
Bullying con investidura: la clase de abucheo ante los alumnos de la ORT
Algunos eligen el atajo de la minimización: “El Presidente es así; son sus formas”, alegan, como si en esa “cuestión de formas” no hubiera una cuestión de fondo
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“Mañana se dictará en la escuela, para chicos de cuarto y quinto año, una clase práctica de abucheo: cuanto más fuerte, más aprobado”.
¿Qué habrían pensado los padres, los docentes y los propios estudiantes de un colegio si hubieran recibido esa notificación? No hubo aviso, en realidad, pero eso fue exactamente lo que ocurrió en la Escuela ORT. El encargado de dictar la clase fue el presidente de la Nación. ¿Enseñarles a los alumnos a practicar bullying y a despreciar a “otros” por el solo hecho de ser “otros”? ¿Festejarles un acto de hostigamiento e incentivarlos a que lo hagan más estridente, más explícito, más ofensivo? Sí. Eso es lo que se vio el jueves pasado en un escenario escolar. ¿Y las autoridades? ¿Qué dijeron? Nada.
La ORT lleva noventa años enarbolando los valores del pluralismo, la convivencia, el rigor académico y la formación laica. En cuarenta minutos, el Presidente desafió esa tradición y ese legado: definió la acción de su gobierno como un mandato bíblico; ubicó a los que piensan diferente como “sucios” y “satánicos”; evocó dogmas religiosos para dividir al mundo entre probos y réprobos. Y pasó de la teoría a la práctica: incentivó a que los alumnos silbaran en ese espacio institucional a “los periodistas”, un colectivo profesional al que el jefe del Estado dedica, invariablemente, insultos irreproducibles, agravios y descalificaciones con una retórica cada vez más soez, chabacana y violenta.
¿Cómo se habrán sentido los muchos hijos y nietos de periodistas que asisten a la Escuela ORT al ver que, en su propio colegio, la máxima autoridad del país incentivaba el repudio y el desprecio hacia sus padres o sus abuelos por el solo hecho de ejercer un oficio? ¿Desde cuándo admitimos que la escuela mortifique a un grupo de alumnos en lugar de formarlos en los valores del respeto, la tolerancia y la cordialidad cívica? ¿Serán inducidos a ocultar de qué trabajan sus padres para evitar la incomodidad y el estigma? ¿Qué pasaría si en lugar de a los periodistas el abucheo fuera dirigido a “los maestros” o a los integrantes de algún credo religioso?

Frente a estos interrogantes, algunos eligen el atajo de la minimización: “El Presidente es así; son sus formas”, alegan, como si en esa “cuestión de formas” no hubiera una cuestión de fondo. Una vez más hay que plantear la pregunta: ¿el respeto por el otro es un mero artificio formal o es un valor esencial en una sociedad democrática? ¿Un jefe de Estado no está obligado a cuidar “las formas” para no caer en el atropello y el abuso? Suponiendo que el Gobierno alcanzara logros en materia económica, en la racionalización del Estado y en política exterior, ¿deberíamos consentir por eso que se debilite la convivencia democrática y se bastardeen los valores básicos de la vida cívica? ¿A qué distancia estamos de aquella plaza kirchnerista en la que se invitaba a escupir sobre retratos de Joaquín Morales Solá, Nelson Castro y Magdalena Ruiz Guiñazú, entre otros periodistas insignes?
El discurso presidencial en la ORT no solo debe examinarse por sus dosis de oscurantismo e intolerancia, sino también por sus niveles de indiferencia y desconexión con algunos temas fundamentales. Fue a una escuela y no mencionó una sola vez la palabra educación. No habló de los desafíos formativos de una Argentina que está transformando su matriz productiva. No les habló a los jóvenes de futuro. No hubo un solo mensaje orientado a una generación atravesada por la incertidumbre, por la aceleración de la IA, por la reconfiguración del mapa tecnológico y el impacto en el mundo laboral.
El Presidente perdió, además, la oportunidad de escuchar y registrar las angustias y preocupaciones de los jóvenes. No generó un espacio de conversación, mucho menos de preguntas. Como si se hubiera usado a los estudiantes como público cautivo de una retórica proselitista, no como un puente para un diálogo entre el poder y las nuevas generaciones.

