De los lectores: cartas & e-mails

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27 de diciembre de 2020  • 00:09

Carta de la semana

2020, el reinado del rey sin corona

El 2020 ha sido una montaña rusa de emociones. Tengo la sensación de que este año he vivido cientos de vidas. Reí, disfruté, extrañé, lloré, me angustié, me culpé, me cansé, me rendí. Luego, al ver que finalmente amanecía para recordarme cuánto tengo aún y lo afortunada que soy, me levanté. Así, mil veces. El coronavirus, este rey sin corona que rige nuestras vidas, es también un ladrón. Y el peor de todos: se apoderó del tiempo y del espacio. Llegó disfrazado de aventura aleccionadora. Pero los días fueron pasando. Nos robó los abrazos, se llevó los encuentros, nos arrebató la espontaneidad y nos acorraló en la rutina. Atormentó y se llevó mayormente a una generación que nos enseñó valores, que levantó el mundo con el esfuerzo del trabajo y que hoy merecía disfrutar con tranquilidad. Y el virus sigue empeñándose en dirigir nuestras vidas, y cuando empiezan sus sometidos a rebelarse y darle la espalda. amenaza con redoblar la apuesta. Basta. Ya no tenemos nada más para darle. Ya entendimos que hay que ser agradecidos, y que sin amor y sin salud no tenemos nada.

Quiero volver a la naturalidad, a la sencillez de los besos, a las reuniones interminables con amigos y la ilusión que nos deja el hecho de planificar. Que me devuelvan la felicidad de mis hijos saliendo de la escuela y la sensación reconfortante de llegar a casa a diario. Al virus le entregamos muchas cosas, pero los sueños, no. No me ha abandonado la esperanza. Aguardamos una vacuna eficaz como los niños esperan que el mago saque el conejo de la galera. Así vivimos. Sigo confiando en que hay un Dios que nos va a devolver la riqueza del tiempo bien vivido. Sin miedos. Eligiendo libremente. El mismo Dios que nos regala otro amanecer. Vivimos este año esperando que pase... Ay, Dios. 2020, te digo: adiós.

María Nuria Vázquez

DNI 28.643.357

Aborto, tema de todos

He aprendido que la vida cronológica no crece al mismo ritmo que la conciencia. El paso del tiempo nos hace atravesar etapas, pero no es así con la conciencia. La edad cronológica pide derechos; en cambio, la conciencia nos abre la puerta de las responsabilidades.

Tuve una infancia y una adolescencia muy difíciles. A los 23 años creí tener el derecho de decidir un aborto. No busqué responsablemente las causas y me dediqué a resolver las consecuencias. Mi conciencia no estaba madura. Así, el aborto se convertía en un derecho que libera de hablar comunitariamente de la consecuencia y permite esconder, en soledad, la causa. Hace 33 años nadie me explicó nada. Fue la conciencia la que entendió, muchos años después, lo que había hecho. Pero ya era muy tarde, ya no pude abrazar a mi hijo, porque había participado activamente en la decisión de su muerte. Hoy no lo puedo contener ni acompañar en sus progresos o fracasos simplemente porque la sociedad solo me ofreció solucionar un problema y no enfrentar una dificultad responsablemente. En el proceso inconsciente del aborto, hay que decidir, sin conocimientos integrales y en muy pocos días, seguir o no con la gestación. No hay conciencia de que lo que se está decidiendo es para siempre y es destino de todos los participantes. No hay libertad para decidir. Abruma el tamaño de la decisión. El entorno empuja y apremia el tiempo. Todo es un torbellino en la cabeza. Al día siguiente al aborto, te quedás solo, de toda soledad, y luego de muchos años se abre la conciencia. Pero ya es tarde, muy tarde. Ya fracasamos como personas y como sociedad, hay una persona menos, sentís tus manos manchadas de tu propia sangre.¿Criminalizar? No es necesario, la pena te acompaña toda la vida. Humildemente creo que la única y mayor justicia frente al aborto es el amor, que es la negación de la muerte de otro en un encuentro fraternal.

El aborto no es un tema solo de mujeres. Es un tema de personas. No es cierto que los hombres no debemos participar. No es una lucha, no es un derecho; es una falta de responsabilidad individual y colectiva, de dignidad humana, de pobreza de recursos, materiales, físicos, psicológicos y hasta espirituales.

La responsabilidad permite abrir la conciencia, frenar impulsos. Hay que parar de una vez con la crispación y el conflicto, y abrazar corazones, contener, reconocer las miserias y evitar el descarte de personas valiosísimas, para que nadie quede fuera de la sociedad. Porque nadie sobra, nadie debe ser descartado. Una persona embarazada es un tesoro y lo que porta, una joya. No entiendo el aborto como un problema de legalidad o de clandestinidad, es una falta irreparable de amor hacia los más vulnerables, hacia los gestantes desesperados, ante los profesionales de la salud expuestos y fundamentalmente hacia el gestado, que solo pide, sin una voz para hacerse escuchar, vivir.

