
Carlos Slim: un magnate sin fronteras
A los ocho años el empresario mexicano Carlos Slim comenzó a ayudar a su padre en el negocio familiar, a los 12 ya invertía en la Bolsa y a los 25 compraba propiedades y negocios. Hoy, es uno de los hombres más ricos del planeta, posee una fortuna que crece a un ritmo de 2,7 millones de dólares por hora y ha puesto el ojo en los sectores eléctrico, petrolero y de infraestructura de la Argentina
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Si se lo propusiera, Carlos Slim Helú podría alfombrar 200 veces la Argentina con billetes de 100 dólares. Esa es la magnitud del valor de sus empresas, de 53.100 millones de dólares.
El dueño del Grupo Carso, de 67 años, viudo, padre de tres varones y tres mujeres, empezó a los 12 a insinuar lo que sería de grande: el segundo hombre más rico del mundo, después de Bill Gates, y el más poderoso de América latina. A tan tierna edad, en vez de grabar en los árboles los nombres de sus amores de adolescencia, este mexicano "amante de los números", según se declara, anotaba en un libro de contabilidad las inversiones en bonos que realizaba con la mesada que le daban sus padres, Julián Slim Haddad y Linda Helú. A sus 15 abriles ya tenía 44 acciones del Banco Nacional.
Con su progenitor, fallecido cuando Carlos Slim tenía 13 años, había dado sus primeros pasos corporativos: desde los ocho había ayudado a su padre en su próspera mercería, Estrella de Oriente, llamada así en honor de su Líbano natal.
Pesito a pesito, el joven Slim, a diferencia de sus cinco hermanos, engordó la hucha bursátil con la que, a partir de los 25 años, empezó a comprar inmuebles, como había hecho su padre, y a adquirir negocios para hacerlos crecer. Desde entonces, "el ingeniero", como lo llama su séquito de ejecutivos, no ha parado de convertir en oro lo que toca, a la velocidad a la que lo toca. Cada hora de 2006, su capital creció 2,7 millones de dólares.
Sin duda, el sexto sentido de este acuariano -apodado "el rey Midas", "el conquistador", "el especulador" y "el gran capitalista"- le da su mejor rédito en la bolsa de valores, por no hablar de su intuición sobre qué empresas desahuciadas, pero con potencial, comprar.
Como el dinero llama al dinero, Slim sigue realizando inversiones descomunales, creando y adquiriendo firmas de forma compulsiva y expandiéndose sin fronteras; sobre todo en el sector de las telecomunicaciones, que monopoliza en México, aunque él alega lo contrario, invitando a los estadounidenses a competir por el negocio.
Teléfonos y bonos
En la Argentina -país que visitó a los 23 años, cuando iba a Chile para cursar un posgrado en Programación Industrial inacabado- es el inversor mayoritario de CTI Móvil. También desembarcó con Telmex, su buque insignia, y acordó la compra de Ertach, en convocatoria de acreedores. Sólo espera la autorización del juez para reformarla como a la plastilina.
Pero Slim fue, sobre todo, uno de los grandes compradores de títulos de la deuda nacional. En 2004, su Grupo Financiero Inbursa tenía 248 millones de dólares en bonos argentinos y otras empresas del Grupo acumulaban 325 millones de dólares en esas inversiones, adquiridas antes del default. Para 2006, ya había vendido todos sus bonos por la reestructuración de la deuda. Tamaña enajenación de títulos no resta relevancia a sus proyectos sobre nuevas inversiones en la Argentina, donde le interesan los sectores eléctrico, petrolero y la construcción de infraestructuras.
No es extraño que, en su reciente viaje a México, Cristina Fernández de Kirchner bebiera los vientos por reunirse con el magnate, famoso por tratar sólo con quienes guían la batuta, como con los empresarios argentinos Carlos Miguens, Alberto Roemmers, Federico Braun, Ricardo Esteves y Eduardo Constantini, con quien comparte su pasión por el arte.
Igual que Constantini, Slim exhibe parte de sus 15.000 piezas en un museo propio, bautizado con el nombre del amor de su vida, su esposa, Soumaya Domit, libanesa de nacimiento, maronita e hija de un empresario.
A diferencia de su esposo, cuyo padre llegó a México sin un centavo, Soumaya procedía de una familia pudiente en el Líbano. Era sobrina de los ex presidentes Bechir y Amin Gemayel. Con ella, con su carácter suave pero persistente y su dedicación a la beneficencia, compartió más de tres décadas de matrimonio. "Soumy", como la llamaba, falleció en sus brazos, en un avión de camino al DF, en 1999, a los 50 años, por una enfermedad renal.
El museo en su honor cuenta con una de las 20 versiones de El Pensador, de Rodin. De hecho, Slim es el mayor coleccionista privado de esculturas del artista francés. Su primogénito, Carlos, lo califica así, "El Pensador", porque le dedica una hora diaria a la reflexión.
Tiene cuadros de Picasso, Dalí, El Greco, Murillo, Siqueiros, Diego Rivera y Tamayo. Sus Van Gogh, Monet y Renoir están, además, en una galería anexa a su austera oficina, un búnker sin ventanas, así como en su residencia de las últimas cuatro décadas, en la exclusiva zona de Lomas de Chapultepec.