Centrado exclusivamente en sí mismo, el Presidente hasta omitió la mínima cortesía institucional: obvió cualquier referencia a los 90 años de la ORT, que era el motivo por el cual lo habían invitado a disertar en el colegio. No mencionó el legado de los fundadores de esa institución ni hizo ninguna referencia a las generaciones que se formaron allí en la cultura del esfuerzo, la superación y la integración cultural. Fue un discurso por momentos hermético, ampuloso y místico, combinado con un alegato contra sus “enemigos” y la autopromoción de un libro de su autoría que está próximo a aparecer. Al hablar de esa producción bibliográfica, el primer mandatario mencionó ante los alumnos, como referencia intelectual, a un animador televisivo al que presentó como “filósofo” y “doctor en Filosofía”. En el universo libertario, los títulos se revolean: un diputado es “profe”; un camarógrafo, “cineasta”, y un graduado de una licenciatura a distancia puede ser declarado “filósofo” por obra y gracia de la retórica presidencial. El Gordo Dan ya puede aspirar a ser “doctor en comunicación”.
Con realismo, alguien podría afirmar que el discurso apropiado no hubiera sido un discurso de Javier Milei, y que haber esperado un mensaje institucional, un planteo moderado y un registro que sintonizara con la sensibilidad y las inquietudes de los alumnos habría sido una ingenuidad. Eso obliga, entonces, a formular una pregunta incómoda, pero que ilustra la atmósfera tóxica que se ha consolidado alrededor del poder: ¿las escuelas no deberían abstenerse de invitar al presidente de la Nación para no influir negativamente sobre alumnos que todavía no alcanzaron la mayoría de edad? Si lo invitaran, tal vez deberían enviar una advertencia a sus familias, como la que suele preceder a determinadas películas: “Estará ante sus hijos la máxima autoridad de la Nación: es posible que escuchen mensajes inconvenientes o presencien actitudes que puedan resultar nocivas para su formación y hasta para su tranquilidad espiritual. Sus padres, si ejercen determinada profesión, podrían ser atacados delante de todos sus compañeros”.
Hasta Donald Trump parece más cuidadoso
¿Qué pensará el mundo de un país en el que los discursos presidenciales deberían transmitirse en horario de protección al menor y donde se reivindica la idea de que “gobernar es insultar”? Hasta Donald Trump parece más cuidadoso.
En los últimos 25 años, la política argentina ha exhibido un dramático desprecio por los valores de la escuela. Durante el kirchnerismo se vieron escenas desoladoras, desde intendentes como Jorge Ferraresi, que hacían jurar la bandera “por Perón, Evita, Néstor y Cristina” en escuelas municipales, hasta “bajadas de línea” de Kicillof en jardines de infantes. También hubo un presidente como Alberto Fernández, que convocaba a los jóvenes a no creer “en ese cuento del mérito”. Todo eso se enmarcaba, además, en prácticas de adoctrinamiento estructural: cooptación de planteles de maestros y profesores, manipulación de bibliografía y programas curriculares, tácitas “listas negras” e ideologización sesgada en los estamentos de la formación docente.
Lo que vemos ahora no respondería exactamente a ese modelo, si se quiere clásico, de adoctrinamiento escolar. No se ve un sistema, sino una especie de irrupción espasmódica del Presidente en ámbitos educativos con un discurso que legitima la práctica del bullying, los antagonismos y las visiones maniqueas desde la investidura presidencial. Ya había hecho algo parecido hace dos años, cuando habló en el Cardenal Copello, el colegio donde él mismo cursó la secundaria.
Por supuesto que en la escuela se puede hablar de política, se pueden fijar posiciones y defender ideologías, pero todo debería hacerse bajo una premisa: no hay una única verdad; el que piensa distinto no es un hereje ni un enemigo; al “otro” no se lo hostiga ni se lo agravia. La violencia, sea física, verbal o simbólica, siempre es inaceptable. Hay, además, un imperativo ético y académico: la escuela debe conectar con la complejidad de las cosas, no con las visiones panfletarias; debe abrir la cabeza y estimular el pensamiento crítico, sin dividir el mundo entre buenos y malos, iluminados y satánicos.
Los cuarenta minutos de “cátedra presidencial” en la ORT desentonan con los 90 años de historia que celebra esa escuela en estos días. Es triste ver que una institución traiciona su propio legado en medio de un silencio oportunista. Un colegio de excelencia, en el que el pluralismo fue un sello de identidad, debería enviar un mensaje en favor de la convivencia, sin legitimar el abucheo y el insulto en la vida pública.
¿Se puede enseñar geografía, historia o matemática sin transmitir las virtudes del respeto y la tolerancia? La pregunta tal vez conecte con otra más amplia: ¿se puede salvar la economía de un país sin respetar las reglas de una sana convivencia democrática? El penoso episodio de la ORT tal vez nos obligue a pensar nuestra propia escala de valores.



