó su elección de gobernador y de que aún hoy no se conocen las cifras definitivas de esos comicios, Tucumán puede llegar a ser una anécdota menor en comparación con lo que podría ocurrir el 25 de octubre, cuando estén en juego la Presidencia de la Nación y la conformación del Congreso Nacional.

Las primarias de agosto dejaron sospechas de fraude importantes, sobre todo en un distrito fundamental como la provincia de Buenos Aires, y ya entonces desde sectores de la oposición se empezó a agitar la necesidad de cambiar el sistema electoral tradicional que rige en casi todo el país por el método de boleta electrónica que se empleó en la ciudad de Buenos Aires, en la contienda que consagró a Horacio Rodríguez Larreta, o alguno similar.

Más allá de que el candidato kirchnerista Juan Manzur termine imponiéndose al radical José Cano al cabo del recuento, lo de Tucumán vino a desnudar, como es público y notorio, lo peor de la política.

Ya es un hecho, sin embargo, que el 25 de octubre se votará con el sistema tradicional. La posibilidad de un futuro con otro sistema electoral quedará para más adelante, pero no hay certeza de que con un eventual cambio llegará la panacea.

En su columna "No es Tucumán: es todo el sistema", Carlos Pagni informa, recuerda, entre otras cosas, que la urna electrónica fue desechada por Alemania cinco años después de haberla adoptado como sistema porque el control de los procedimientos queda reducido a especialistas; que Holanda volvió a los papeles tradicionales en 2008; que Irlanda implantó la tecnología en 2002 y la desactivó en 2012; que en Brasil se denuncian alrededor de 500 hackeos diarios.

¿Qué pasaría en la Argentina si, puesto en práctica un sistema como el de la ciudad de Buenos Aires o alguno similar, se terminara constatando, como en esos otros países, que esa clase de métodos electorales tampoco son ciento por ciento seguros? La respuesta es obvia: recobraría vida el sistema actualmente vigente, el que se utilizará el 25 de octubre, que hoy por hoy en nuestro país es sinónimo de un cuarto oscuro atiborrado de boletas, ejércitos de fiscales y de voluntarios para controlar antes de los comicios y durante su desarrollo, otro grupo que tenga la mirada puesta en el Correo; resultados que se conocerían mucho, mucho tiempo después del momento en que cierra la elección y, al final de semejante túnel, tal vez un ganador con escasa legitimidad, cuestionado antes de empezar. Tal como seguramente pasará en Tucumán ahora con el sucesor de Alperovich.

No se tiene noticia de que algo semejante se viva cada vez que hay elecciones en esos países que llegaron a la conclusión de que, objetable y todo, el sistema tradicional de boletas finalmente era el menos malo.

Pero claro, tampoco se tienen noticias de que el clientelismo más atroz, que en definitiva es pariente cercano del fraude, sea una moneda tan corriente que quienes lo practican terminan admitiéndolo en público y sin el menor pudor, como acaba de hacer Alperovich; que se haga votar a extranjeros y que se estafen entre compañeros de un mismo partido, como ocurrió en la primaria para la gobernación bonaerense, donde Espinoza le dijo a Domínguez que habían sido víctimas de fraude por parte de Fernández-Sabbatella y, a su vez, Solá-Arroyo dijeron haber sido robados en votos por alguna de las otras dos parejas. Cinco de ellos son peronistas y Sabbatella adhiere al Frente para la Victoria. Increíble, pero ocurrió. Y, como se sabe, ahora oficialmente, todos los datos que se conocieron inicialmente no eran los reales. Hubo errores varios.

Ahora, en sintonía con las acciones llevadas a cabo en las últimas semanas y con la mira en las elecciones generales del próximo 25 de octubre, la Cámara Nacional Electoral convocó a todos los partidos políticos a una reunión en el marco del Consejo Consultivo de Partidos Políticos creado por el tribunal hace ocho años.

Comunicó la Cámara que la intención es tratar "cuestiones operativas inherentes al proceso electoral" y "medidas destinadas a optimizar la transparencia de los comicios del próximo 25 de octubre", y aclaró también que tiene que ver con planteos generados a partir de las primarias y de las recientes elecciones provinciales.

Más fresco aún es el intento de la propia Cámara Nacional Electoral de introducir la boleta única alternativa. No importa que rápidamente Aníbal Fernández haya desechado esa posibilidad. Lo interesante es cómo desde distintos ámbitos, con toda clase de intentos, se termina admitiendo que algo no está bien, que un acto que debería ser inmaculado tiene manchas de todo tamaño y color.

En algo tan sagrado y único como el voto, la Argentina parece metida en un laberinto del cual no podrá escapar fácilmente por la sencilla razón de que no hay sistema que resista cuando quienes compiten no lo hacen con buena fe, por no decir que son tramposos que dedican esfuerzo, tiempo y dinero para armar sus estructuras clientelares y fraudulentas, o cuando alguien que es nada menos que director nacional electoral, Alejandro Tullio, resta importancia a la quema de urnas .

Esta vez no es la economía; son los políticos argentinos, estúpido, podría decir James Carville, el famoso estratega de campaña de Bill Clinton.

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