"Si México fuese una monarquía, los Slim serían nuestra familia real. Nadie es más poderoso, excepto el gobierno", ha asegurado José Martínez, autor de la biografía del plutócrata. Razón tiene. Su emporio es omnipresente. Abarca el 85 por ciento de la telefonía fija y móvil mexicana, además de Internet; las industrias tabacalera, petroquímica y minera; la hotelería; grandes tiendas; ferrocarriles; la construcción inmobiliaria, de infraestructuras y de aviones; el saneamiento de agua; los servicios financieros, etcétera, etcétera, etcétera. Se cuentan con una mano los mexicanos que, al cabo del día, no han contribuido a la riqueza de Slim mediante el uso de sus servicios.
Este trabajador nato ha conquistado la cima basado en los preceptos libaneses sobre los negocios. Para él, la palabra dada vale más que un contrato y nunca delega en terceros la operación de las empresas, lo que explica que carezcan de staff y que sus herederos controlen las firmas de Carso: Carlos, al frente de Telmex; Marco Antonio, con Inbursa, y Patrick, en América Móvil. Los maridos de sus hijas Soumaya, Vanesa y Johanna también trabajan en el conglomerado. En fin, todo queda en el clan y cada lunes, en la cena semanal de la familia, conversan sobre la marcha de los negocios.
Otros dos de sus mandamientos libaneses son: ser claro y conciso sobre los beneficios y riesgos de una inversión, y ser el líder en el sector en el que invierte o salirse.
Para mantenerse en la cresta de la ola de las telecomunicaciones y ganar todas las batallas políticas y judiciales contra la monopolización, Slim ha desplegado su poderío. Por eso, muchos mexicanos, cansados de los abusos en el recibo telefónico, lo critican cada vez más, identificándolo como el emblema de la desigualdad en una nación con 80 millones de pobres. Pero otros tantos sienten orgullo nacionalista al mencionarlo.
Ante las críticas, Slim conserva la compostura. Es un pragmático afable que odia perder el tiempo y sabe aprovechar las oportunidades, como el pánico financiero de la crisis del tequila, en 1995, y la saga de privatizaciones ordenadas, un lustro antes, por el cuestionado presidente Carlos Salinas de Gortari. Durante su mandato, Slim dio el salto, al comprar la estatal Telmex a precio de ganga: 1757 millones de dólares. Hoy vale 15 veces más. Cuando la adquirió, hizo que sus hijos le prometieran que Telmex pertenecería a la familia durante dos generaciones. Su decena de nietos ya tiene destino y trampolín.
Con una chequera tan vigorosa, ¿cómo es su relación con los políticos? Polivalente, práctica, como él. No se casa con partido alguno, aunque a éstos les tienta complacerlo. A todos les da dinero en las campañas electorales. En los dos últimos comicios presidenciales le entregó a cada candidato un millón de pesos mexicanos (unos 100.000 dólares), el máximo permitido. "Gane quien gane, seguiremos invirtiendo y doy dinero a todo el que me lo pide porque apoyo, incondicionalmente, el proceso democrático", explicó.
Su única condición para no dejar a los gobernantes maltrechos desde la tribuna es que no sean radicales, que dinamicen la economía y no sobresalten su corazón, que ya pasó por una operación en 1997. Pese al susto de quirófano, Slim sigue copioso en kilos, regalándose puros cubanos y gritando los goles de los Pumas, aunque prefiere el béisbol.
La receta de su ideario es sencilla: mucho de desarrollismo, algo de neonacionalismo, mercados fuertes y cierto protagonismo estatal. Menos FMI, más comercio exterior y muchas obras de infraestructura, querencia de su licenciatura en Ingeniería Civil y oportunidad de negocio para su aventura más reciente: IDEAL, un híbrido entre firma constructora y generadora de fondos filantrópicos, en función de las ganancias.
La caridad pura y dura no le cuadra. Prefiere que sus dos Fundaciones, a las que les inyectará 6000 millones de dólares, se aboquen al desarrollo de capital humano. Crea institutos de salud, educación y deporte. Costea cientos de miles de cirugías y becas. Paga la fianza de delincuentes primerizos y regala computadoras, precisamente él, que prescinde de ellas. No usa ni calculadora. Deduce mentalmente márgenes de ganancia antes que sus tesoreros. Y pese a nadar en beneficios, es austero. De vez en cuando, se compra un traje Armani, pero prefiere su propia tienda de ropa de confección: Sears. Sólo le tientan los autos. Sus modelos favoritos son el Jaguar XJ8 y el Lamborghini Diablo, que se compró en 1998. Pero asiste a los eventos en BMW o Mercedes y se mueve por el DF, con su regimiento de custodios, en coches discretos. Lejos quedó el viejo Mustang rojo con el que se desplazaba entre sus primeras empresas mascullando su lema: "No hay reto inalcanzable".
Quién es
Estudios y negocios
Nació en Ciudad de México el 28 de enero de 1940. Su padre era libanés y su madre, mexicana. Estudió ingeniería civil en la UNAM y se abocó a los negocios. En la Argentina controla CTI Móvil, entre otras inversiones.
Numero dos del mundo
En abril de este año, la revista Forbes informó que su fortuna asciende a unos 53.000 millones de dólares, sólo superada por la de Bill Gates. Tiene 6 hijos y es viudo, ya que su esposa, Soumaya, falleció en 1999.





