
Balada de un músico y un poeta

En las primeras líneas de "Jesus alone", primer tema de Skeleton Tree, su nuevo disco, Nick Cave habla de alguien que se precipita desde el cielo para estrellarse en un campo. El comienzo no podía ser más directo: hace un año, el cantante australiano perdió un hijo en un accidente absurdo y su último opus -que se encontraba grabando cuando ocurrió la desgracia- se convirtió en una catarsis en la que domina, antes que las lágrimas, el abatimiento. No es fácil expresar la aflicción y el duelo en un mundo vertiginoso. Quizá por esa razón, y para no agregar más palabras, decidió acompañar Skeleton Tree con un documental que muestra cómo fue cobrando forma su última realización. Es innecesario contarlo otra vez: para conocer la historia y leer un impecable perfil de Cave, basta leer el Manuscrito que le dedicó Franco Varise.
La materia de estas líneas es, en todo caso, el duelo. Pocos músicos de rock como Cave hicieron de la tragedia una estética, ninguno como él colocó la angustia de estar vivo -y la posibilidad de ya no estarlo- en el centro de su poética. En cierto modo resulta paradójico que Skeleton Tree, a pesar de su ácida belleza, no pueda contarse, al menos en una primera escucha, entre sus mejores discos. También, que la película quede a medio camino, cuando las imágenes -por medio de los videos de sus canciones- siempre formaron parte decisiva de su proyecto. La tragedia real, y quizá sólo podía ser así, deja lugar al desconcierto.
La originalidad de Cave, en la que se mezcla lo gótico, el gesto punk, cierto torturado aire religioso y un romanticismo negro y radical, puede rastrearse en su biografía. Hijo de un profesor de literatura y una bibliotecaria, anglicanos practicantes, el músico asumió el rock como rebeldía, pero arrastró con él intuiciones muy anteriores al género musical que practica. Esa inclinación no sólo se refleja en las letras de las canciones o en sus libros (como en Cuando el asno vio al ángel, su novela de 1989, una verdadera tromba verbal), sino también en los numerosos videos de Nick Cave and The Bad Seeds, su banda. Hay uno en particular que ilustra de manera ejemplar la extravagancia que lo vuelve -para parafrasear a Rubén Darío- muy antiguo y muy moderno, audaz, cosmopolita. Me refiero al clip de "When the Wild Roses Grow", del álbum Murder Ballads (1996). El tema surge de una canción popular sobre Elisa Day, una muchacha asesinada por su novio, pero la inspiración del video es otra: un inquietante cuadro de 1852, debido al pintor prerrafaelista John Everett Millais.
La pintura de Millais, con el colorido detallismo que caracterizaba aquella escuela pictórica, muestra a una muchacha flotando en un río: es Ofelia, la enamorada de Hamlet, que canturrea mientras se deja morir en el agua. "When the Wild Roses Grow" es un dúo, y también la agonizante voz femenina canturrea: tiene el rostro de Kylie Minogue, por entonces novia de Cave.
Lo impactante de la alusión, que Cave no debía desconocer, es la historia desdichada que el cuadro esconde. La mujer que posaba como Ofelia tenía un nombre bien concreto. Se llamaba Elizabeth Siddal y era una de las modelos dilectas de los prerrafaelistas, incluyendo a su marido, el pintor y poeta Dante Gabriel Rossetti (1828-1882). Rossetti -inglés, pero hijo de un exiliado revolucionario italiano- tomó a Elizabeth como musa inspiradora, su propia Beatriz. El artista, que era un sonetista excelso ("Un soneto es monumento de un momento,/ con que la eternidad del alma recuerda/ una inmortal hora muerta" era su definición de esa forma poética), comenzó a dedicarle versos desde el comienzo de su relación y continuó haciéndolo a pesar de las múltiples turbulencias sentimentales entre los dos. Los otros amores de Rossetti, su salud frágil y la adicción al láudano la llevaron a una muerte temprana (tal vez un suicidio, seguro una sobredosis), en 1862. La tristeza y la culpa llevaron al pintor y poeta a una decisión extrema: enterró literalmente con ella todos los poemas que le había dedicado, nunca publicados y de los que sólo había una copia.
Años más tarde, cuando volvió a escribir poesía, se animó a recuperarlos. Esos poemas -y otros nuevos, facilitados por una nueva musa: Jane Morris- terminaron formando parte de The House of Life ("La casa de la vida"), una colección de sonetos perfecta e ineludible. Rossetti también tenía problemas de adicción con las drogas de su tiempo, pero sería un anacronismo imperdonable tomarlo por un rockero avant la lettre. Lo que importa es la forma de su desconsuelo. Sus Baladas y sonetos, donde está incluida "La casa de la vida", se publicaron un año antes de su muerte. No necesitó acelerar la exhibición pública de su duelo. Eran otras épocas. El arte, en su caso, le había dado tiempo al tiempo.





