
Bariloche, sueño americano
En noviembre de 1913, Ted Roosevelt descansó frente al Nahuel Huapi después de una increíble travesía por el Sur. Y Dwight Eisenhower, 47 años más tarde, jugó al golf donde ahora lo hará Clinton.
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EL primer personaje con rango de presidente que llegó a San Carlos de Bariloche fue el coronel Theodore -Ted- Roosevelt, rodeado de su fama de aventurero incansable, cazador y héroe de la guerra librada en Cuba contra España a fines del siglo pasado. Arribó al Nahuel Huapi el 30 de noviembre de 1913, una década después de la fecha considerada como fundación del pueblo surgido a orillas del lago y cuando a esa pequeña aldea de madera sólo conducían penosos caminos para carros.
El general Julio Argentino Roca, con un bronce ecuestre en pleno centro cívico barilochense, jamás visitó el lugar. En cambio, Roosevelt, el inquieto aunque asmático neoyorquino que había asumido la presidencia de los Estados Unidos tras el asesinato del presidente William MacKinley y cumplió aun un segundo mandato, no quiso dejar de lado los paisajes sureños: se propuso visitar a Chile, bajar hasta Puerto Varas e ingresar en sucesivas navegaciones lacustres por los lagos Llanquihue, de Todos los Santos y Laguna Fría, parajes conectados por cabalgatas intermedias que llevarían a Puerto Blest.
Ya en el vapor Cóndor, la plácida navegación por el Nahuel Huapi, acompañado de la comitiva que lo buscó en Puerto Varas -entre ellos, el perito Francisco P. Moreno- rumbeó hasta al entonces modesto muelle de Bariloche.
El problema de los planificadores del viaje era traer nuevamente a Roosevelt a Buenos Aires, acopio de dificultades que el ministro del Interior, Indalecio Gómez, encomendó resolver con 25 días de antelación al director de Territorios, Isidoro Ruiz Moreno.
La visita de Roosevelt no fue la única de esa jerarquía que llegaría desde los Estados Unidos. En diciembre de 1928 lo hizo, en tren y desde Chile, el electo presidente Herbert Hoover. Fue recibido en Retiro por Hipólito Yrigoyen, aunque no había programadas excursiones de largo aliento. Franklin Delano Roosevelt, por su parte, desembarcó en Buenos Aires desde el acorazado Indianápolis el 30 de noviembre de 1936. Su anfitrión fue el general Agustín P. Justo, pero la conocida incapacidad del visitante para desplazarse -padecía las secuelas de una parálisis- restringió su programa.
Trabajo de presos
El 5 de noviembre de 1913, Ted Roosevelt llegó de Montevideo en el crucero Uruguay y recorrió en carruaje, con el general Rosendo Fraga, el trayecto entre el atracadero norte hasta el centro de la ciudad. Roosevelt cumplió la primera jornada de un nutrido programa de visitas, corridas y discursos de once días, y luego viajó a Rosario, Tucumán, Córdoba, Mendoza y Chile.
Entre el Congreso Nacional y la observación de maniobras militares en Campo de Mayo -de lo que quedó un film de 16 milímetros en el Archivo General de la Nación- se sucedieron recorridas por la ciudad, por La Sportiva, el teatro Colón, la Facultad de Medicina, La Plata y su museo, el Hipódromo Argentino y un encuentro con el multifacético Clemente Onelli, director y habitante del Zoológico de Buenos Aires.
Onelli -explorador, miembro de las comisiones de límites- lo acompañó hasta el enverjado de Plaza Italia de la mano de Cascota, un dócil mono. Durante el paseo entre las fieras le describió los parajes de la cordillera patagónica que Roosevelt tanto quería conocer. Cuando en 1922 Onelli dio crédito a la fabuladora carta que desde Epuyén le remitió el texano Martín Sheffield dando cuenta de huellas detectadas de un plesiosaurio patagónico, Roosevelt telegrafió que quería al animal vivo o muerto. Hubo escándalo y burlas, mientras en la Patagonia se sucedían los trágicos acontecimientos de la gran huelga rural. Pero el suceso sirvió para crear el Parque Nacional del Sur, decreto que suscribieron el propio Yrigoyen y Honorio Pueyrredón.