Démosle una oportunidad al amor, démosle una oportunidad a la vida. El aborto siempre es muerte.

Marcelo de la Iglesia

DNI 17.108.607

Casino

Desde que el Gobierno impuso la cuarentena obligatoria, los adultos mayores y personas con alguna comorbilidad tienen la posibilidad privilegiada de no asistir a sus lugares de trabajo y seguir cobrando el sueldo (los que tienen la suerte de tener un empleo registrado, claro está). Recuerdo que al comienzo de la cuarentena las personas consideradas de riesgo teníamos que solicitar autorización para salir de nuestros hogares. El Estado nos cuidaba. Hoy, que hay más casos de contagio que en aquellos días, los grupos señalados tienen otro "privilegio": pueden asistir al casino flotante de la ciudad a pesar de ser un lugar cerrado y con poca distancia entre las personas.

Como las autoridades se jactaron desde un principio del cuidado de los adultos mayores, quiero creer que el Ministerio de Salud habrá descubierto que, misteriosamente, los casinos brindan inmunidad frente al virus.

Juan Carlos Ortega

jc.ortega@outook.com

Mesas en la calle

Desde agosto pasado, cuando el jefe de gobierno porteño anunció que los locales gastronómicos podían tener "mesas en la calle", vemos el incremento de esta modalidad, en forma considerable. Pero al mismo tiempo se ve que una mayoría muchas veces coloca también mesas al borde de la acera y sin resguardo alguno. Esta ubicación no las preserva, ante una mala maniobra de un conductor o una colisión entre vehículos, de ser embestidas, con las probables funestas consecuencias. Al ocurrir ello, el gobierno de la ciudad puede legalmente categorizar el hecho como "dolo eventual", que es el que establece que aunque se da como posible un determinado resultado no se renuncia a su ejecución.

Esperamos que sin demora las autoridades actualicen el protocolo exigiendo la obligación de instalar en aquellos casos protecciones que resguarden las mesas y eviten hechos aciagos, preservando también al gobierno porteño de futuras acciones judiciales.

María Cecilia Oule

DNI 31.727.638

Relatos de Navidad

Me gustaría completar la lista de relatos de Navidad que ofrece Omar López Mato en su artículo del miércoles con "La aventura del carbunclo azul", la única historia navideña de Sherlock Holmes, sobre el robo de una piedra preciosa que aparece inesperadamente en un ganso de Navidad. El autor nos lleva a los lectores a una recorrida por Londres desde la posada donde el ganso fue vendido al puesto del proveedor en el mercado de Covent Garden y al criador de aves de corral. En el camino se encuentran con el ladrón de la joya, que, ya en el departamento de Holmes, en Baker Street, confiesa el robo y, entre lágrimas, pide clemencia. Luego de unos minutos de silencio, Holmes abre la puerta y lo deja ir. Más tarde justifica su actitud, inusualmente piadosa, porque es evidente que el hombre está sinceramente arrepentido y no volverá a delinquir. Si lo manda a la cárcel, dice, será un delincuente toda la vida. Holmes admite que dejar escapar a un ladrón confeso es algún tipo de delito, pero, en este caso, es posible que también esté salvando un alma. Además, concluye, es temporada de perdón.

"La aventura del carbunclo azul" suele aparecer en las listas de mejores historias de Navidad de todos los tiempos, junto a clásicos como "Canción de Navidad", de Charles Dickens.

Claudio H. Sánchez

claudiofisicamente@yahoo.com.ar

Basta de piquetes

Miércoles, piquete en Puente La Noria. ¿Cómo puede ser que la Nación o la ciudad de Buenos Aires no anticipen los cortes de calles o avenidas por parte de las organizaciones piqueteras, impidiendo que la gente que puede, debe y tiene que ir a trabajar no lo pueda hacer? ¿Cómo puede ser que los fiscales no actúen inmediatamente de oficio obligando a las autoridades competente a hacer cumplir las leyes? ¿Por qué los ciudadanos, fundamentalmente de la ciudad, debemos estar presos de estos individuos que determinan si podemos ir a trabajar?

Mauricio Balumelli

DNI 14.013.837

En la Red

Sin tapabocas ni distancia social, jóvenes festejaron la Navidad en calles y parques porteños

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  • "Se pide responsabilidad ciudadana en un pueblo que no puede respetar ni una fila de colectivo... qué se puede esperar" - Mariana Solange
  • "Somos el país del si lo hace el otro, por qué no lo puedo hacer yo. Así que no se quejen. Hacen marchas, un velorio multitudinario, los mismos políticos no respetaron el aislamiento en varias ocasiones" - Yesi Castelain
  • "Qué pena que nadie piensa y se pone en el lugar de los médicos y enfermeros. Ellos deberían devolver con la misma moneda, no atenderlos" - Ana María Albertengo

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