
Botero quiere cambiar la imagen de Medellín
Por Larry Rother The New York Times
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MEDELLIN
EL solo nombre de esta ciudad conjura imágenes de narcotraficantes, guerrilleros, secuestradores y asesinos a sueldo. Pero Medellín también es la cuna de Fernando Botero, el más célebre artista viviente de América Latina, que ha volcado todo el peso de su fama en respaldo de un plan para recuperar el perfil y la reputación de la ciudad.
Ha donado al Museo de Antioquia, departamento del que Medellín es capital, 79 obras suyas (65 pinturas y dibujos y 14 esculturas de gran tamaño). El museo poseerá la mayor colección de Boteros del mundo y esta metrópoli tendrá una nueva tarjeta de presentación.
"Su gesto tiene gran importancia para nosotros porque nos permite emprender un proceso de recuperación física y espiritual _comenta el alcalde, Juan Gómez Martínez_. Nuestra ciudad tiene mala fama en el mundo entero, es estigmatizada por todos los problemas que hemos tenido. Ahora se nos presenta una oportunidad de darla a conocer en el ámbito de la cultura, de hacer que la gente piense en ella como la ciudad de Botero."
El Museo de Antioquia ya poseía un conjunto impresionante de obras suyas. Desde fines de los 70, aloja en dos galerías 16 esculturas y otros tantos cuadros, entre ellos La señorita Rubens , una sátira socarrona de su inclinación por las figuras rollizas, y El ministro de Guerra , un retrato aterrador de 1977. El artista las había donado en memoria de su hijo Pedro, que murió en plena juventud en un accidente automovilístico y cuyo nombre lleva ese sector del museo.
Sus autoridades abrigaban la esperanza de que el museo se convirtiera en custodio permanente del grueso de la obra de Botero. "Por supuesto, siempre quisimos tenerlo aquí porque es una parte muy importante de nuestra identidad cultural. Botero puede residir en Italia, pero siempre ha pertenecido a Antioquia. Por eso nos retrata constantemente: pinta nuestras costumbres, comidas, paisajes, flores, arquitectura y celebridades", explica la directora del museo, Pilar Velilla Moreno.
Competencia con Bogotá
Para conseguir la donación más cuantiosa, Medellín debió competir con Bogotá, capital de la nación, que buscaba el aporte del artista en forma aún más agresiva.
Botero donó al Museo Nacional, en Bogotá, 61 piezas de su colección particular (de Picasso, Miró, Braque, Chagall, Degas, Matisse, Calder, Giacometti y otros) y varias pinturas suyas. "Medellín se sintió un poquito traicionada, pero no podía pasarme la vida esperando _admitió Botero en un diálogo telefónico desde su estudio en Nueva York_. No culpo a nadie. Resulta difícil y costoso encontrar un predio muy bien situado en una ciudad de dos millones de habitantes, y yo no estaba dispuesto a esperar otros veinte años."
Gómez y un senador provincial lo visitaron en París e intentaron persuadirlo de que hiciera la donación. En Medellín, un estudiante de arquitectura lanzó un petitorio que reunió más de 150.000 firmas. Tal vez, eso haya sido aún más decisivo: "Me conmovió muchísimo. Amo la región donde nací y quiero hacer cuanto pueda por ella _confesó Botero_. Emigré hace añares, mucho antes de que empezaran los problemas. He vivido en Nueva York, París, Montecarlo e Italia, pero espiritualmente sigo sintiéndome muy ligado a Colombia. Quiero darle un poco de esperanza, después de todas las cosas terribles que han pasado".
Aun después de que Botero accedió a hacer la donación, hubo que salvar formidables barreras burocráticas. Como el Museo de Antioquia no es una institución pública, sino privada, debe pagar un impuesto del 16 por ciento y un 20 por ciento de aranceles sobre sus importaciones de "material cultural". No importaba que el artista estuviera entregando gratuitamente obras suyas y que estuviera dispuesto, además, a hacer una donación de un millón de dólares para contribuir a la renovación del museo.
Cultura viva
Al asegurar las obras se las había tasado en 60 millones de dólares, y los recaudadores de impuestos querían sacar su tajada antes de autorizar su envío a Colombia.
En agosto de 1998 hubo un cambio de gobierno. Los nuevos ministros de Cultura y de Finanzas son antioqueños y respaldaron la negociación de una exención impositiva que posibilitó la primera remesa de 15 piezas que arribarán este mes.
La donación forma parte del proyecto Medellín: cultura viva, que, a juicio del alcalde, transformará un ruinoso sector céntrico de Medellín en "un espacio abierto que cambiará el perfil de la ciudad y le permitirá respirar".
La ex Municipalidad, de estilo art déco , se transformará en una extensión del museo, y un área cercana, frecuentada por prostitutas, alcohólicos y adictos al pegamento, será un parque con estatuas. "Tendremos un complejo cultural con librerías, teatros, cines y casas de antigüedades _anuncia Velilla_. El aporte de Botero es la piedra angular de todo el proyecto."
Sin embargo, la situación política colombiana sigue siendo tan inestable y violenta, que persiste la inquietud respecto a la seguridad de Botero y sus obras. "Tendré que movilizarme en un auto blindado y con guardaespaldas _reconoce el artista_. Aun así, tengo fe en Colombia. A la larga, este país se civilizará y tendrá paz."
Las dos palomas
Botero ya ha donado a su ciudad natal varias esculturas monumentales. Estratégicamente instaladas en plazas céntricas, hoy son puntos de referencia. Una de ellas, El pájaro , fue destruida en un sangriento atentado con una bomba cuya autoría nadie reclamó. Le atribuyeron una intención política, por cuanto Fernando Botero Zea, hijo del artista, era por entonces ministro de Defensa y la escultura representaba la paloma de la paz.
Como parte de su donación actual, Botero hizo una réplica y pidió que la colocaran junto al pedestal que sostiene los restos de la pieza original. "Ahora tenemos un símbolo de la paz y un símbolo de la guerra y la barbarie, uno al lado del otro", comenta Gómez.
© La Nación
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)