Para resolver el viaje de Roosevelt por el sur, el doctor Ruiz Moreno citó a Buenos Aires al gobernador de Neuquén, Eduardo Elordi. Elaboraron un plan: las gobernaciones de La Pampa y Río Negro despacharían automóviles hasta Bahía Blanca -dos Mercedes-Benz y un Fiat- que en tren llegarían al Neuquén. A la vez, un frágil camión cargaría un reducido plantel de presos de la cárcel neuquina a la custodia de un sargento y cuatro soldados, y se largarían por el camino de carros a Bariloche. Eligieron el que pasaba por Mencué luego de cruzar el río Limay en Senillosa. A pico y pala debían ponerlo practicable, pero no les fue del todo posible.
Llegaron a Bariloche y el 26 cruzaron a Chile por el paso Pérez Rosales. Dos días después el bilingüe coronel Eduardo Reybaud, designado como ayudante de la visita, volvió a ponerse a las órdenes de Roosevelt en Puerto Varas, donde el perito chileno Gonzalo Bulnes se abrazó con su igual argentino Francisco P. Moreno.
Debieron navegar dos lagos para hacer noche en Peulla después de despedirse de la comisión chilena. Luego, Roosevelt, al trote suave, canturreó hasta Casa-Pangue, donde posó para una foto y conversó con los ingleses habitantes de esa soledad frente a los glaciares occidentales del Tronador. El día se fue como una exhalación tras cruzar la Laguna Fría y encontrarse con Otto Mülenpfordt, un marino alemán constructor de barcos, en su reducido astillero de la isla Victoria, el reino de Aarón Anchorena. Tras la navegación hasta Bariloche en el vapor Cóndor, MŸlenpfordt leyó el discurso de bienvenida en el engalanado muelle de madera.
Un día en Bariloche
El atardecer del 30 apenas sirvió para una recorrida -en uno de los Mercedes-, la visita a las dos escuelas y algunas evocaciones, que se centraron en las truchas y los muchos cowboys que deambularon por la zona.
También se le presentó al viajero un aborigen entrado en años que con un codazo le pidió 50 pesos "que a vos no te hace falta" -supuso-, a cambio de un par de boleadoras que el aludido terminó por agregar a su acopio de quillangos y otros souvenirs. Luego escuchó más historias. Dos vaqueros de Waco, Texas, habían tenido problemas con la Policía Fronteriza. Benjamín y Carlos Wagner solucionaron su malentendido, pero no sucedió lo mismo con dos asaltantes de bancos que emigraron a Chile en 1905 para morir tres años después acribillados en Bolivia.
Roosevelt se maravilló con el paisaje, vaticinó que Bariloche sería una gran ciudad y devoró parte de una gran trucha de la que comieron los quince comensales que se dieron cita en la casa de Carlos Boos, donde la blandura de un colchón amortiguó esa noche a los demolidos costillares del ex presidente.
Roosevelt, atascado
A las 5.40 del día siguiente -1º de diciembre- rugieron los motores, por lo menos hasta que el coche presidencial se atascó en el río Pichileufú. En Buenos Aires, otro traqueteo zumbó por debajo de la ciudad: se inauguró el tren subterráneo entre Plaza de Mayo y Once. Desde entonces, por semanas, los porteños no atendieron otra curiosidad.
La panne en el río necesitó de una planchada de piedras y Roosevelt cargó con grandes cantos rodados del lecho fluvial, pero llegaron a tiempo para comer los corderos en su justo punto. El viajero atacó, con sabiduría vaquera, un costillar acoplado al vacío y a un riñón bamboleante.
Por sobremesa cruzaron arenales y se tapizaron de polvillo en abundancia, pero en Mencué -donde hicieron noche- por lo menos había muchas jarras de agua caliente y algunos colchones.
La memoria de este viaje que años después escribió Isidoro Ruiz Moreno difiere a partir de entonces de las crónicas de los periodistas. Ruiz Moreno asegura que durmió en Mencué en un colchón en piso de ladrillo y sostiene que Roosevelt se negó a hacerlo en una cama: compartió el sacrificio de los demás. Otras crónicas señalan que la parada fue antes de aquel lugar, y que el ilustre viajero pasó la noche dentro de un coche.
La crónica del enviado del ministro del Interior también habla del cruce en balsa del Limay en la noche siguiente durante una tormenta. Otros cronistas sostienen que llegaron a Neuquén a las 9.30 de la mañana de ese día y que Roosevelt agradeció el recibimiento.
