La pobreza como estrategia política

Omar Argüello
Omar Argüello PARA LA NACION
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5 de septiembre de 2019  

Pocos temas tienen tanta presencia en los discursos de la clase política como el de la pobreza. Lo mismo se observa en la preocupación de los estudiosos de lo social, como también en la de analistas especializados y aun de periodistas encargados de difundir noticias de la coyuntura. Y es comprensible esa presencia dada la gravedad del problema. Sin embargo, todo ese uso que se hace del tema no ha servido para enfrentarlo adecuadamente; y así, en lugar de disminuir, la pobreza viene aumentando desde hace décadas.

Resultado que se ha visto favorecido por la forma en la que esos diversos actores se han aproximado al problema. Comenzando por la denuncia, que nunca busca iluminar las causas estructurales de la pobreza, lo que facilita el uso interesado que del tema hacen diferentes actores de la política. Una forma algo más sofisticada es la de analistas e intelectuales que la utilizan para ratificar sus prejuicios y limitaciones, disfrazados de convicciones ideológicas. Una corriente progresista que da por sentado que la pobreza es el resultado inevitable de la vigencia de un capitalismo que solo busca maximizar sus ganancias a costa del hambre de los trabajadores.

Es cierto que hay empresarios que buscan maximizar sus ganancias sin preocuparse por la situación social de los otros; pero lo que esta simplificación no tiene en cuenta es que eso ocurre solo cuando el Estado se hace el distraído y permite ese grado de explotación. Así ocurrió en los orígenes de la Revolución Industrial, cuando el gobierno no era "sino un Comité administrativo de los negocios de la clase burguesa" (Marx, El manifiesto), pero dejó de serlo con la consolidación del voto libre y pleno para la elección de los gobernantes. Desde entonces, el comportamiento de los dueños del capital depende de la posición ideológica y la eficiencia de los partidos políticos que llegan al poder. Así puede verse cómo la pobreza es menor en muchos países capitalistas con gobiernos preocupados por un desarrollo creador de riquezas y empleos genuinos.

Aplicada esa conclusión a nuestro país no cabe duda de que la responsabilidad, directa o indirecta, por sus altos niveles de pobreza es de las diferentes fuerzas políticas, que no han sabido, no han querido, o no han podido hacer un buen uso del Estado. Y esto lo hacen a través de diferentes comportamientos. Uno, quizás el más inocente, es aquel que da por sentado que "con la democracia se come, se cura y se educa", descuidando con ello sus obligaciones de impulsar una estrategia de desarrollo económico creador de empleos genuinos y de riquezas que, gravadas adecuadamente, entreguen al Estado los recursos para atender sus múltiples obligaciones sociales. Un dato empírico que confirma lo ilusorio de ese supuesto es que después de casi cuatro décadas de ejercicio continuado de la democracia, la pobreza se ha incrementado.

Un segundo tipo de responsabilidad surge de una mezcla de ineficiencia, demagogia e irresponsabilidad que traiciona las obligaciones de garantizar el bienestar general, creando los recursos genuinos que se derivarían poniendo al Estado al servicio de una política económica que incentive las inversiones productivas privadas. En lugar de eso, se dedican a administrar (muchas veces de forma poco transparente) los escasos recursos existentes, que cada vez se hacen más escasos, dada la insuficiencia de empleos genuinos que debe atenderse con asistencialismo, y de la menor inversión que redunda también en menos recaudación impositiva.

Pero hay un tercer tipo de acciones donde la responsabilidad de la clase política se hace intolerable: la promoción de la pobreza como estrategia para perpetuarse en el poder. El uso de los pobres puede estar más o menos presente en otras perspectivas políticas, pero aquí estamos frente a proyectos que buscan abiertamente el empobrecimiento de los ciudadanos para crear una dependencia existencial que les garantice sus votos.

Es lo que hacen varias fuerzas políticas provinciales que desalientan sistemáticamente las inversiones productivas para evitar la aparición de trabajadores independientes que ejercerían su voto sin condicionamientos. La estrategia se completa con la expulsión de buena parte de la población, que debe migrar, dada la falta de empleo y de un mínimo bienestar. Migración que es selectiva, pues se van aquellos con más propensión al cambio y mayor potencial de enfrentar al régimen, y quedan los más empobrecidos y dependientes. A nivel internacional es lo que ocurre en Venezuela, disfrazado de revolución anticapitalista.

Sociólogo

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