
Cacería de seres humanos
DENVER, Colorado
Los horrores que se despliegan en el umbral del nuevo milenio parecen no tener límites. Ahora se denuncia la práctica de cazar inmigrantes ilegales en la frontera mexicano-estadounidense como si fuesen bestias del campo. No es un asunto nuevo, pero ya no puede ser negado o cubierto con nubes de humo. Grupos de rancheros que habitan el estado de Arizona, en el sur de los Estados Unidos, han tomado el nombre de American Way Team y celebran su capacidad de perseguir y asesinar a cuanto indocumentado pueden detectar por los caminos, los campos o los desiertos de su región.
La prensa reconoce que ya no se limitan a disfrutar la cacería, sino que solicitan ser imitados y hasta ofrecen medios de transporte para obtener resultados más eficaces. Esta nueva y siniestra gloria superaría la emoción que en su momento produjo la conquista del Oeste. Los mexicanos, derribados a balazos o quizás enlazados como si fuesen animales rebeldes, no pueden ser reclamados por nadie: su sangre será chupada por el yermo, y su carne, devorada por los buitres.
Hace una semana tuve una excitada información sobre el incremento de esta barbarie en la ciudad de México por parte de los mismos periodistas que me entrevistaban. Recibí comentarios variopintos, algunos teñidos de vengativa pasión nacionalista, pero otros de genuina preocupación y un coraje pacifista admirable. Todos coincidían en que no se debía tolerar la continuación de esta abominable práctica. Evidentemente, la repugnancia no se limitaba a los mexicanos, sino que ya causaba estupor y furia entre los norteamericanos mismos.
El tema será tratado en la reunión cumbre que celebrarán en Washington los presidentes Zedillo y Clinton. Es un emergente de una serie de puntos críticos, entre los que deben contarse la pobreza que aflige a gran parte de México, los escasos resultados que hasta ahora produjo el Nafta y los intrínsecos problemas latinoamericanos de larga data y corrosivos efectos (no puede dejar de citarse una cultura que tolera la corrupción y la desestibilizante anemia de la ley, pese a declamaciones en contrario).
Recompensa para asesinos
El tema de estos "safaris" acaba de complicarse. Al llegar a los Estados Unidos, me entero de una conferencia de prensa que tuvo lugar en la norteña ciudad mexicana de Reynosa, convocada por el Comité de Defensa Ciudadana, cuyo vocero parecer ser un tal Carlos Ibarra Pérez. Con el argumento de que "ellos masacran a nuestro pueblo y ahora estamos listos para replicarles", Ibarra Pérez ofreció una recompensa de diez mil dólares para quien asesine a un patrullero norteamericano.
En lugar de acercar el problema a una solución, lo cargó de nitroglicerina. Es posible que los presidentes no se dejen impresionar por estos gestos, pero estos gestos sirven para atizar el odio de una y otra parte. Nadie puede dejar de condenar el repugnante deporte de cazar seres humanos, y nadie en su sano juicio puede suponer que la mejor forma de combatirlo es degollar a servidores públicos. La corriente xenófoba norteamericana que pretende levantar nuevas barreras a la entrada de "los indeseables vecinos del Sur", ha recibido en bandeja un argumento caliente: "¡Los mexicanos declararon la guerra a nuestros agentes federales!", gritan ahora. Y esperan reforzar su lobby con vistas a una sustancial reforma de las leyes migratorias.
La indignación mexicana es comprensible: sólo imaginar a sus connacionales como blanco del sadismo ranchero crispa al más indiferente. Pero la iniciativa de Ibarra Pérez es también desafortunada, porque no es original y su precedente le quita respetabilidad: varios narcotraficantes ya pusieron precio a la cabeza de los oficiales que controlan el lado estadounidense de la frontera. El hombre "quedó pegado" a quienes más lejos debía tener. También se equivocó al realizar una conferencia de prensa para difundir su criminal proyecto. Parece que desde distintos ángulos le exigieron dar marcha atrás y no tuvo más alternativa que rectificarse: "Ahora digo algo diferente. Digo que no soportamos la situación de mandar gente para matar gente. Digo que debemos dejar a los líderes de los dos países para resolver esto".
Demasiado tarde. Acabo de leer que pueden solicitar su extradición por incitar al asesinato de servidores públicos.
La mayoría de estos inmigrantes, legales o ilegales, está quebrando el viejo prejuicio que los pinta llenos de pereza e irresponsabilidad. Se conchaban en la primera tarea que se les ofrece, por dura y mal pagada que sea. Cumplen con sus obligaciones para mantener el puesto de trabajo y poder acceder a otro mejor. Muchos llegan sin sus familias y revelan una estoica voluntad de ahorro. Existen medios legales por los cuales pueden transferir a las esposas e hijos que quedaron en México los dólares mojados en sudor y en lágrimas. Algunos xenófobos opinan que es mucho el dinero que de ese modo se fuga del país, sin pensar que es una mano de obra necesaria y que más dinero se gasta en perseguirlos. Si trabajan, ahorran y se preocupan por sus familias, demuestran que ya tienen lo esencial para convertirse en buenos ciudadanos.
Situaciones precarias
En Estados Unidos se habla con respeto de otras corrientes inmigratorias y se les atribuyen justos méritos en el desarrrollo de este país. Pero todas ellas llegaron en situaciones precarias y atravesaron vicisitudes conmovedoras. Baste recordar las crueldades cometidas contra los norteamericanos de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial, de las que aún se tiene vergüenza de hablar. Éste es un país de inmigración, y una vasta y sana franja de ciudadanos así lo reconoce. El desprecio contra los mexicanos y la tentación de erigir un muro entre los dos países se parece al que absurdamente dividió a Berlín. Semejante proyecto está en marcha y debe ser abortado cuanto antes.
La verdadera solución pasa por un genuino progreso a ambos lados de la frontera. Para conseguirlo, nadie está exento de obligaciones: Estados, gobiernos, ciudadanía y organismos internacionales.
Mientras, la tragedia sigue cobrándose víctimas. Hoy se difunde la muerte por deshidratación de una joven madre llamada Yolanda González. Partió de Oaxaca, México, con su hijita de dieciocho meses en los brazos. Fue llevada en medios de transporte que sirven para el ganado hasta la frontera con Arizona, menos vigilada actualmente que la de California y Texas. Para internarse en los Estados Unidos, le indicaron que se aventurase por una franja libre de controles, pero abrasada por el sol y sólo poblada de rocas yermas. Agotó sus reservas de agua para evitar la muerte de su hijita. Fue encontrada por una patrulla que, de inmediato, brindó sus primeros auxilios, aunque no logró resucitarla. Es la sexta muerte que produjo el desierto en dos semanas. El desierto, la ilegalidad, la insensatez. Y la desesperación.
También la esperanza. La esperanza de poder trabajar y estar seguro. Ingresar en un país que desde chico se maldice y, a la vez, se considera el paraíso.
Se parece a una epopeya. Pero muy triste. Un vocero de las patrullas de frontera asegura que las muertes de los indocumentados que entran en el país se incrementarán en los próximos meses debido al verano y a que tratan de avanzar por zonas remotas. Allí serán víctimas de safaris de caza o de la naturaleza. Pero las largas columnas de gente que vienen detrás no cesarán en su empeño.