Sam era el hermano menor de los temporariamente apresados Benjamín y Carlos Wagner. También nacido en Waco, Texas, el 10 de enero de 1896, tenía 17 años cuando Roosevelt pasó por Bariloche. Había cumplido 64 años cuando la comitiva del general Dwigth Eisenhower se instaló en la suite presidencial del hotel Llao-Llao y lo eligieron para una salida de pesca. El 27 de febrero de 1960, luego de jugar cuatro hoyos de golf en la península entre los lagos Moreno y Nahuel Huapi, Ike fue conducido por Sam a probar suerte.
Aunque no logró ensartar una pieza grande, siete truchas menores fueron devueltas a las aguas del Traful por Ike. La excursión se dio por terminada en el momento que el presidente puso en la chaqueta de Sam un billete de 20 dólares. Se calcula que fueron 30 menos de los que Roosevelt pagó por las boleadoras del aborigen confianzudo en su visita del año 13.
De lo que se desprende que una cosa es tener que rendir cuentas como funcionario, y otra ser un jubilado dispendioso. Allá, claro.
Todman y Cheek, dos embajadores que se fueron..., pero se quedaron
Unidos por la misma pasión
Hay algunos que llegan, como Clinton, y otros que siempre están volviendo; por alguna razón, los ex embajadores norteamericanos Terence Todman y James Cheek jamás terminaron de irse.
De los representantes de los Estados Unidos en la Argentina -que nunca pasaron inadvertidos-, el singular comportamiento de estos dos se apartó bastante del de sus antecesores de los últimos 20 años, al punto de obtener -aunque sin aristas tan controvertidas- la notoriedad de Braden en su época. Atentos a cada detalle del quehacer nacional y afectos a asumir a cara descubierta la defensa de los intereses norteamericanos, ambos llegaron a perturbar, por momentos, la susceptibilidad criolla. A Todman se lo llamó "el virrey"; a Cheek, el Congreso quiso declararlo "persona no grata" y pedir su retiro. Moción secundada, incluso, por legisladores hinchas del San Lorenzo de sus amores.
Sin embargo, hay un ámbito en el que no les fue nada mal: hoy los dos están fuertemente unidos a los negocios argentinos y, al parecer, por mucho tiempo. Todman es director de Aerolíneas Argentinas y del grupo Exell (holding integrado por las empresas Galeno, Supermercados Norte, Edsar, Pizza Hut y Argencard/Mastercard). Cheek, por su parte, suma la asesoría en American Airlines a un cargo en el directorio de Torneos y Competencias, en representación de la norteamericana TCI.
Con Terence Todman (1989-1993) se inauguró un estilo que llamó la atención por lo desafiante. Sin embargo -coinciden los analistas diplomáticos-, su trabajo fue impecable: defendió como el mejor los intereses de su país; sobre todo, los de las empresas norteamericanas. Nadie olvida, por caso, la denuncia que dio pie al Swiftgate, que culminó con un amplio recambio del gabinete (enero de 1991), su reclamo para que la Federal Express ingresara en Ezeiza ni su activa participación en la ofensiva de la Casa Blanca para desactivar el Proyecto Cóndor II, una misión finalmente cumplida.
El historial del demócrata Cheek (1993-1996) fue, en ese sentido, similar: criticó la seguridad jurídica, impulsó a la Argentina a cortar relaciones diplomáticas con Irán e intentó vetar la ley de patentes. Mientras que Todman negó enérgicamente haber hecho lobby, actividad de uso corriente en los EE. UU., Cheek calificó la defensa de las instituciones norteamericanas como parte de su función: "Debemos respaldar a nuestras empresas". Por lo pronto, todavía están frescas sus conversaciones con el entonces ministro de economía, Domingo Cavallo, en favor de American Airlines y United Airlines: "Necesitamos aumentar el número de naves para acomodar a los millares de hombres de negocios que vienen a invertir en la Argentina", dijo.
Todman también parecía esperanzado a este respecto: ya en 1994 reconoció que había dudado en integrar el directorio de Aerolíneas Argentinas "porque por años traté de que esa empresa no perjudicara a las líneas norteamericanas que yo debía proteger". Ahora, declara, su misión es tratar de que crezca: "Así tendré más oportunidad de volver a la Argentina, a la que tanto queremos con mi esposa".
La compra de una parte del paquete accionario de Aerolíneas por parte de la American cierra un círculo que entrelaza a ambos con la Argentina. ¿Qué otro interés los une al país? Los mismos que declara Clinton, que ya viene: "Valores como la democracia, la economía de mercado, el respeto por los derechos humanos, idénticas políticas de defensa y coincidencia en temas internacionales".





